Cuenta y razón

Navidad en Perceval

  • Una ojeada basta para ver que los habitantes, desde el Niño a la lavandera y del buey al marranico, dan la cara todos. Menos Herodes. ¿Cómo va a dar la cara con la escabechina que hizo?

Navidad en Perceval Navidad en Perceval

Navidad en Perceval

Está claro que el nombre de Jesús en Perceval no fue obra suya, pero cuando en 1915 nace en el seno de una familia que tuvo participación activa en la venida de los Jesuitas a Almería, aquel niño tenía todas las papeletas para llamarse así. Para el templo en el que se establecieron, San Pedro el Viejo, realizó nuestro artista un retablo mayor que fue desmontado cuando el convento pasó a una comunidad de monjas que, poco hecha a excelencia, se desprendió de una obra que no merecía.

Aunque el retablo ganó con el cambio y hoy brilla más en el altar mayor de Tabernas, este traslado pone cara al cuestionamiento y menoscabo de la obra de Perceval iniciado con su muerte en 1985: la creación del Indalo, la fundación del grupo de artistas, el descubrimiento de la Chanca para la pintura y la fotografía, la fuente de los Peces, su propio monumento… una sarta de grandes, y cobardicas, lanzadas a moro muerto a las que me dedicaré en breve cuando no sea Navidad ni toque ser bueno.

Perceval Perceval

Perceval

Una ojeada basta para ver que los habitantes del belén, desde el Niño a la lavandera y del buey al marranico, dan la cara todos. Menos Herodes. ¿Cómo va a dar la cara este zote con la escabechina que hizo con las criaturicas? y después se extrañará el borde de que la niñez le tenga la tirria que le tiene; yo, que ya soy mayor, todavía me vuelvo niño cada Pascua solo por el gusto de renovársela.

Una tirria que lo llevó a recluirse en la fortaleza -por soberbia, no vergüenza- a rabiar tras los visillos viendo a la gente en adoración al Niño, mientras los peces beben y beben en un río de papel plata, tan imposible como los de verdad de nuestra tierra a los que hay que regar en verano para que no levanten polvo.

La vida de belén es una vida de barro cocido y solo en la belenística escolar cabe la posibilidad de entrar en ella en carne y hueso de pastor y aún de virgen con la única condición de ser niño. Y no lo era Perceval en 1949 cuando rompió la norma, como solía, y se metió por su cuadro de La Degollación de los Inocentes en pleno corazón de la Navidad.

Y ahí está nuestro artista, espalda en pared, abatido no se sabe si por la degollina infantil, por el cavilar de don Eugenio d'Ors o por ver al Niño de camino más que a Egipto a la cruz: a ser su Cristo del Amor, de La Escucha, de San Roque. Su postura me recuerda a la que adoptaba cuando tras encender la discusión en las tertulias se apartaba para verla arder. Y en eso parece estar, observando el llamear de la polémica eterna traída por el nacimiento de la Cristiandad.

Quizás por miedo escénico ante lo grandioso de la Navidad, ha entrado en el cuadro haciéndose acompañar del filósofo d'Ors, de los poetas Lorca y García Nieto y de un Picasso que no se sabe si ha llegado allí para defender o matar la inocencia del Arte; y ha metido en la Navidad a Almería, su fijación, vestida de aguadora mojaquera, tan cálida ligando con el romano como fría ante la tragedia, pero siempre viva encarnación del ideal estético del artista.

Roquetas, que fue Las Roquetas hasta que se comió el artículo, se merendó también Los Inocentes, la más emblemática de las obras de Perceval y hoy la saborea con un placer casi tan grande como la vergüenza de Almería por haber dejado perder la obra maestra de uno de sus mejores hijos, el más bueno de sus pintores.

Perceval Perceval

Perceval

Y allí luce, en el ayuntamiento, junto a la iglesia, por cuyo retablo vemos a la Sagrada Familia llegar a un Egipto pintado que de no tener un par de pirámides, bien podría ser Tabernas, sus montes, o sus cortijos, en uno de los cuales pudo haber tenido lugar el Nacimiento a juzgar por otra tabla cercana: el Niño en un catre de tijera, rodeado por un arco de cal y el amor de unos jóvenes padres campesinos de cualquiera de los marchales de la tierra, que siempre para Perceval fue almeriense todo lo importante.

Alguna vez le oí hablar del impacto que de niño le causaba la cola de pobres en su calle de Eduardo Pérez para recibir de la generosidad de don Juan Vivas Pérez el aguinaldo a cambio tan solo de mostrar su pobreza. Buscando copas por coplas pinta nuestro artista a Los Aguilanderos en un cuadro al óleo, y al aguardiente peleón, en el que casi se autorretrata, zambomba en mano, con la comparsa por La Chanca, en una Almería oscura que solo tiene claro el conceder a esta obra el premio del Presidente de la República en 1934.

Y como el que puede lo más puede lo menos, de escultor de fuste bajó al modelado popular creando para el belén de casa figuritas de barro ya desaparecidas y que medio conocemos merced a unos pocos bocetos suyos.

A los Reyes que llevaron al Niño oro -de Rodalquilar por supuesto- incienso y mirra nada les voy a pedir para mí. Para los que ignoran a Perceval: luces; para los que se han dejado quitar su obra: regomello grande. Y para los miserables de siempre que lo aprovechan y lo silencian: carbón, pero no, que después es de dulce; mejor una eternidad en el castillo con Herodes, a mirar envidiosos el belén de la vida tras los visillos.

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