Cuenta y razón

Fauna encantada de Almería: Y se quedaron de piedra (I)

Fauna encantada de Almería: Y se quedaron de piedra (I) Fauna encantada de Almería: Y se quedaron de piedra (I)

Fauna encantada de Almería: Y se quedaron de piedra (I)

Como en las antiguas catedrales había perros que presos por el día dedicaban la noche a defenderlas del robo yo he querido ver al obispo Villalán, fundador de la nuestra, creando jauría con los alanos traídos en su escudo que pronto estuvieron correteando por sus naves hasta que una noche del siglo XVI fueron tocados por el cincelito mágico del escultor Juan de Orea y se quedaron de piedra.

Uno de ellos a los pies del prelado yacente al que había salvado la vida al avisarle del hundimiento de un techo y ahora le acompaña en la muerte con una fidelidad que no pudo demostrar cuando unos zotes que no eran franceses, como dicen, sino inciviles de nuestra última guerra le tocaron las narices tan fuerte que se quedaron con ellas en las manos sin que el perro, agarrotado como en las pesadillas, pudiera hacer nada para evitarlo. 

Como le ocurrió a otro de aquellos canes cuando los bárbaros decapitaron los alados de los contrafuertes de la fachada; pues también en el exterior hubo encantamiento de perros escapados: en las puertas y el cubo, Santiago y en el Hospital donde en actitud juguetona quedaron dos como principio y fin del  barandal de piedra de la escalera del XVI, desmontada en 1950 y con la que a un tris quedaron de la escombrera como denuncié en 2007; temerosos de los brutos, se habían ocultado prudentes como el perrito gótico y tímido de la capilla del Cristo.

Además de Orea, otros artistas petrificaron con éxito. Las águilas de las portadas de la catedral una de ellas bicéfala, como la del escudo de Carlos V que echó a volar con dos... cabezas para ponerse en Alemania, dejándonos dos huecos: uno en la torre mayor de la Alcazaba y otro en el patrimonio. 

Fauna encantada de Almería Fauna encantada de Almería

Fauna encantada de Almería

Otras bicéfalas, las de Avis, fueron encantadas: una en el Archivo Histórico y otra en la plaza de Careaga, volada cuando hicieron desaparecer la portada del marqués de Torre Alta. Y con ellas, otras: la de la casa de Foix del escudo municipal. La de la Escuela de Artes, tildada de franquista cuando ella se sabe de San Juan como la que corona desde 1556 la puerta de los Perdones... Vuelos altos que tienen su contrapunto en las dos libélulas de la calle Antonio Vico, primas de las mariposas de la Puerta de Purchena, tan discretas, tan masónicas. 

El zorro del arco gótico de la capilla del Cristo engulle un pariente sin temer la proximidad de un animal fantástico por saberlo irreal, pero mirando por el rabillo del ojo al águila que lo observa desde la otra jamba. 

Los peces encantados por Perceval en su fuente del Parque; con malas pulgas, si es que los peces las tienen, y ariscos pues no todos los animales marinos son tan suavitos como los delfines del Parque o  los que saltan alegres de verse con la Patrona a la puerta de su casa, o la ballena de Las Almadrabillas, varada mirando al mar como la vida de nuestro pequeño Gabriel Cruz. 

El toro de la plaza, viejo y desmemoriado hasta el punto de no saber si es veragua, patilla o miura, desde 1888 aguardando faena, ahora sin esperanza desde que le han puesto delante al diestro Relampaguito en bronce y de espalda. 

Los leones en pie, como cazando moscas de vuelo alto, incómodos pero felices como lo que son

El caballo de Santiago petrificado por Orea montado por el apóstol matamoros, "un spot publicitario del siglo XVI al llevar la cara de Carlos V" según oí decir a un guía provocando la risa en sus guiados, en mí y hasta en la diez vieiras de la portada, tan serias, tan almejas ellas.

Poco que ver este caballo, por los atributos hermano del de Espartero, con la borriquita de la Sagrada Familia petrificada por López Redondo cuando, calle Reyes Católicos arriba, en 1903, enfila su huída a Egipto. 

Los leones en pie, como cazando moscas de vuelo alto, incómodos pero felices como lo que son: leones de escudo real. En cambio los de la torre y fachada aparecen cabreados, como si cuando fueron petrificados en el siglo XVI existiera ya el entorno urbano que hoy padecen. 

El lobo, bronce por López Díaz, quién sabe si descendiente de aquel que en la navidad de 1489 fue abatido en la misma playa por el Rey Católico cuando celebraba con una cacería la toma de la ciudad. 

Los osos vascos de la puerta lateral de San Sebastián, uno yendo a Puerta de Purchena y otro viniendo desde el siglo XVII en que allí los puso el obispo Ibarra. 

Entre tanta fiera, no sé cómo lo estarán pasando el ciervo del obispo Corrionero en el coro o el corderillo, mármol por Perceval en 1944 para el escudo del obispo Delgado en la capilla de la Piedad, en cómoda postura que para sí quisiera el carnero vellocino, el toisón de oro que se mece, colgado de barriga, en las portadas de la Catedral y las Puras. 

Mientras en lo más alto de la ciudad, en el arco gótico de la Alcazaba, el conejo escucha el gruñido del jabalí. Tan promiscuo el uno, tan impuro el otro y los dos encantados. 

He sabido de otras secciones de este peculiar zoo encantado: la provincial, la mitológica; las iré a visitar y luego os presentaré otros muchos animales de aquellos que un día fueron tocados por la varita del arte y se quedaron de piedra. 

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