cuentos del diario

Vida y muerte de Chepe Valdés. Segundo acto. Tres días de fuego

Vida y muerte de Chepe Valdés. Segundo acto. Tres días de fuego

Vida y muerte de Chepe Valdés. Segundo acto. Tres días de fuego

La dictadura, que lo cambió todo para que nada cambiara y decidió solucionar los problemas de España prohibiendo hablar de ellos, no castigó sus excesos; Chepe se olvidó de la política y pudo al fin casarse. Lo hizo con Rosita, la hija hermosa y más bien tontuela de Don Nicanor, el notario, a quien Primo de Rivera había nombrado jefe de la Unión Patriótica y alcalde de Holocausta. El tiempo no perdió su aspecto sólido y bermejo, pero la vida pareció retomar algo de musicalidad; los pocos cafés de la ciudad desbordaban de caballeros y el humo de sus pipas constituía una atmósfera coherente con los vientos que recorrían entonces el país. Los campesinos y obreros se conformaban con sus asuntos o callaban a la espera de tiempos mejores; los domingos, los aparceros y los cortijeros, envueltos en toscos trajes de paño, se encajaban el sombrero hasta las cejas para entrar en la casa del amo y dar cuenta de algunos pormenores o quejarse unos de los otros, mientras una pareja de Guardias Civiles, con tricornio y capa, atravesaba la plaza cada pocas horas, con la bayoneta calada y el labio arrugado, por si alguno de ellos se decidía a remangarse la camisa y apretar la dentadura. Así eran esos tiempos que, para Chepe, fueron de paz junto a Rosita, de la que huía en secreto cada tres noches para encontrar a una prima lejana a la que nunca llegó a amar. Pero desde que Holocausta se llamó Áulide y la tricolor ondeaba en el balcón municipal, Chepe cerró la puerta de su casa, que había construido a expensas de su suegro y no salió más, ni dejó salir a nadie, hasta que un 19 de noviembre de 1933 las derechas ganaron las elecciones y todo volvió a girar de nuevo al compás del vuelo de su sayo.

Fue por esos días que los campesinos y obreros empezaron a encabritarse, hartos de la miseria que no lograban arrancarse de los hombros y las manos. El suelo de toda España se estremecía y se quebraba. Las derechas, borrachas de terror, emprendieron la gran contrarreforma, la UGT lanzó un grito de guerra que muchos ciudadanos de Áulide oyeron desde las entrañas y la Guardia Civil disparaba sus cañones contra casas y cortijadas. La revolución fracasó y dejó cuerpos empapados en una sangre negruzca, una sangre vieja, acumulada durante muchas generaciones de hambre y desasosiego y de incomprensible mansedumbre.

A Chepe el joven, lo hicieron concejal; al otro, lo salvó de milagro la Benemérita cuando, una noche glacial y oscura, sin luna ni paz, se le echó encima Teófilo Jiménez Buendía, labrador y hermano de un ordenanza municipal, que había perdido un hijo en la represión; no se supo si el pobre Teófilo confundió a un Chepe con el otro, el concejal, al que, probablemente culpaba de aquellos tristes hechos sin motivo alguno, pero lo cierto es que un cabo que vio la escena por casualidad tuvo tiempo de soltarle un mandoble con la daga que lo dejó en el sitio desangrado. Aúlide sumaba nueva sangre a su vieja historia y aunque Chepe Valdés resurgió otra vez indemne del barrizal, como tantas veces lo hiciera, aquella tarde emprendió el camino a su casa con los huesos helados; el miedo lo había paralizado y solo lograba pensar que si no hubiera llegado a aparecer el guardia, aquel bestia lo habría descoyuntado como a un pollo. Se sintió tan al descubierto que, cuando recibió la visita de desagravio del hermano del muerto, Arévalo, lo hizo sentar con atenciones en la sala, ordenó que le sirvieran café y, mientras el visitante, con la cabeza gacha y las manos enlazadas junto a las rodillas, esperaba recibir su perdón y afectuoso pésame, él se levantó con misericorde mueca, acarició su cabello con dulzura y acercó sus fauces a los oídos del ordenanza: -te voy a matar, Arévalo-, le dijo, -no ahora ni mañana, pero te mataré. Prepara ya lo necesario-. Lívido y aturdido, el amenazado se levantó cuidosamente y, con ensayada ceremonia, aunque sin poder evitar el tartamudeo, se despidió y se fue.

El 18 de julio de 1936, Chepe, después de besar a Rosita y despedirse hasta la noche, con la camisa azul abotonada hasta medio pecho y aquel pistolón carlista sujeto al cinto en funda marrón, se marchó de casa y no volvió hasta que la República había dejado de existir. Se dice que, después de que la ciudad de Áulide logró contener el golpe, Chepe y otros falangistas se refugiaron en el subsuelo oculto de la vieja torre de Alvar Núñez. Dicen, incluso, que ni las ratas ni las almas de los que allí murieron en las antiguas guerras de religión los dejaron reposar en aquellos tres años y que, por eso, él y otros perdieron la razón. Los vencedores convirtieron aquel lugar en cárcel para republicanos y anarquistas y cuando años después dejó de ser necesaria, le tapiaron la portezuela que le daba acceso y las aspilleras, para que los muertos de todos los tiempos no se atrevieran a salir más.

En abril de 1939, el nuevo Ayuntamiento acordó devolver a Áulide el aciago nombre que siempre tuvo; extendió en un inmenso bloque de bronce aquella decisión y decretó tres días de fuego. Las escuadras de falangistas, ahora engalanados con la boina del requeté, vociferaban por las calles y disparaban al aire o a dar, según se terciara. Tocando a las puertas de las casas desfilaba una extraña comitiva de soldados y afiliadas a la Sección Femenina, que llamaban a las familias a asistir al triduo en honor al Caudillo o a la plegaria por los caídos; las gentes de Holocausta acudían en procesión y se detenían, brazo en alto en la plaza principal cuando los altavoces entonaban Recias Marciales. Con ocasión de una de esas ceremonias, Nicasio Belmonte, campesino y antigua cedista, se presentó, fusil al hombro, ante Don Antonino y Don Gonzalo, que luego terminó confíándole la aparcería de una de sus fincas; -comprendan ustedes-, les dijo, -yo tengo que conducirles al oficio…-; los dos lo siguieron, marchando tras él con marcial solemnidad hasta entrar en la iglesia y, con igual marcialidad y enhiesta la frente, viraron en la nave derecha para trasponer por la puerta lateral, sin llegar a oír, si quiera, el primer in nomine patris.

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