Un almeriense ante el delirio ártico de Trump: "Dinamarca vive entre la ironía y el miedo a que entren por la puerta sin llamar"

Ángel Rueda, experto en nutrición en Copenhague, relata desde el epicentro de la crisis diplomática cómo la sociedad danesa transita del sarcasmo a la inquietud

Multa de 3.600 euros por acosar a sus vecinos a través del tabique: "Tuerto de mierda, os tengo que matar"

Ángel Rueda, un almeriense que vive la crisis diplomática en primera persona desde Dinamarca.
Ángel Rueda, un almeriense que vive la crisis diplomática en primera persona desde Dinamarca. / D.A.

Hay una distancia sideral, no solo geográfica sino emocional, entre la barra de un bar en Almería y la frialdad protocolaria de Christiansborg, la sede del parlamento danés. Sin embargo, en un mundo donde la geopolítica se ha vuelto tan líquida e impredecible como un tuit de madrugada, los hilos que conectan el sur de España con el norte de Europa se tensan de formas insospechadas. En medio de esa tensión, observando el espectáculo con ojos andaluces y pragmatismo nórdico, se encuentra Ángel Rueda.

Para muchos lectores de Diario de Almería, el nombre de Ángel Rueda no es ajeno. Durante años fue un rostro y una firma habitual en el sector audiovisual de la provincia; suyas fueron las retransmisiones y grabaciones de las galas de este periódico entre 2021 y 2023. Pero la vida, como la política internacional, da giros de guion abruptos. Tras perder un oído y enfrentarse a una obesidad mórbida, Rueda dio un golpe de timón radical a su existencia: perdió 50 kilos, se reinventó como técnico superior en dietética y, en plena pandemia, hizo las maletas junto a su mujer y sus dos hijas para probar suerte en Copenhague. Lo que iba a ser un año de experiencia vital se ha convertido en un lustro de residencia permanente.

Hoy, desde su casa en la capital danesa, Rueda se ha convertido involuntariamente en el "corresponsal" oficioso para media España. Cuando la calma chicha de Dinamarca se rompe, su teléfono suena. Y esta vez, el motivo no es una cuestión menor: Donald Trump, en su retorno a la Casa Blanca, ha puesto sus ojos sobre Groenlandia, desatando una crisis diplomática que ha sacudido los cimientos de la OTAN y ha dejado a la tranquila sociedad danesa en un estado de perplejidad absoluta.

La "discoteca" geopolítica

"Imaginaros que estáis en una discoteca y son las cuatro de la mañana". Así, con una metáfora tan visual como inquietante, explica Ángel la situación a sus hijas adolescentes cuando llegan del colegio preguntando qué está pasando. "Está el tipo que se ha tomado cuatro copas, que no sabe ni lo que dice, y detrás tiene a un grupo de amigos que tampoco saben cómo pararle el rollo". El tipo de la barra, en esta alegoría, es el presidente de los Estados Unidos; la discoteca es el escenario internacional, y el resto de los asistentes —Dinamarca incluida— miran a los "seguridad" (las instituciones, la diplomacia) esperando que alguien ponga orden antes de que la fiesta termine mal.

La anécdota ilustra a la perfección el clima que se respira en las calles de Copenhague. Según relata Rueda para Diario de Almería, la sociedad danesa oscila en un péndulo emocional extraño. Por un lado, impera la clásica flema británica, un humor seco y sarcástico que lleva a los ciudadanos a bromear en la intimidad: "¿De verdad va a venir Trump a comprar a los groenlandeses por 100.000 euros cada uno? ¡Venga ya!". Pero la risa, advierte el almeriense, se congela rápido.

"Cuando ves lo de Venezuela, la risa se te quita un poco", confiesa. "Dices: vale, esto no es Venezuela, por supuesto, pero si este tío es capaz de hacer eso allí, ¿quién nos dice que no es capaz de cualquier cosa aquí?". No es que los daneses teman ver tanques por la Strøget, la principal calle comercial de Copenhague, ni esperan un bombardeo inminente. El miedo es más sutil, más psicológico. Es el temor a la indefensión, a que "entren por la puerta" de su soberanía sin pedir permiso, convirtiendo la política internacional en una performance de poder donde las reglas tradicionales ya no aplican.

El almeriense Ángel Rueda.
El almeriense Ángel Rueda. / D.A.

El trauma histórico y los tomates de la CASI

Para entender la reacción danesa, Rueda apela a la sociología del consumo, un terreno que conoce bien por su actual profesión. "El danés es muy nacionalista, mucho más de lo que pensamos", explica. Y pone un ejemplo que cualquier almeriense entenderá a la primera: "Tú vas al supermercado y te encuentras los tomates de la CASI o los pepinos de aquí, y al lado tienes el pepino danés, envasado individualmente y con la bandera de Dinamarca bien grande. El danés no compra el de fuera; compra el de la bandera, aunque sea más caro".

Ese proteccionismo no es casualidad. Dinamarca arrastra una cicatriz histórica profunda: la invasión nazi durante la Segunda Guerra Mundial. "La sensación latente es: nos va a pasar otra vez lo mismo. Somos pequeñitos, estamos solos y van a venir a tocarnos los huevos", resume Rueda con una franqueza que rompe el molde de la corrección política escandinava.

Ese sentimiento de soledad se ha visto exacerbado en los últimos días. A pesar de que la primera ministra, Mette Frederiksen, ha intentado mantener un perfil de calma institucional, apelando a la diplomacia y a los acuerdos vigentes, la ciudadanía percibe un silencio atronador por parte de sus supuestos protectores. "La OTAN no ha dicho nada. La Unión Europea se ha puesto de perfil. La ONU se ha callado la boca", enumera Rueda, transmitiendo el sentir de sus vecinos.

La percepción generalizada es que la Alianza Atlántica se ha quedado obsoleta o, al menos, paralizada ante la figura de Trump. "Si tienes unos amigos que se supone que son tus aliados y no salen a defenderte, o al menos a pronunciarse, te sientes vendido", argumenta. Ver a ministros de otros países europeos reírse o quitar hierro al asunto genera una sensación de orfandad en un país que, pese a su riqueza, es demográfica y militarmente minúsculo frente a los gigantes que se disputan el Ártico.

Groenlandia: ni se vende ni se rinde

Desde la distancia, podría pensarse que Groenlandia es solo una gran masa de hielo lejana, pero el vínculo entre la isla y la Dinamarca continental es complejo y profundo. Rueda, que en estos cinco años ha aprendido a descifrar los códigos culturales locales, explica que la relación se basa en un respeto mutuo y una hoja de ruta clara hacia la autodeterminación.

"Mette Frederiksen lleva años intentando pedir perdón por los errores del pasado colonial, como aquellos experimentos horribles con dispositivos intrauterinos en mujeres inuit", recuerda. A día de hoy, Groenlandia es un territorio autónomo que se siente parte de la familia del Reino, pero con identidad propia. "El año pasado, durante la coronación del rey Federico X, la plaza del palacio estaba plagada de banderas groenlandesas", apunta Rueda como prueba de esa convivencia.

La independencia es un deseo real para muchos inuit, pero el pragmatismo se impone: con una población de apenas 50.000 habitantes —menos que Roquetas de Mar—, sostener un estado del bienestar independiente es una utopía logística y económica. Lo que sí tienen claro, según el pulso que toma Rueda, es que no quieren cambiar de dueño. "La última encuesta decía que el 85% de los daneses y groenlandeses dicen que 'ni de coña' a Estados Unidos", afirma tajante. La idea de ser "comprados", como si fueran activos inmobiliarios en una operación de Trump Tower, ofende profundamente su dignidad.

El almeriense Ángel Rueda.
El almeriense Ángel Rueda. / D.A.

Confianza ciega vs. "arreglarlo en el bar"

Uno de los aspectos más fascinantes de la conversación con Ángel Rueda es su capacidad para traducir la mentalidad danesa al "idioma" español. Cuando se le pregunta cómo se viviría una situación similar en España —imaginemos una potencia extranjera reclamando Canarias o Baleares con esa agresividad—, la respuesta es tan gráfica como certera.

"En España resolveríamos esto en la barra del bar", bromea, pero con un fondo de verdad. "Estaríamos diciendo: 'Madre mía, esto lo arreglaba yo en cuatro días', y mientras discutimos a gritos, ya nos habrían hecho el lío". En Dinamarca, el proceso mental es radicalmente opuesto. No hay gritos, no hay polarización extrema, no hay tertulias incendiarias en la televisión pública.

Hay una palabra mágica que define la sociedad danesa: confianza. "Aquí, sean de derechas o de izquierdas, todos dan por hecho que sus políticos están trabajando para ellos. Se aferran a eso: nuestras instituciones nos protegen, así que tenemos que confiar", explica Rueda. Incluso ante una amenaza existencial, el ciudadano medio confía en que el sistema funcionará. Es una fe casi religiosa en el Estado que choca frontalmente con el escepticismo mediterráneo.

Sin embargo, esa confianza está siendo puesta a prueba. Las encuestas recientes muestran que un 40% de la población empieza a creer que el escenario puede tornarse real y peligroso. "El miedo ha subido. Ya no es solo un chiste", advierte el almeriense. La incertidumbre radica en que el "borracho de la discoteca" es impredecible, y la diplomacia tradicional, esa en la que tanto confían los escandinavos, no parece tener herramientas para lidiar con el caos.

Un almeriense "embajador" en el norte

Mientras el mundo contiene el aliento mirando hacia el Polo Norte, la vida de Ángel Rueda sigue su curso. Su consulta de dietética online prospera, ayudando a clientes de medio mundo a combatir esa otra pandemia global que es la obesidad, aplicando su propia experiencia de superación. Su mujer dirige un hotel y sus hijas crecen trilingües, integradas en un sistema educativo que, incluso en tiempos de crisis, intenta transmitir calma.

Pero la raíz tira. Rueda, que "remanece" de Benitorafe por parte de amigos y familia, no olvida su tierra. "Le digo a mi madre: mamá, lo que ves en la tele no tiene nada que ver con la calle. No estamos en un búnker", relata para tranquilizar a los suyos en Almería. A pesar de los titulares alarmistas, los supermercados están abastecidos, los niños van al colegio en bicicleta y la vida sigue con esa normalidad ordenada tan característica del norte.

Sin embargo, hay una vigilancia nueva, un rabillo del ojo puesto permanentemente en las noticias. Ángel Rueda, el hombre que un día controlaba las cámaras y los micrófonos de las galas almerienses, es ahora un espectador en primera fila de la historia. "Si algo he aprendido aquí es que son cuadriculados para lo bueno y para lo malo. Tienen sus formas, sus referéndums, sus diálogos. Pero cuando alguien se salta las reglas del juego de esta manera, se quedan en shock", concluye.

Desde Copenhague, con el corazón en el Mediterráneo y la mente en el Báltico, Ángel Rueda nos recuerda que, en este siglo XXI globalizado, lo que ocurre en los despachos de Washington o en los hielos de Nuuk resuena con fuerza en cualquier rincón del mundo, incluso en Almería. La duda ahora es si la música de la discoteca se detendrá a tiempo o si, como temen muchos en Dinamarca, la fiesta acabará con los cristales rotos.

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