Almería

Un chato de vino en el bar “Cagarruta”

  • Bares almerienses con nombres extraños: “Diarrea”, “Garrote”, “Pollito Lindo” o “Estiércol”

Un chato de vino en el bar “Cagarruta”

Un chato de vino en el bar “Cagarruta” / D.A.

Almería es tierra de bares. Y de tapas. Ignoro hasta cuándo porque un sector hostelero se ha empeñado en cargarse la tradición. Mal servicio, suplementos, limpieza justita, obligatoriedad de raciones, camareros sin bandejas, botellines que llegan abiertos… Un maltrato al cliente, edulcorado con “mala follá”, que ya ha hecho caer a más de un local que pasó, en días, del prestigio al descrédito. Son la excepción, afortunadamente, pero ir de tapas se convierte en una especie de sorteo de la lotería, con pedrea incluida.

El almeriense siempre ha tenido muchas tragaderas en eso del tapeo pringosillo, del tercio abierto a escondidas y de la copa de vino que llega ya servida de ¡vaya usted a saber qué botella! Si no, es impensable que algunos establecimientos obtuvieran décadas atrás el beneplácito del público con nombres y auténticamente escatológicos. Yo, desde luego, no comería en bares llamados “Cagarruta”, “Diarrea” o “Estiércol”. Pero hubo muchas personas de la Almería de antes y después de la Guerra Civil que fueron clientes habituales.

Bodega Bernardo Manzano Bodega Bernardo Manzano

Bodega Bernardo Manzano / D.A.

El “Bar Cagarruta” estaba en los bajos de una casucha que sirvió de corral, en lo que hoy es la calle Reverenda Madre María Micaela, en La Chanca. La puerta estaba siempre llena de excrementos de cabra porque era el paso, de ida y vuelta, de un rebaño cuyo pastor ordeñaba a los animales en la misma puerta del consumidor de la leche. Los clientes fijos del “Cagarruta” eran vecinos de la zona, que pasaban allí las horas muertas bebiendo vino, anís y coñac con algunos pedazos de tocino seco o unos cacahuetes más salados que los perros. 

José Rodríguez “El Calero” abrió el “Bar Estiércol” en una chabola de la esquina de la Carretera de Ronda con la de Níjar, frente al barrio de Regiones Devastadas. En aquel habitáculo lleno de grietas y mugre se servía en un tablón de madera vino de Alboloduy, suministrado por el dueño de la “Bodega Montenegro”. Como recordaba recientemente el periodista Eduardo de Vicente, los clientes fijos eran los agricultores que entraban a la ciudad al alba para vender en la alhóndiga sus tomates, naranjas o lechugas, los lecheros de Los Molinos y las cuadrillas de barrenderos. El “Bar Estiércol” lo arrastró una riada de las inundaciones de hace 52 años y su dueño se trasladó al Barrio Alto, donde montó el “Bar Texas”. Éste terminó gestionándolo su sobrino, José López Usero (a) “El Pisón” hasta 2004.

El “Bar Pollito Lindo” fue sancionado varias veces con 5.000 pesetas por descubrirse unos servicios higiénicos deficientes

  

El “Bar Garrote” y el “Bar Berrinche”

El “Bar Garrote” estuvo en los soportales de la Plaza Vieja, en el número 16. Quienes iban a la perrera o a “Las Perchas” oían desde los arcos del Ayuntamiento el trajín constante de guitarreo y coplas, mezclado con el pestazo a tabaco de contrabando y vino peleón. Su dueña era Carmen Ruano Ojeda, que daba rienda suelta a clientes peculiares que se buscaban la vida entre los habituales, muchos de ellos aficionados al futbolín. En 1977 ya aparecía en la guía telefónica, lo que le otorgaba la distinción de centro vecinal y de socorro.  

Muy cerca de allí, en la Plaza Marín, abrió el “Bar Berrinche”, que fue gestionado por Juan Manuel Gómez. En 1933 estaba justo enfrente de una de las primeras tintorerías de la ciudad y mucho antes, en 1918, se erigió como la taquilla oficial de venta de las entradas de la feria taurina de agosto. Eran sonoras sus juergas flamencas en el sótano y famoso su reservado con un tresillo despellejado, donde rameras desdentadas y pintadas como puertas se asomaban buscando cariño de alquiler mientras los cocheros esperaban en la calle.

Al final de la antigua avenida de Vivar Téllez, hoy Cabo de Gata, estaba el “Bar Diarrea”, nombre nada comercial que traduce a la perfección las garantías sanitarias del local; mientras, en la Plaza Moscú sobresalió el “Bar Cuernos”.

Bodega La Reguladora Bodega La Reguladora

Bodega La Reguladora / D.A.

El “Disloque” y su tapa de “tabernero”

Peculiar y querido por sus clientes de los años setenta era el “Bar Conejo” de la calle de Las Cruces. Su dueño, Antonio Sánchez Ramón, ofrecía una amplia variedad de sabrosos manjares caseros pulcramente elaborados por Joaquina, su esposa. “Bar El Sordo”, en la Carretera de Ronda, era de calamares fritos y cazón con tomate y “Bar El Disloque” de Rafael Plaza Giménez (1907-1956) descubrió desde la calle Terriza, y para los almerienses, los “Soldaditos de Pavía” o el “Tabernero”, plato bautizado en honor de su pueblo. Hace un siglo, en la Glorieta de San Pedro número 1 se encontraba la “Bodega H.”, amén de “El 1 y el 2” de Marqués de Heredia, “Núñez”, “Aranda”, “El Perú”, “Estrella”, “El Patio”, “Bodega de Bernardo Manzano” en la calle Majadores (hoy Doctor Paco Pérez) o “La Reguladora”. Pero ésas eran denominaciones más normales.

anuncio prensa anuncio prensa

anuncio prensa / D.A.

La lista de bares y bodegas almerienses con nombres peculiares sería interminable: “Pollito Lindo” –que fue sancionado en 1970 y 1971 con 5.000 pesetas cada año por descubrirse unos servicios higiénicos deficientes y con otras 2.000 por carecer de lista de precios-; “El Observatorio” de Francisco Martín Lorenzo en la Plaza de El Quemadero; “Fontanita”; “Los siete días”; “Bar Clavel Rojo”; “Café Bar Rosa Roja “; “En la esquinita te espero” de Esteban García Martínez en La Almedina o “La Oficina” de Jerónimo García López (1914 - 1994) que abrió al público el 14 de marzo de 1951 y cerró en 2005. En Mojácar estaba hace 50 años el “Bar Pimiento” y en Cuevas del Almanzora, en 1971, el “Bar Caliente” y el “Bar Los Gitanillos”.

Pero, claro, echando la memoria atrás comprobamos que la costumbre del sector hostelero provincial en bautizar a sus negocios con nombres llamativos viene de muy lejos. En 1908, José Cruz Moreno llamó “El Porvenir, gran bar cosmopolita” a su negocio de El Paseo, esquina con Rueda López, porque podía pagarse con monedas extranjeras y los camareros hablaban idiomas.  Cipriano Gázquez Martínez tenía el “Regio” en la Puerta de Purchena y Bernardo Castillo administraba “Cervecería Moderna”, amén de la cercana competencia de “El Frutero” cuyo propietario era Rafael Contreras Ferrón.

En el sótano del “Bar Berrinche” había un reservado con un tresillo despellejado, donde rameras desdentadas y pintadas como puertas se asomaban buscando cariño de alquiler

En los años treinta José Viedma Padilla regentaba “Bar Olimpia” en el Paseo, donde cobraba 50 céntimos por un café y una botellita de agua de Enix. Fermín Cañadas Giménez tenía “La Macarena” en la calle Real, único lugar donde podía consumirse la manzanilla de Sanlúcar “La Divisa”. En los cuarenta, “El Alhambra” de la plaza Marín era un santuario de los ponches y el “Bar Federico” ofrecía en 1947 el servicio a domicilio de sus ricas tapas.

En definitiva, nombres vinculados a las historias de las barras que frecuentaban nuestros abuelos y bisabuelos. Hoy, como decía, se estilan otros nombres menos escatológicos y más modernos, pero, aunque sea en raras ocasiones, te acuerdas del “Cagarruta” cuando ves venir la tapa de patatas a la brava y un dedo gordo pringando de tomate.

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