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El milagro de un trabajo bien hecho

  • Trabajadores y usuarios de la residencia de mayores Ciudad de Adra, que gestiona Clece, recibe la segunda dosis de la vacuna con la “alegría” de no haber registrado un solo positivo por Covid

Tres usuarios de la residencia Ciudad de Adra posan junto a sus cuidadoras. Tres usuarios de la residencia Ciudad de Adra posan junto a sus cuidadoras.

Tres usuarios de la residencia Ciudad de Adra posan junto a sus cuidadoras.

Trabajar en una residencia, al cuidado de personas mayores, a veces frágiles, siempre agradecidas, requiere conocimientos, habilidad, experiencia y, sobre todo, grandes dosis de cariño y de responsabilidad, con ellos y también con sus hijos, con sus hermanos o sus nietos. Sus familias, que ponen en manos expertas la vida de sus “abuelitos” a sabiendas de que esas manos los cuidarán mejor que ninguna.

Trabajar en una residencia es siempre una fuente inagotable de experiencias únicas: de momentos entrañables, de momentos de alegría o de momentos duros. Hacerlo en medio de una pandemia mundial por un virus que se ceba especialmente con los mayores ha sido (está siendo) probablemente la situación más complicada a la que se hayan podido enfrentar nunca: “Nadie que no trabaje en un centro como el nuestro puede experimentar, ni siquiera imaginar, lo que hemos pasado”, explica, recordándolo como si quisiera olvidarlo rápidamente, María Luisa Berenguer Jiménez, que es la directora de la residencia de Adra. Especialmente, asegura, “en las primeras semanas, por la impotencia ante algo desconocido y la presión a la que nos sometía ver imágenes o escuchar noticias de lo que estaba pasando fuera”.

Como quedarse de brazos cruzados a verlas venir no parece que sea una idea de las que pasen por sus cabezas, los trabajadores de este centro municipal gestionado por Clece tomaron las riendas de una situación para la que nadie está preparado e iniciaron una “lucha terrible” por conseguir un único objetivo: el virus no debía entrar nunca. La pasada semana, los usuarios y trabajadores de la residencia de Adra recibían la segunda dosis de la vacuna contra la Covid-19 sin que haya habido un solo caso desde que comenzara la pesadilla.

“Psicológicamente ha sido muy duro”, confiesa María Luisa Berenguer, pero “tengo la suerte de tener un equipazo conmigo”, y no se refiere únicamente a los trabajadores de Clece: “familiares, residentes, Ayuntamiento… sin todos ellos hubiera sido imposible llegar al momento al que hemos llegado”. Un final feliz que, en medio, ha estado rodeado de trabajo, disciplina y sacrificio: “No tengo ninguna duda de que los trabajadores hemos realizado un sobre esfuerzo en nuestras vidas privadas para que el virus no llegara al centro”, explica la directora de la residencia de Adra, que también recuerda las horas de trabajo que el equipo técnico ha puesto sobre la mesa para diseñar unos protocolos de protección siguiendo las recomendaciones de las autoridades sanitarias que, a todas luces, han funcionado.

Limpieza y desinfección continua y protección individual, mucha previsión (Clece adquirió y distribuyó en el mes de febrero mascarillas FFP2 en todos sus centros), cierre total de la residencia desde el primer momento (a pesar de que pudiera resultar impopular), sectorización del edificio para procurar el menor contacto posible, protocolos estrictos y “muy bien gestionados” por parte de la empresa y multitud de decisiones tomadas sobre la marcha con gran acierto y “sobre todo mucho compromiso” por parte de todos.

Llegar a la segunda dosis de la vacuna sin casos de coronavirus en la residencia “no es solo fruto de la suerte”, coincide el alcalde de Adra, Manuel Cortés, sino “del trabajo bien hecho”, y aunque “desde luego es una situación para estar contentos”, Cortés tampoco olvida “todo lo que hemos pasado” ni el esfuerzo realizado por el personal de Clece y del propio Ayuntamiento: “Debemos estar muy agradecidos a todos: usuarios, familiares, trabajadores… porque han cuidado todo al milímetro”, destaca el alcalde, para quien ha sido “fundamental” la comunicación continua entre el consistorio y la residencia, una colaboración de la que “podemos darnos por satisfechos” porque “no es fácil haber llegado a este punto sin mucho trabajo y mucha coordinación. Como alcalde de Adra no puedo menos que hacer una valoración muy positiva del trabajo de Clece y su equipo en la residencia”.

La familia, siempre informada

Agradecimientos. Siempre son bienvenidos, pero algunos alegran incluso más. Para el personal de la residencia Ciudad de Adra ese es, sin duda, el de los familiares de sus usuarios. Esos de los que se hablaba arriba: los nietos, los hermanos, los hijos e hijas que dejan en sus manos el cuidado de unos mayores a los que ni siquiera han podido ver en muchos meses, al menos no presencialmente, y cuya edad los convertía en presa fácil para el virus.

“Hemos tenido miedo, claro”, confiesa María Jesús Santisteban, hija de una de las residentes, Emilia Puga, sobre todo “por todo lo que iba apareciendo sobre cómo estaba la situación en las residencias”. Sin embargo, recuerda, “eso fue solo al principio, porque durante todo este tiempo no faltó nunca una llamada dándonos información sobre cómo estaba mi madre, lo que hacían durante el día, qué medidas estaban poniendo en marcha... Ha sido duro, pero nos han tratado siempre, y sabemos que a nuestros familiares también, con mucho cariño y mucho compromiso por que las cosas salieran bien”.

Con la segunda dosis de la vacuna, dice Santisteban, “solo podemos estar felices de que hayan conseguido llegar hasta aquí en estas circunstancias tan buenas”. Posiblemente es esa palabra, felicidad, la que mejor define el estado de ánimo actual de los trabajadores de la residencia Ciudad de Adra, como asegura su directora, que recuerda cómo se sintieron la semana pasada, cuando sus abuelos y ellos mismos recibieron la segunda vacuna contra el coronavirus: “impresionados”, por el despliegue técnico y sanitario que se ha puesto en marcha en esta campaña de vacunación tan especial; “felices”, por todo lo que supone; y, sobre todo, “muy emocionados”, cuenta María Luisa Berenguer, “porque veíamos la luz después de diez meses de pesadilla”.

Esa misma que han evitado, con su trabajo, a todas y cada una de las 77 personas que, entre residentes y trabajadores, hacen de la residencia de Adra un auténtico hogar. Un hogar seguro.

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