Almería

Regreso al pasado del Casino Cultural de Almería

  • Fernando Mañas cuenta su experiencia en el centro de juego que abrió sus puertas en el año 1954 · Fue declarado monumento histórico en 1983

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Emoción, lágrimas y nostalgia por la ausencia de un casino todavía vivo en su memoria. Fernando Mañas Fernández es, sin duda, uno de los pocos supervivientes que pueden contar la verdadera historia de este antiguo centro de encuentro, que reunía diariamente a numerosas personalidades políticas y a las más altas esferas populares almerienses. Mañas trabajaba de ordenanza y explicó a El Almería el antes y el después de una vida digna de mención.

Años antes de ingresar en la sala de juegos, vendía almendras garrapiñadas bajo el edificio de Las Mariposas. Vivía en el número 147 de la calle Real, en pleno Barrio Alto de Almería; transcurría el año 1949. Eran malos tiempos para los Mañas, no existía ese aroma a comida caliente procedente de las ventanas y balcones de claveles que adornaban las estrechas calles de la capital. La gente pasaba hambre y había que ganarse el pan de cualquier manera. "Mi madre estaba muy enferma y la venta de frutos secos no era suficiente para sobrevivir. Pasaron muchos años y las circunstancias nos llevaron a Francia y luego a Madrid, donde trabajamos en el duro oficio del hormigón", reconoce.

A los dos años, en 1953, regresaron de su larga aventura. Una mañana Fernando recibió la noticia de que había una plaza libre de ordenanza en el Casino de Almería. El entonces vocal de la Junta de Andalucía, don Manuel Abad, le dijo que buscara las recomendaciones necesarias para formar parte de aquel equipo. Mañas pertenecía al Frente Juvenil y su delegado, Juan Antonio Martínez, escribió una carta a su favor. Ocurrió lo mismo con el obispo de Almería y don Manuel Garay, comandante de la Marina, a quien conocía por venderle almendras en la puerta del restaurante Imperial de La Puerta Purchena. "Por aquel entonces don Juan García, teniente de la Guardia Civil jubilado, ejercía de conserje; era la mano derecha de Dionisio Bustillo, presidente del Casino y ex teniente coronel del cuerpo de seguridad. Cuando reuní todas las cartas eché la solicitud y volví a Buitrago a seguir con lo mío. Tenía 16 años recién cumplidos", explica.

A los 15 días recibió una llamada telefónica de su madre. Había sido elegido para cubrir la plaza de ordenanza en el Casino Cultural de Almería. Mañas regresó, entregó su cartilla de la Seguridad Social y a los 15 días de prueba le hicieron fijo y vistió su primer uniforme.

Desde el instante en que entró por aquella puerta le dictaron una norma muy básica: ver, oír y callar. El casino abrió sus puertas en el año 1860, cuando el bisabuelo de Emilio Pérez Manzuco creó una sociedad que, aparte de disponer de una sala de baile, tenía una zona habilitada para el juego, los billares y una mesa de chapo.

Durante aquellos años sólo tenían una ruleta, que apenas se utilizaba. Los juegos por excelencia eran el pócker y el subastado. Había una buena biblioteca y coleccionaban los Boletines Oficiales del Estado. Los almerienses acudían también para leer la prensa; la revista Blanco y Negro o La Codorniz.

Uno de los juegos más populares era la barraca. Una mesa de 16 metros de largo y tres de ancho que tenía dibujada una franja de 20 centímetros en su interior. Mañas se encargaba de recoger, cambiar y colocar las fichas, cuyo valor se equiparaba entre las 5 y las 1.000 pesetas. "Tenía un cajetín de madera con una lengüeta de metal dorado, desde el que sacábamos las cinco barajas de pócker francés. Yo ejercía de Crupier. Cuando había de 15 a 20 señores en la mesa me llamaban para empezar. Abría las cartas ante todos ellos, juntaba las cinco barajas y le ofrecía un puñado a cada uno. Cuando los señores barajaban sus cartas, las recogía con la raqueta y las peinaba para evitar que pudiesen hacer trampas. Se metían en un cajetín y entonces decía: ¿Qué dan por ella?; 1.000 a la una, a las dos, 15.000 a la una, a las dos..; si nadie ofrecía más, a la de tres se adjudicaba", explica, con el ceño fruncido y a punto de desprender las primeras lágrimas de una entrevista que superó la hora y media.

El Casino recibía la visita de centenares de personas procedentes de Valencia, El Ejido y Murcia. La mayoría eran socios; cada uno tenía su carnet. Había noches que la casa recaudaba 300.000 pesetas y no cerraba durante las 24 horas del día. "Nos turnábamos para poder descansar. Conocí a muchas personas que lograron enriquecerse. En cambio, otros, acabaron arruinados. También había un grupo de clientes a los que llamábamos jornaleros, es decir, aquellos que se gastaban 2.000 pesetas, ganaban 10.000 y se marchaban. Los máximo, que yo viera, que se llevó un cliente al bolsillo fueron 40 millones", cuenta.

El mandamiento de ver, oír y callar se llevaba a rajatabla. Cuando una señora se acercaba a la puerta para preguntar si estaba su marido, los ordenanzas tenían la obligación de comunicárselo a su cliente, quien decidía si su esposa debía saber si estaba o no.

Cuando falleció Dionisio se celebró otra junta directiva. Entonces apostaron por el Bingo, un juego que todavía no era legal. A los dos años se legalizó y Abelardo Campra cogió las riendas del negocio. "Hizo una campaña para captar socios, porque en el año 1.983 declararon el edificio como monumento histórico y muchos dejaron de ir. No hubo una gran aceptación y los afiliados no pagaron sus cuotas mensuales", dice, con las mejillas empapadas de lágrimas.

El Casino se quedó sin luz y sin agua, pero Mañas y sus compañeros trabajaban hasta que anochecía. Según asegura, estuvieron durante siete años, tres meses y 11 días sin cobrar. "Una mañana telefoneé al delegado de la Junta para saber lo que había que pagarle a los trabajadores de seguridad social. Un caballero que trabajaba en la Caja Nacional me comunicó que el Casino Cultural de Almería debía 16.642.000 pesetas. Como nadie nos despidió, continuamos con nuestro trabajo", detalla.

Después de varios juicios, las autoridades comunicaron que querían el Casino libre de personal y que a los 4 o 5 días cobrarían lo que les debían. En marzo del año 1983 entregaron las llaves a la secretaría. "El Casino se subastó en la Magistratura; había entonces una deuda de 45.000.000 millones de pesetas. De este dinero recibimos una indemnización de 12 millones y nos mandaron al paro; allí se acabó la historia", concluye.

Cuando todo terminó les ofrecieron una ayuda de 350 euros mensuales. Cuando Mañas cumplió los 60 años recibió una carta diciéndole que le retirarían la ayuda si no se jubilaba. Entonces recibió 411 euros de pensión y por tener 42 años cotizados, hoy puede sobrevivir con unos apurados 528 euros al mes.

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