Un secreto mal guardado: Franco utilizó Palomares para fabricar su propia bomba atómica
El método Ulam-Teller: Los restos de los detonadores encontrados en Almería permitieron a los científicos de la JEN descifrar la tecnología nuclear estadounidense
Palomares cumple 60 años con el plutonio aún bajo tierra y sin salida cerrada
El accidente nuclear de Palomares, ocurrido en 1966, no fue solo una crisis diplomática y ambiental para el régimen de Francisco Franco, sino que se convirtió en el catalizador de una ambición oculta. Mientras los ministros se bañaban ante las cámaras para calmar a la población, en los despachos de la Junta de Energía Nuclear (JEN) se trabajaba a contrarreloj para aprovechar los restos de las bombas estadounidenses. Aquel suceso en Almería permitió a los técnicos españoles acceder a una tecnología hasta entonces impenetrable, impulsando un proyecto militar que buscaba situar a España en el selecto club de las potencias nucleares.
La caída de los artefactos termonucleares en suelo almeriense facilitó que los expertos de la JEN encontraran restos críticos de los detonadores, piezas clave que permitieron resolver incógnitas científicas que España arrastraba durante años. Según sostiene Juan Carlos Pereira Castañares, catedrático de Historia Contemporánea, este hallazgo fue determinante para que el régimen se planteara seriamente la aplicación del método Ulam-Teller, la base técnica para la fabricación de armamento de destrucción masiva.
El informe secreto que alertó a la CIA
Solo un año después del incidente, en 1967, la maquinaria del Estado ya había avanzado lo suficiente como para que documentos internos reconocieran la capacidad real de España para fabricar la bomba. Este proceso de rearme tecnológico se llevó a cabo con una discreción absoluta, utilizando incluso circulares enviadas a embajadas estratégicas para coordinar el avance de un plan que pretendía garantizar la soberanía militar del país a través del átomo.
Aquel mismo año se dio un paso de gigante con la construcción de la central nuclear de Vandellós I, una infraestructura que nació de un pacto bilateral secreto entre Carrero Blanco y Charles de Gaulle. Este acuerdo con Francia se gestó completamente a espaldas de los Estados Unidos, evidenciando que el régimen de Franco quería aprovechar el "regalo" involuntario caído en Palomares para jugar sus propias cartas en el tablero de la Guerra Fría.
El Sáhara como campo de pruebas nucleares
El avance tecnológico no se detuvo y en 1968 se instaló en la Ciudad Universitaria de Madrid el reactor Coral-1, una máquina diseñada específicamente para trabajar con plutonio. Los resultados no tardaron en llegar, obteniéndose los primeros gramos de este material en 1969, lo que confirmaba que la hoja de ruta trazada tras el accidente de Almería seguía un ritmo imparable hacia el objetivo final: la creación de un arsenal propio.
En 1971, el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN) elaboró un informe de carácter secreto donde se aseguraba que España ya estaba en condiciones de ejecutar con éxito su opción nuclear militar. El plan era tan concreto que incluso se llegó a presupuestar el primer ensayo atómico en el desierto del Sáhara, con un coste estimado de unas 8.700 millones de pesetas de la época, situando a la central de Vandellós como la gran proveedora de la materia prima.
La vigilancia extrema de Estados Unidos
Sin embargo, los movimientos del régimen no pasaron desapercibidos para los servicios de inteligencia extranjeros, que mantenían un ojo puesto en cada reactor construido en la península. En 1974, la CIA emitió un informe contundente en el que exigía un control férreo sobre las actividades españolas, alarmada por la capacidad de producción que estaba alcanzando el país bajo la tutela del dictador y su entorno más cercano.
El informe estadounidense detallaba que España contaba ya con tres reactores operativos, siete en plena construcción y una ambiciosa proyección de otros diecisiete en fase de proyecto. Lo que comenzó como un trágico accidente en una pequeña pedanía de Almería terminó por despertar las alertas rojas en Washington, que temía que el incidente de Palomares hubiera entregado a Franco la llave definitiva de la hegemonía nuclear en el Mediterráneo.
El legado de un proyecto inconcluso
A pesar de tener la tecnología y los planos necesarios derivados del estudio de las bombas caídas en 1966, el proyecto nunca llegó a culminarse debido a las intensas presiones internacionales. Franco, que siempre fue un estratega de la supervivencia, entendió que el coste político de detonar una bomba en el Sáhara podría suponer el aislamiento total de un régimen que ya empezaba a dar síntomas de agotamiento.
Hoy, la historia de Palomares se lee no solo como un desastre ecológico que aún espera una limpieza definitiva, sino como el punto de origen de una carrera armamentística secreta. El interés de Franco por aquellos restos radiactivos demuestra que, tras la imagen de normalidad que se quiso vender al mundo, se escondía una ambición de poder que pudo haber cambiado el destino diplomático de España para siempre.
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