Almería, a segundos de una catástrofe nuclear: Las bombas que hubieran borrado media provincia

El informe técnico que revela cómo una sola detonación de 1,1 megatones habría borrado el Levante almeriense y anulado para siempre el motor agrícola de la provincia

Así eran los aviones que chocaron sobre Almería en 1966: estos fueron los fallos que cometieron

Daño que podrían haber provocado las bombas de Palomares si hubieran explotado.
Daño que podrían haber provocado las bombas de Palomares si hubieran explotado. / DDA

Esta noticia no trata de lo que ocurrió en Palomares, sino de lo que pudo haber ocurrido si las bombas nucleares que cayeron sobre Almería el 17 de enero 1966, hace justo 60 años, hubieran llegado a detonar. Aquel 17 de enero, cuatro bombas termonucleares estadounidenses cayeron tras la colisión en vuelo de un bombardero B-52 y un avión cisterna durante una operación rutinaria de la Guerra Fría. Dos impactaron en tierra y se rompieron sin explosión nuclear, dispersando plutonio; una cayó intacta y otra terminó en el mar, donde tardó 80 días en ser recuperada. Ninguna explotó, pero cada una tenía una potencia de hasta 1,1 megatones, decenas de veces superior a la bomba de Hiroshima. El fallo que no se produjo habría cambiado para siempre la historia de Almería.

Las armas implicadas eran bombas B28FI Mod 2, diseñadas para ataques estratégicos. En su configuración máxima podían liberar alrededor de 1.100 kilotones de energía. Para entender la magnitud, basta recordar que las bombas empleadas en la Segunda Guerra Mundial se situaron entre los 15 y los 21 kilotones. Una sola bomba de Palomares habría multiplicado por más de cincuenta la energía de aquellas explosiones.

Ese salto de escala no multiplica los daños de forma lineal, pero sí transforma el tipo de catástrofe. No se hablaría de un accidente local, sino de una alteración estructural del territorio, con destrucción inmediata, evacuaciones prolongadas y una herencia radiológica capaz de condicionar el desarrollo provincial durante décadas.

Los efectos físicos de una detonación nuclear se dividen en cuatro elementos: bola de fuego, onda expansiva, radiación térmica y radiación ionizante inicial. A ellos se suma, si la explosión se produce cerca del suelo, la lluvia radiactiva, el factor decisivo para el futuro del territorio.

De 0 a 2,5 kilómetros: zona de destrucción total

Una detonación de 1,1 megatones generaría una bola de fuego de más de un kilómetro de radio, con temperaturas de millones de grados. En este primer anillo, correspondiente a sobrepresiones superiores a 20 psi, no existiría posibilidad de supervivencia. Edificios, infraestructuras, cultivos y población quedarían borrados en milisegundos. El núcleo de Palomares y su entorno inmediato desaparecerían físicamente del mapa. No se trataría de daños severos, sino de aniquilación completa del territorio.

De 2,5 a 6,5 kilómetros: colapso urbano y mortalidad masiva

Más allá del punto cero, la onda expansiva seguiría siendo devastadora. En este segundo anillo colapsaría la mayoría de edificaciones residenciales y comerciales. Derrumbes, fragmentos y los primeros incendios provocarían una mortalidad muy elevada incluso entre personas protegidas en interiores.

Por distancia, Vera quedaría prácticamente dentro de esta franja. La ciudad habría sufrido un colapso estructural generalizado, con incendios simultáneos y servicios de emergencia inutilizados desde el primer momento.

De 6,5 a 10 kilómetros: incendios generalizados y daños críticos

En este rango, la destrucción no sería absoluta, pero sí crítica. La onda expansiva rompería cubiertas y fachadas, mientras la radiación térmica causaría quemaduras graves a personas expuestas y prendería incendios en amplias zonas urbanas, agrícolas y forestales. Aquí entrarían Garrucha y parte del litoral cercano. El calor extremo y los fuegos simultáneos convertirían la respuesta de emergencia en algo prácticamente imposible durante horas o días.

De 10 a 17 kilómetros: evacuación forzosa y territorio inutilizable

A partir de los diez kilómetros, los daños estructurales serían más irregulares, pero el impacto humano seguiría siendo muy elevado. Edificios dañados, infraestructuras colapsadas y la exposición a radiación inicial obligarían a evacuaciones masivas. Por distancia, Mojácar, Antas y Los Gallardos quedarían dentro de esta franja. No serían ciudades arrasadas, pero sí inhabitables en la práctica durante un periodo prolongado.

Más de 17 kilómetros: lluvia radiactiva y herencia invisible

Más allá de los anillos de destrucción directa, el factor decisivo sería la lluvia radiactiva. Si la detonación se hubiera producido cerca del suelo —un escenario plausible dada la caída libre de las bombas—, grandes cantidades de tierra habrían sido succionadas por la nube nuclear y devueltas en forma de partículas contaminantes.

Las pruebas nucleares atmosféricas realizadas por Estados Unidos en Nevada y en los atolones del Pacífico demostraron que este fallout no crea un desierto uniforme, sino corredores de alta contaminación que condicionan el uso del suelo durante décadas.

Aplicado a Almería, esto significa que la capital no habría sido destruida físicamente, situada a más de 70 kilómetros del epicentro. Sin embargo, podría haber quedado sometida a restricciones agrícolas, controles sanitarios y evacuaciones temporales si la pluma radiactiva se hubiera desplazado hacia el oeste.

El golpe definitivo al modelo agrícola de Almería

Aquí se produce el cambio histórico más profundo. La agricultura intensiva de Almería, tal y como se desarrolló desde los años setenta, difícilmente habría existido. La presencia de zonas contaminadas, la vigilancia radiológica y el estigma internacional habrían bloqueado la exportación hortofrutícola desde su origen.

Aunque solo una parte de la provincia hubiera quedado afectada directamente, los mercados europeos habrían aplicado criterios de exclusión amplios, como ocurrió tras otros episodios nucleares. El “modelo Almería” —basado en confianza sanitaria, trazabilidad y volumen— habría quedado abortado antes de nacer. La provincia no sería hoy la huerta de Europa. No por falta de suelo o clima, sino por pérdida de credibilidad comercial.

Cabo de Gata y el litoral que no habría sido

El impacto turístico sería igual de profundo. El Cabo de Gata-Níjar, hoy símbolo ambiental y motor turístico, no habría escapado al estigma nuclear. Aunque físicamente intacto, su proximidad a una zona afectada por una explosión habría condicionado su protección, su desarrollo y su proyección internacional.

El turismo internacional —especialmente el europeo— es extremadamente sensible a la percepción de riesgo radiológico. Almería habría quedado fuera de los grandes circuitos turísticos del Mediterráneo durante décadas.

Mojácar no sería el referente turístico que es hoy. El litoral del Levante no habría vivido el crecimiento residencial ni la inversión extranjera que marcaron su historia reciente.

La Almería de hoy, sesenta años después

En 2026, Almería no sería un páramo, pero tampoco la provincia dinámica que conocemos. Sería un territorio fragmentado: zonas vedadas, áreas con restricciones permanentes, un desarrollo agrícola muy limitado y un turismo residual. La población sería menor. La inversión, mucho más débil. Y la identidad provincial estaría ligada para siempre a una explosión nuclear ocurrida en plena Guerra Fría.

La conclusión es clara y medible: Almería no desapareció porque las bombas no explotaron, no porque el riesgo fuera pequeño. El accidente de Palomares dejó a la provincia a un fallo técnico de una catástrofe nuclear con efectos que, de haberse producido, seguirían marcando su presente seis décadas después. Y esa es la verdadera dimensión de lo que estuvo en juego.

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