Patricia Ramírez escribe a Gabriel en el octavo aniversario de su pérdida: una promesa de amor, justicia y lucha inagotable
La madre del 'Pescaíto' hace público un reivindicativo comunicado en el que denuncia las irregularidades de su asesina en prisión y exige elevar el Estatuto de la Víctima a Ley Orgánica
Hoy hace ocho años que Almería y España entera enmudecieron al enterarse de que Gabriel no volvería a casa. En una mañana con el mismo sol que brillaba aquel trágico 11 de marzo, el mal encarnado fue detenido y la vida de una familia cambió para siempre. Patricia Ramírez, la madre del pequeño Gabriel Cruz, se ha levantado hoy con el peso de la ausencia intacto, sabiendo que resulta imposible no revivir aquel dolor minuto a minuto, año tras año. Tras acudir al médico, se ha sentado frente al papel para hacer lo que lleva haciendo desde aquel fatídico día: intentar construir y explicarle a su hijo cómo avanza la vida sin él. El resultado es una carta íntima, desgarradora y profundamente reivindicativa, que ha querido compartir a modo de agradecimiento con todos aquellos que forman parte de ese "equipo" y de la gran marea de buena gente que la acompaña en el camino.
"Hola mi Gabri", arranca la misiva de una madre que se niega a que el recuerdo de su hijo quede sepultado por la oscuridad. Patricia retrocede en el tiempo hasta aquellos doce días de "tortura" en los que se hizo lo imposible por encontrarle. Fueron jornadas marcadas por una oleada de amor y solidaridad inaudita, fruto del trabajo incansable de miles de personas que mantenían viva la esperanza. En aquellos días, Gabriel trascendió para convertirse en el "sonriente biólogo marino del cielo", llenando el mundo entero de peces y girasoles.
Pero el paso del tiempo no ha traído el ansiado descanso institucional. Patricia Ramírez denuncia con firmeza el absoluto "despropósito" que supone para la familia tener que seguir volviendo a los juzgados, ocho años después, para defender nuevamente su integridad física y moral. La herida sigue abierta por las constantes afrentas en el ámbito judicial y penitenciario. En su escrito, lamenta profundamente haber tenido que denunciar el mal hacer de la asesina de su hijo, tanto en la cárcel como desde ella. En un tono de evidente indignación, señala directamente a los "funcionarios públicos que prefirieron no mirarte y hacerle regalitos", así como la animadversión presuntamente mostrada hacia su persona por la condenada y la pareja de esta.
La opacidad del sistema es otra de las grandes losas para esta madre. Hoy, ocho años después, la familia sigue sin conocer el patrimonio o los bienes de la asesina, ni cómo se ha realizado la liquidación de su condena. Resulta alarmante la denuncia sobre el incumplimiento del reglamento penitenciario, señalando la "obtención de móviles de forma ilícita" y el "uso espurio de llamadas personales" para hablar con periodistas, tal y como habría indicado la propia dirección de la prisión. A esto se suma un hecho gravísimo expuesto en las diligencias de instrucción de Ávila: mediante un escrito de la dirección de la cárcel y la testifical de un funcionario educador, consta que la asesina presuntamente ha amenazado a la dirección del centro penitenciario y a los funcionarios con "sacar todo" si no atienden a sus peticiones. Pese a la gravedad de estos hechos, Patricia lamenta que nadie les ha informado sobre si se han tomado medidas al respecto.
El frente mediático es otra de las batallas incansables de la familia. En su carta a Gabriel, relata cómo han tenido que enfrentarse a la producción de un documental que contraviene la ley orgánica que protege la imagen del menor, todo ello con el fin de contar una "nueva versión de los hechos". Sin embargo, frente a este escenario que ella misma califica de "desolador", encuentra consuelo en saber que el corazón de su hijo se calentará al ver que hay mucha gente buena que les sigue ayudando a dar pasos pequeños, pero de una inmensa magnitud. Celebra que esa gran marea de buena gente extiende un mensaje que sirve para proteger a otras víctimas de lo que no toca, evitando lo que "añade más dolor al dolor".
En este arduo camino, los logros legislativos se erigen como faros de esperanza. Patricia le cuenta a su hijo que han logrado cambiar las leyes de protección frente a la violencia a la infancia y adolescencia, consiguiendo que desde el año 2023 el consentimiento para utilizar su imagen sea estrictamente obligatorio. Y aunque reconoce con pesar que aún hay quien "no se entera o no quiere enterarse", pone en valor la existencia de una "buena trinchera de amor" que sale a defenderle "cuando hay quien escribe tu nombre para hablar de tu asesina y lucrarse".
El activismo de Patricia Ramírez ha trascendido el ámbito personal para convertirse en un escudo para todas las familias que sufren tragedias similares. Explica que muchas víctimas se cuidan, se protegen y luchan para que el escenario sea más alentador, habiendo presentado recientemente alegaciones al anteproyecto de la nueva ley de protección al honor, la intimidad y la imagen. Esperan que las instituciones respondan satisfactoriamente, poniéndolas en el centro de sus actuaciones y protegiéndolas de la violencia en cualquiera de sus manifestaciones. Además, ha alzado la voz ante diferentes jueces y cuerpos de seguridad del Estado gracias a unas jornadas de formación del Consejo General del Poder Judicial. Allí, solicitó que se ofrezca un "tiempo de calidad" que asegure la debida protección y exigió un hito legal irrenunciable: que el Estatuto de la Víctima se eleve a Ley Orgánica. Solo así, defiende, se podrán garantizar los derechos fundamentales recogidos en la Constitución Española y en la Normativa Europea para las víctimas de delitos violentos.
A lo largo de estos años, Patricia ha aprendido dolorosas pero valiosas lecciones. Ha comprendido que "hay que hacerse visible cuando se incumplen tus derechos sistemáticamente pues lo que no se ve, o no existe, o no se tiene en consideración". Denuncia que a la sociedad se le muestra una imagen genérica de la víctima que, lejos de ayudarla, la condena para siempre a ser "usada o politizada", reivindicando que necesitan una sociedad que las proteja del trato cruel para poder alcanzar "un nuevo sentido de la vida".
En relación al tratamiento mediático y el auge del true crime, valora positivamente el nacimiento de una empresa científica que propone un asesoramiento ético en la materia, demostrando que poco a poco la gente se va concienciando para hacer menos daño. Como ejemplo tangible de que la empatía puede frenar el dolor, relata el caso de unos chicos que hicieron un podcast este año y se equivocaron, dañando enormemente la memoria de Gabriel. Ella misma tuvo que ponerse en contacto con uno de ellos para informarles y solicitar que lo retirasen. Afortunadamente, se arrepintieron, pidieron disculpas y, tras empatizar con el sufrimiento de la familia, le preguntaron: "¿Cuál es el límite?". La respuesta de Patricia debería servir de manual de estilo para cualquier comunicador: "El límite es pensar en cómo hablarías tú del asesinato del ser que más has querido y cómo te gustarían que hablasen de él los demás para no dañarte ni dañar su memoria y recuerdo". Aquellos jóvenes, que no actuaron aposta sino por no haberse parado a pensar en las consecuencias ni en la veracidad de sus fuentes, no solo retiraron el contenido al tomar contacto con el dolor real, sino que propusieron donar los beneficios obtenidos y recibir asesoramiento. "Te gustará saber que de caerme muy mal ahora me los quiero mucho", le confiesa a su hijo.
La carta concluye con una serie de promesas inquebrantables de una madre a su hijo. Promesas forjadas en la pérdida pero sostenidas por la inmensidad del amor. Patricia le promete a Gabriel que seguirá luchando para que no le vean "feo" y para que quien pronuncie su nombre lo haga para describir su sonrisa con el respeto que se merece. Promete seguir peleando contra el mal para que no haga daño a nadie más y cumpla su condena, exigiendo que no se nombre a la asesina junto al pequeño para que quede solo "lo bueno". Seguirá luchando, insiste, para que la Ley Orgánica garantice una defensa de derechos que no deje de cumplirse jamás por "falta de presupuesto, conocimiento o empatía".
Pero la promesa más dura y hermosa es la que se hace a sí misma por él: "Te prometo que intentaré cuidarme y sonreír más a la vida ofreciendo la mejor versión de mí misma para que sonrías siempre que me mires". Con un "Te quiero, Gabrieloto" y un infinito "Gracias por seguir estando y ayudar a protegernos a tod@s", Patricia Ramírez despide una misiva que es un manifiesto vivo por la dignidad. Un abrazo eterno de una madre que, ocho años después, sigue protegiendo los mares de su 'Pescaíto'.
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