Salud

Las superbacterias sí quieren antibióticos a discreción

  • La proliferación de microorganismos resistentes es un problema para la salud mundial pero puede contenerse con una adecuada prescripción de antimicrobianos

Una farmacéutica muestra varias presentaciones de antibióticos en una farmacia. Una farmacéutica muestra varias presentaciones de antibióticos en una farmacia.

Una farmacéutica muestra varias presentaciones de antibióticos en una farmacia. / Carlos Gil

Cuenta el doctor José Miguel Cisneros que en la década de los ochenta la medicina creyó haber entrado en un nuevo tiempo. Hubo un auge antibiótico. La industria farmacéutica no había reparado aún en el mercado de la enfermedad crónica, duradero y suculento, y tenía gran empeño en las infecciosas: los antimicrobianos de última generación eran infalibles, iban como un tiro.
Hubo revistas de prestigio que proclamaron el fin de la era bacteriana. "Treinta años después estamos pidiendo que por favor pare esto", dice Cisneros, jefe de la Unidad Clínica de Enfermedades Infecciosas del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla.
Las bacterias son seres vivos que, como los demás, tienen el desafío de la supervivencia en un entorno de recursos finitos. Y, visto lo visto, no lo hacen mal. Fueron las primeras habitantes del planeta, han sido testigos de la aparición y extinción de miles de especies y serán las últimas terrícolas con residencia en el globo. En la batalla natural por sobrevivir, las bacterias son mariscales de campo. Frente a ellas poco puede hacer la especie humana, por mucho cerebro, tecnologías y antibióticos de los que presuma.
Han tenido miles de millones de años de evolución para dotarse de un sencillo pero eficaz arsenal de defensas con el que perpetuarse, sea el obstáculo que sea. Sean los ataques con antibióticos, un medio frente al que también han demostrado adaptación ambiental. Son las superbacterias, ese tipo particular que ha adquirido el poder de resistir frente a las sustancias que la ciencia les pone como antagonistas en el camino. Una lección de humildad para el homo sapiens.
A los investigadores les está sorprendiendo la rapidez adaptativa de la bacteria al antibiótico. El revés terapéutico es de proporciones inquietantes. Y no es ya sólo que el retroceso signifique volver a ser vulnerables a la tuberculosis, la salmonelosis o la gonorrea, sino que se haría difícil acometer quirurgias mayores, trasplantes o quimioterapia. En 2050, si nada cambiar, se habla hasta de un millón de muertos por la acción de un microbio.

Un estudio en 214 centros de salud andaluces

Cisneros y su equipo, sin embargo, traen un mensaje que si no llega al grado de esperanzador cabe definirse de "positivo". Con la contribución de 1.387 profesionales sanitarios de las provincias de Sevilla y Huelva, acaban de publicar un artículo en The Lancet que ha despertado el interés de la comunidad científica.
Resumidamente, la investigación viene a corroborar que la formación y la supervisión en la prescripción procuran un consumo más adecuado de antibióticos y, sobre todo, que tal adecuación ayudar a controlar el incremento de la población de superbacterias.
"Si aumentamos la concentración de antibiótico en un territorio, aumenta la resistencia [de la bacteria] por un simple hecho biológico; lo que no estaba tan claro es que, si la bajamos, la resistencia también baja", sintetiza Cisneros, explicando los resultados del análisis de los datos obtenidos entre 2014 y 2017.
Un dato que se repite en la bibliografía es que la mitad de los antibióticos se prescriben inadecuadamente. Otra estadística habla de que entre el 80 y el 90% de las recetas de antibióticos son visadas en Atención Primaria. Allí, a los 214 centros de salud que han trabajado en el proyecto, es adonde ha derivado una estructura de redes y nodos de formación coordinada por Cisneros y su equipo, que justifican con datos la política dirigida a racionalizar el uso de los fármacos.

Menos E. coli resistente 

Al mismo tiempo que el consumo impropio de antibióticos, según el estudio, se reducía del 36,5% al 26,9%, la proporción de Escherichia coli resistente bajaba del 7,1% al 5,5%. "Es evidente que hay una relación temporal", dice Cisneros, que reflexiona de causalidades "no bien conocidas".
Que la superbacteria de E. coli, responsable de la mayoría de infecciones de orina, haya sido detectada en un 5,5% de las veces en los centros de salud andaluces en 2017 contrasta con otro dato, de 2001, que lucía un 1,6% de resistencia en España frente a las cefalosporinas de última generación, tan flamantes y letales al principio, que iban a dar la puntilla al fin de la historia en la medicina. Las bacterias se han revelado como un modelo de éxito de vida en la Tierra, veloces en la adaptación y crecidas (y creciendo) ante la adversidad.
La disminución de la adversidad, en este caso de los antibióticos, resulta el camino más llano para contener las superpoblaciones de superbacterias. Aunque el origen del problema, añade Cisneros, sea el mal uso del medicamento. El médico,  "principalmente el médico", tiene la responsabilidad. También el paciente contrariado si el médico no le receta un antibiótico. Y la Administración. Y los medios. "Las bacterias resistentes provocan más muertes que la carretera", avisa.

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