Almería

La intensa historia de la estrechísima calle Borja

  • Situada entre La Almedina y La Alcazaba, desde el siglo XIX han ocurrido innumerables acontecimientos vecinales y sociales  

Patio con salida a la calle Borja

Patio con salida a la calle Borja / Javier Alonso

Los almerienses que hayan vivido o nacido entre La Almedina y la falda de La Alcazaba, o en las inmediaciones del “Cuartel de los Soldaos”, la conocerán. El resto de ciudadanos, difícilmente. Hablamos de la calle Borja; una estrechísima y larga calzada sin salida en pleno corazón del casco antiguo. Articula un laberinto de pequeñas casas y patios con indudable sabor a la Almería de hace un siglo. Está dedicada al valenciano Gaspar Jofré de Borja (+1556) obispo español que asistió al Concilio de Trento.

La calle Borja posee una larga historia social y ya existía con ese nombre en el último tercio del siglo XIX. Allí residía una mujer apañadísima que se ganaba la vida, en 1886, limpiando las manchas de las prendas de seda, lana y paño y en la casa del número 28 María Jesús Sánchez (1868) obtenía unas perrillas como ama de cría. Ambas anunciaban sus servicios en “La Crónica Meridional”.

También habitaban, en el 3, José Guerrero Manzano y Juan Campana Mayor, en el 15. Muy cerca, la familia numerosa de José Sánchez Sánchez. Precisamente, en las trágicas inundaciones del 11 de septiembre de 1891, la esposa y los cinco hijos de éste estuvieron a punto de morir ahogados al inundarse el patio de la modesta casilla. El arrojo del carabinero de caballería Francisco Hernán López fue determinante; rescató a las seis personas, las auxilió y les dio cobijo mientras duró el temporal. 

DOS TRAGEDIAS  

Placa de la Calle Borja Placa de la Calle Borja

Placa de la Calle Borja / Javier Alonso

Un desagradable suceso alteró la paz vecinal en junio de 1901. Carmen Jiménez Castillo entregó a un zapatero remendón llamado Juan Martínez Espinar unas botas para que las arreglara y le pagó cinco pesetas por el encargo. Era la Navidad anterior y como el artesano ni arreglaba el calzado ni devolvía el dinero, la mujer fue a reclamarle. La queja pasó a trifulca y ésta a agresión. Juan tuvo la mala uva de sacar una faca y clavársela a Carmen en la misma frente. La mujer pudo salvar la vida porque fue atendida de inmediato en el hospital provincial, pero el zapatero terminó con sus huesos en el cuartelillo.

Pero más grave aún fue lo ocurrido la víspera de Nochebuena de 1904. Una hermosa joven de 16 años, llamada María García Giménez, celebraba las fiestas bailando con una amiga en el patio de su vivienda de la calle Borja. De repente apareció Salvador Clemente Colomer, de 18 años, un antiguo pretendiente despechado por la chica. Éste recriminó e insultó a su familia, por lo que la madre de la muchacha salió en defensa de su hija, mientras María se escondía detrás de la puerta de la casa. Salvador abofeteó a la señora y de inmediato sacó una pistola y disparó dos veces. La fortuna quiso que los proyectiles se incrustaran en la madera de la cancela, sin provocar lesiones a nadie. Salvador huyó corriendo hasta el Barrio Alto, pero fue detenido allí por una muchedumbre de vecinos, guardias y municipales que salieron tras él.

En la mayoría de los hogares se criaban gallinas y conejos en los terraos e incluso había cerdos en el interior de varios patios. Eso motivó en octubre de 1910 que el alcalde, el fiñanero Braulio Moreno Gallego (1848-1931), firmara un edicto instando a los dueños de los chiros a que los sacaran de las viviendas, bajo advertencia de sanciones.

Por aquellos primeros años del XX y hasta la Guerra Civil, las casas de la calle estaban ocupadas por familias, casi todas numerosas. La Martínez Tollo; Antonio Camas Flores; Rosenda Valverde; Luis Viedma Ibáñez; Josefa Martínez Sánchez (1854); Francisco Iniesta López; Bernardo Peinado Romero (1907); José Delgado; José Arcos Campos; María Clemente Brik (+1913) o Emilio Díaz Rodríguez, cuyo padre Antonio Díaz Sánchez–carabinero jubilado- desapareció y lo encontraron ahogado en la Playa El Barronal, en Cerrillos. 

LAS TIENDAS DE MATILDE Y ENCARNACIÓN

Cinco años después del final de la Guerra Civil, los niños pequeños del barrio tomaban “harina azucarada” que se suministraba con los cupones de la leche de la cartilla de racionamiento. Había que retirarla en la tienda de Encarnación Requena López, que estaba en el número 5 de la calle Borja. También se suministraba leche condensada racionada para las criaturas en el establecimiento de Matilde Casas Borbalán, una mujer que apoyó las iniciativas deportivas de los chiquillos del barrio, como torneíllos de fútbol. Matilde y Encarnación sustentaron con sus tiendas, durante los años treinta y cuarenta, la alimentación infantil de una amplia zona de La Almedina.

Años después, en 1950, Ernesto Sánchez León (1910-01/11/1983) solicitó permiso al Ayuntamiento de Almería para abrir en el número 14 una fábrica de licores y aguardientes. Durante largo tiempo numerosas bodegas de la capital se abastecían de anís a granel en aquella factoría artesanal. José Ibarra (1936), del “Montenegro” era uno de ellos, que se lo llevaba por arrobas. Y si el cliente no podía ir, Ernesto le acercaba el producto con su moto. La hija del industrial, María Luisa Sánchez León, fue, en 1969, una de las primeras almerienses en licenciarse en Filosofía y Letras por la Universidad de Granada.

La fábrica de elaboración de alcoholes estaba frente a la vivienda de Antonio Baldó Rodríguez, un empleado de la sociedad mercantil “Guillermo Mateo Gibaja”, que falleció prematuramente el 20 de febrero de 1964 a los 48 años. Manuel Martínez Ramírez remanece de allí; insigne cofrade que llegó a presidente de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de la ciudad.

La extensa familia Herrera-Guillén procede del número 23 de la calle Borja. La señora, Carmen Guillén Padilla (1894-1962), tuvo seis hijos que se criaron en la falda de La Alcazaba. De una casa colindante es Diego, el hijo de Bautista, un mecánico de trenes, cuando funcionaban con carbón. Lo habrán visto por ahí con ropa deportiva y corriendo sin parar por las calles de Almería, a pesar de sus 76 años.  

UN PREMIO DE LA RADIO

También residía en la calle Borja Dolores de las Heras Pozo, quien en febrero de 1966 ganó un jugoso premio de 1.750 pesetas en el concurso de la “Cadena Ser EAJ 60” llamado “Cambie sin ver y ganará con Kanfort”. Dolores era la menor de siete hermanos cuyo padre, Miguel de las Heras González, también vivía allí y murió el 1 de mayo de 1948. El certamen radiofónico estaba patrocinado por la marca de betún y crema para zapatos, cuyo delegado comercial en Almería era Félix Blasco Albendín (1913-10/1966). Cuando éste falleció con 53 años, su hijo, Félix Blasco Asensio, se quedó con la representación.

En los años sesenta, la oferta de comercios de alimentación y complementos estaba completada con los ultramarinos de José Rueda Góngora en el número 4. Allí mismo residía, ya en los setenta, José Fernández Saya (1952) o José Ruiz Martín, uno de los almerienses cuyas tierras agrícolas se expropiaron en 1975 para construir el embalse de Benínar.

En la actualidad, siguen en pie cuantiosos inmuebles existentes en la calle Borja fueron construidos en el primer tercio del siglo XX, aunque posteriormente unas pocas fachadas se reformaron. Hay tres casas con patio y vistas a La Alcazaba que datan de 1915, 1922 y 1925, según el Catastro. Historia, desde luego, sí que tiene la callejica.

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