El placer impostor: lo que nos engancha mientras nos hace daño

Cuida tu salud mental

Redes sociales, impulsividad y adicción emocional: cómo identificar aquello que parece inofensivo, pero erosiona nuestra salud mental

Infidelidad en España: más común de lo que crees

Niño pequeño absorto delante de la pantalla de un móvil
Niño pequeño absorto delante de la pantalla de un móvil / D.A.
Raúl Carrera Fernández
- Psicólogo en Antas

15 de febrero 2026 - 06:00

Hace dos semanas, en una sesión de terapia con una paciente que tiene 9 años, IPM, intentando entender por qué le costaba hacer caso a la primera cuando estaba haciendo otra actividad, me describió una idea muy interesante que me gustaría compartiros a todos vosotros. Es lo que ella denominó como placer impostor.

Estas fueron las palabras que utilizó para definir el placer impostor: "es un placer que te hace daño, no te hace nada bueno para ti, como un impostor. (Por ejemplo) lo de fumar, a ti te apetece fumar, pero es un placer impostor porque a ti te está haciendo daño, te está dando placer, pero te está dando daño. También comer chuches, estás haciendo tu placer pero te va a hacer daño, te va a doler la barriga... cosas así". Y a la pregunta: ¿el placer impostor es siempre un placer impostor y te puede hacer daño?, respondió: "pues no todos, por ejemplo, yo quiero jugar y jugar no es un placer impostor, pero si mis padres dicen que venga y yo sigo jugando, entonces sí que es un placer impostor".

Hay muchas situaciones en el día a día que representan este placer impostor. En el caso de los adultos por ejemplo revisar el móvil constantemente mientras trabajas (te da una sensación de distracción pero reduce la productividad), o procrastinar tareas importantes viendo series o vídeos (después genera culpa), responder impulsivamente en una discusión de pareja, comer por ansiedad o bien trabajar en exceso (que te produce una sensación de logro, pero pagas el precio de deteriorar tu vida personal y bienestar emocional).

Los adolescentes tampoco se salvan de este placer impostor, por ejemplo cuando pasan horas y horas en las redes sociales antes de ir a dormir, contestar mal a los padres para “ganar” una discusión, copiar en un examen, hacer retos virales peligrosos (en su momento estaba tragar una cucharada de canela, con todos los riesgos habidos y por haber para tus pulmones) o incluso excluir a alguien del grupo para sentirse integrado.

La idea de este placer impostor me parece muy interesante para una noticia de actualidad, que es la intención que tiene el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, de prohibir el acceso a las redes sociales a menores de 16 años. Este es un ejemplo claro de prohibir un placer impostor.

Las redes sociales se popularizaron a partir de 2008, con la entrada de Facebook en España, una plataforma que nos permitía estar conectados con aquellas personas que conocíamos, compartiendo intereses, noticias, historias… Lo que no sabíamos era el mal uso que íbamos a dar a esas plataformas, pasando de ser redes que permitían socializarnos a redes que nos aislaban. En el documental de Facebook, el autor del botón "me gusta" nos compartía el tremendo daño que nos llegó a hacer ese botón. El botón de me gusta permitió monitorizar nuestros intereses y utilizarlos como base para mejorar el algoritmo y hacer que estuviéramos más enganchados a la plataforma. Lo que inicialmente iba a ser una revolución social para mejorar la comunicación se convirtió en una puerta a un nivel de adicción y fuente de conflictos con los iguales. No nos dimos cuenta de que estábamos creando el mayor placer impostor por excelencia.

Desde que existen las redes sociales se ha observado un mayor incremento en menores, tanto chicos como chicas, de problemas de conducta alimentaria, más angustia, más sintomatología depresiva, mayor ideación suicida, más problemas en la familia, más problemas de autoimagen, más problemas de autoestima…

Estas plataformas utilizan un algoritmo que te ofrece la mayor cantidad de contenido de aquel tema por el que tú estés mostrando interés. Además, te mostrará aquellos vídeos que tienen una mayor capacidad de retención del usuario. Por lo tanto, te mostrará aquel contenido que tiene un mayor potencial de adicción y, por lo tanto, de placer impostor. Estas plataformas no revisan todo el contenido, sino que únicamente descartan aquel que tiene una mayor carga de contenido sexual o que puede infringir las normas de política de privacidad, pero no evalúan si el contenido que se está compartiendo puede tener un impacto psicológico en la persona que lo está viendo.

Como el contenido que ofrecen no tiene una revisión previa y es consumido a edades muy tempranas, la capacidad de influencia en menores es mayor, puesto que tienen menos capacidad de discernimiento y crítica por falta de experiencia y de madurez.

El futuro de esta prohibición

Eliminar el acceso a redes sociales a menores de 16 años debe ir acompañado de alternativas que también permitan la interacción y la comunicación entre los adolescentes y de los adolescentes con los adultos. Únicamente prohibir el acceso a plataformas como Instagram o TikTok implica cortar el deseo de comunicación y de interacción con los iguales, pero esto debe ser complementado con una mayor comunicación e interacción con los padres, quienes, recordemos, sí que siguen teniendo acceso a esas plataformas, y cada vez son más los que hacen uso de ellas (junto a otros placeres impostores). Por lo tanto, los padres también deben concienciarse de la importancia de buscar espacios en común, realizar actividades fuera del uso de las pantallas, mostrar mayor interés por sus hijos en base a los intereses de sus hijos… Porque educar no es solo prohibir el acceso a estas plataformas, sino que también es responsabilizar a los padres de seguir educando y compartiendo con ellos esos espacios íntimos.

Ahora la pregunta es, ¿como padres estáis dispuestos a asumir los desafíos de vuestros adolescentes cuando se les niegue el acceso a estas redes? ¡Vamos a la guerra!

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