La semilla invisible: desde dónde hacemos las cosas importa más que lo que hacemos

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El verdadero bienestar no depende solo de lo que hacemos, sino del lugar emocional desde el que plantamos cada decisión

Therian y adolescencia: cuando la identidad busca refugio

Unas manos sujetan una semilla / Imagen generada con IA
Raúl Carrera Fernández
- Psicólogo en Antas

08 de marzo 2026 - 06:00

Imagina a un hombre que mañana, a las nueve, decide ir a ver un árbol. No es un árbol cualquiera. Es un árbol que él plantó hace años, partiendo de una semilla. Esa semilla fue creciendo hasta convertirse en un árbol grande, robusto y del que esa persona se siente tan orgullosa.

Cuando uno inicia un proceso, todo empieza con una semilla: una idea, una intención, una ilusión… Sea como sea, empieza con una semilla, y la persona todavía desconoce cómo esa semilla va a crecer.

Aquí la pregunta clave no es qué semilla has plantado, sino desde dónde la has plantado. Cuando plantas una semilla, es de vital importancia que conozcas desde dónde lo haces, qué es exactamente lo que estabas buscando y qué impacto crees que puede tener.

Vamos a seguir con el ejemplo del hombre que contempla ese árbol.

Si ese hombre ha plantado la semilla buscando la perfección, nunca le parecerán suficientes los frutos de ese árbol.

Si lo ha hecho desde una parte obsesiva, le habrá dedicado tantas horas que, probablemente, habrá descuidado otros muchos árboles que también necesitaba para dar esos frutos.

Si el hombre ha plantado la semilla desde la búsqueda de la grandiosidad, continuamente estará presumiendo de su árbol, mientras que los demás veremos que únicamente se trata de un árbol.

Si la persona planta la semilla con el objetivo de demostrar el esfuerzo y la constancia de realizar una tarea, seguirá pendiente de la opinión de los demás y no tanto del esfuerzo que puso para plantarlo.

Si la plantó para tener un árbol más grande que el del vecino, pasará más tiempo mirando el árbol del vecino que el suyo propio.

Y si planta la semilla partiendo de la base de que siempre podría haberlo hecho mejor, nunca le parecerán suficientes ni la semilla, ni los frutos, ni el esfuerzo que le supuso al principio.

Puede parecer absurda esta situación, pero ahora vamos a aterrizar un poco esta idea en el día a día.

Cuando has elegido el trabajo en el que estás o los estudios que has hecho, ¿lo hiciste desde una posición genuina de interés, de capacidades y de querer aportar algo? ¿O lo hiciste desde otros ámbitos como el poder, el prestigio o el qué dirán? Porque, dependiendo de desde dónde escojas el trabajo o los estudios, la sensación de sentirte realizado o realizada estará —o no— presente.

Para aquellos que estáis trabajando o al cuidado de niños y adolescentes, cuando les decís que algo no lo han hecho bien, ¿desde dónde lo hacéis? Si gritáis, lo hacéis desde la frustración y, por tanto, no van a aprender. Si les repetís siempre lo mismo, lo hacéis desde una parte obsesiva y, por lo tanto, tampoco van a aprender. Si los comparáis para que tengan una alternativa o un modelo de aprendizaje, en realidad no los estáis animando, porque solo les estáis mostrando lo que les falta.

Si os dan una nota de examen y decís que podrían haber hecho más, pero no explicáis ni el cómo hacerlo mejor ni les ayudáis a reflexionar sobre qué podrían hacer diferente, esa semilla es de insatisfacción y frustración. Por lo tanto, en ningún momento se quedarán con un aprendizaje, sino solo con una queja y una invalidación.

Me gustaría que hicieras el siguiente ejercicio.

Piensa en alguna buena acción que hayas hecho recientemente: ayudar a alguien, hacer la compra sin que te lo pidan, facilitar algo en el trabajo… Piénsalo un momento.

Ahora pregúntate, de una forma sincera, desde dónde lo has hecho. Te voy a proponer algunas opciones:

Sabemos que la acción que has hecho puede ser buena y válida. Sin embargo, con el tiempo pueden aparecer ciertos remordimientos, sensación de culpa o algún tipo de malestar que no te permita sentirte plenamente satisfecho o satisfecha con una acción que, en principio, era positiva.

Te propongo ahora otras opciones. Quizá estas te resulten más amables:

En muchas ocasiones creemos que lo importante es hacer lo correcto. Elegir bien un trabajo, ayudar a alguien, esforzarnos más o tratar de mejorar aquello que hacemos. Sin embargo, hay algo más profundo que rara vez nos paramos a analizar: el origen emocional desde el que tomamos esas decisiones.

Dos personas pueden hacer exactamente la misma acción y, aun así, vivirla de manera completamente distinta. Una puede ayudar porque siente que quiere hacerlo, porque le nace, porque forma parte de sus valores. Otra puede hacer lo mismo movida por la necesidad de agradar, de ser aceptada o de demostrar que es válida. Desde fuera, ambas acciones parecen idénticas. Pero por dentro no lo son.

Cuando actuamos desde la obligación, el miedo al rechazo o la necesidad constante de aprobación, la acción suele ir acompañada de un desgaste latente y silencioso. Es como si estuviéramos invirtiendo energía emocional en algo que, aunque aparentemente positivo, no termina de dejarnos tranquilos.

En cambio, cuando actuamos desde la coherencia con nuestros valores, aparece algo distinto: una sensación de calma. No necesitamos que nadie valide lo que hemos hecho. No sentimos que tengamos que demostrar nada. Simplemente sabemos que la semilla se ha plantado en un buen lugar.

No todas las buenas acciones nacen del mismo lugar. Y ese lugar es el que con el tiempo determinará si vivirás en paz con lo que hiciste.

Pregúntate si estás en paz con las decisiones que has tomado (independientemente de que hayan sido buenas o acertadas para el otro), porque desde donde las has tomado has reflexionado y valorado que era la mejor opción.

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