Socorro para la Biblioteca de La Chanca
Socorro para la Biblioteca de La Chanca
Yo no soy de La Chanca, pero aquí me han acogido como si viviera en el barrio toda mi vida. Va para cuatro años ya que vengo cada viernes para ofrecer y compartir un pellizco de mi tiempo y me voy sorprendiendo al descubrir que mi espíritu se vuelve cada vez más chanqueño. De hecho, estas palabras escritas desde la soledad de mi estudio al otro lado de la ciudad donde realmente está mi casa, me trasladan allí ahora mismo, como si allí hubieran nacido.
He formado parte de varios clubes de lectura de diversos pueblos y ciudades, pero ha sido en el llamado Corte, situado en la callecita de todo lo alto de la Avenida del Mar, la popular Calle del Ancla, junto a los Torreones, donde he descubierto el sentido más puro, por urgencia y necesidad, de una biblioteca. Gracias a los libros y a la magia que desprenden, en ella hemos compartido los momentos más reveladores de gentes amigas venidas del continente vecino, muchas de ellas llegadas de aquella manera. ¡Y de qué manera! Sus voces y sus historias han logrado estremecernos mientras escuchábamos esa articulación familiar, a veces fluida, a veces silabeante, de quienes han decidido seguir existiendo en nuestra compañía. Porque de eso se trata, de existir.
Pero la Biblioteca de La Chanca hace más de un año que no existe. Fue cerrada a finales de 2024, dijeron que de forma provisional, para trasladarla al edificio de más abajo. El Socorro se llama. Irónico nombre para albergar tantas miles de existencias entre unos estantes que ahora no pueden abrir las páginas de sus inquilinos.
Como siempre, se le echa la culpa a la tecnología, esta vez por su ausencia, no por su obsolescencia. El caso es que a la Biblioteca de La Chanca no se la espera, dicen, hasta dentro de otros dos años. Lo triste es que, mientras tanto, nadie ha llegado para socorrerla, a pesar de la benefactora tierra que le prometieron.
Ninguna ciudad ni pueblo alguno deberían permitir el cierre de una biblioteca, ni siquiera provisionalmente. En Almería se ha hecho sin contemplaciones. Si comparamos nuestra ciudad con otras en cuanto a número de bibliotecas, salimos perdiendo de forma escandalosa. Las excusas sobran. Los libros y la gente no tienen la culpa.
Las bibliotecas son una necesidad tan hidratante y nutricia como el agua y el pan. Ellas mantienen la vida a flote, reuniendo soledades, dialogando, descubriendo, procurando abrigo al amparo de sus libros.
Tampoco ningún pueblo ni ciudad alguna deberían vanagloriarse por sus bibliotecas. Que las haya en Almería en El Alquián, en Los Ángeles, en El Cabo de Gata, como las hay en Granada en La Chana, en el Albaycín, en Almanjáyar, incluso a pares en El Zaidín, es lo normal. Que no las haya en El Zapillo, en El Puche, en Piedras Redondas y que, para colmo, la cierren en La Chanca es una vergüenza, no solo para quienes lo permiten, sino que obra en demérito de toda la población almeriense.
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