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Maratón de Atenas'18, la auténtica

Maratón de Atenas'18, la auténtica Maratón de Atenas'18, la auténtica

Maratón de Atenas'18, la auténtica

Aorillas de un pequeño pueblo costero del noreste de Grecia, en el año 490 a. C. se libró una de las batallas que cambió la historia. Los atenienses al mando del general Milcíades derrotaron al poderoso ejército persa tras cuatro días y cuatro noches de encarnizado combate. Un mensajero fue enviado a toda prisa a Atenas para anunciar la victoria ya que el resto del ejército persa partió en sus naves de guerra sabedor de que el grueso del ejército griego permanecía en Maratón y Atenas estaría desprotegida. Recorrió los apenas 40 kilómetros que separa Maratón de Atenas y al llegar gritó: "Nike, nike, nike" (Victoria) y cayó desfallecido muriendo de agotamiento, pero dio tiempo a que la ciudad se preparara para la batalla que no llegó a producirse. Esa hazaña es la que se conmemora cada vez que se organiza una carrera de esta distancia.

Maratón que en griego significa "campo de hinojos" es el lugar donde empezó todo, por eso hemos venido a correr la distancia del primer maratoniano, ya sea Filípides, Tersipo u otro hemeródromo; los historiadores no se ponen de acuerdo. Hemos venido mi amigo y compañero Homid Fahandezh y nuestras familias a conocer Grecia y de paso acometer mi decimocuarta maratón y la segunda de mi amigo.

Maratón es un pequeño pueblo como cualquiera de la costa helénica pero que tiene algo, historia. Una vez que bajas de los autobuses de la organización que nos trasladan desde Atenas a Maratón, el ambiente es, diría que mágico. El pequeño pueblo de apenas 5 mil habitantes se sitúa frente al mar Egeo en una amplia llanura circundada por montañas no muy altas. Los persas doblaban en número a los atenienses por lo que estos últimos, conocedores de la orografía, se situaron en dichas montañas disfrutando de la ventaja que da una posición elevada. Tanto he escuchado y hablado del término "maratón" que estar pisando este suelo, en el lugar que da nombre a la prueba atlética más conocida de la historia, es algo sobrecogedor.

Homid y Miguel Ángel de Madrid, Juan Pedro y Joseba de Bilbao y un servidor formamos la expedición. Cada corredor se sitúa en su cajón de salida. Homid y yo al número 4. El ambiente es impresionante. Corredores de todo el mundo buscamos la gloria, imitar a nuestro héroe pero cambiando el desenlace final. De repente se produce un detalle que nunca he visto hasta ahora, se realiza el juramento del corredor. Los 13 mil atletas, mano derecha en alto escuchamos en silencio:

"Juro correr con honestidad, juro disputar la prueba con integridad e intentar cruzar la línea de meta disfrutando de la prueba sabedores y agradecidos por la suerte de poder estar aquí". Un sonoro aplauso de emoción contenida rompe el silencio tras el juramento. Uno se imagina ser un soldado ateniense listo para la batalla.

"Te quiero amigo" -nos decimos Homid y yo mientras nos damos un abrazo que neutralice los nervios que siempre acompañan en la salida de una maratón. "Has hecho el entrenamiento y has cumplido, todo irá bien. Yo estaré a tu lado toda la maratón y llegaremos juntos a Atenas -le susurro. Homid está preocupado por las largas cuestas que dan fama a la carrera, por algo es una prueba heroica. Me he atribuido la responsabilidad de llevarlo hasta Atenas y así será. Hoy jugaremos por el equipo. Pam y salimos.

Los primeros kilómetros trascurren por Maratón y sus alrededores a un ritmo tranquilo conforme se va estirando el pelotón de corredores que circula por las estrechas y sinuosas calles del pueblo. El sol ha hecho su aparición y presentimos que va a ser un día caluroso.

Hasta el kilómetro 10 todo se desarrolla con la normalidad de una carrera. Me giro cada rato escrutando el rostro de Homid, en busca de algún detalle o gesto que implique cansancio, nada.

Ya a partir del kilómetro 15 es cuando la carretera empieza a empinarse ligeramente, no con un desnivel exagerado pero sí constante. Se suda profusamente y veo que Homid comienza a rezagarse. Aflojo mi ritmo y espero que me alcance.

-¿Cómo vas amigo? -le pregunto.

No dice nada pero hace una mueca. Todo el que hace deporte de resistencia conoce perfectamente el significado de algunos gestos y éste no es de los buenos. Aflojamos el ritmo y cuando la pendiente da una tregua, tomamos un gel intentando neutralizar el cansancio. Funciona.

Continuamos subiendo con algún pequeño descanso pero de forma constante. Son subidas largas que hacen daño. Los corredores comienzan a caminar buscando un poco de oxígeno y reducir pulsaciones y Homid comienza a caminar pasada la media maratón.

-Esto es más duro que Madrid -me dice mientras camina con las manos en la nuca y los dientes apretados, cabreado consigo mismo por la situación.

-¡No pasa nada! Caminamos y recuperamos. Respira y mueve los brazos que te ayudarán. Cuando lleguemos al puesto de agua corremos de nuevo -le animo señalando un avituallamiento a unos 300 metros. El recorrido es un "comepiernas" en toda regla.

Hay decenas de corredores que deciden caminar las subidas más fuertes y correr en los llanos o ligeros descensos. Esto es largo y hay que dosificar. El calor y el desnivel hace estragos entre la marabunta multicolor.

Cada paso de subida sobre el asfalto caliente pero firme me viene a la cabeza el esfuerzo de aquel mensajero gateando por aquellas colinas, exhausto tras 4 días combatiendo, sin dormir ni comer o beber, a finales de un caluroso mes de septiembre, pero con la determinación del que tiene una tarea que cumplir, aunque tenga que pagar el precio más alto, su propia vida.

Pasado el kilómetro 32 todo cambia. La carretera en lugar de apuntar al cielo, pica hacia abajo.

-Ya la tenemos Homid ¡Piensa en lo orgulloso que estará tu padre cuando le enseñes la medalla! -le grito dándole palmadas de ánimo sabedor que los 10 kilómetros restantes son cuesta abajo. Aceleramos el ritmo ostensiblemente animados por la gente. Ambiente ensordecedor y el grito de ánimo griego es "¡Bravo Antonio, bravo Homid!"

Entramos en Atenas y las amplias avenidas están plagadas de fervientes animadores que gritan a los corredores. Vamos completamente hipnotizados por el ambiente y ya no duelen las piernas, ya buscamos llegar, la medalla, nuestra gloria particular.

Llegamos a la calle Zappeion Megaron, torcemos a la izquierda y ahí está, el impresionante estadio Panatenaico, el estadio de toda Atenas, el más grande del mundo hecho de mármol y que es utilizado para ocasiones especiales como la llegada de la llama olímpica a Atenas. Fue testigo en 1896 de la primera victoria en la maratón de los Juegos Olímpicos de la era moderna del repartidor de agua griego Spiros Louis. Contemplamos extasiados las gradas abarrotadas mientras corremos sobre la pista de atletismo de color negro azabache. Ahí es cuando nos damos cuenta de que el sufrimiento y el esfuerzo se pagan solos. Desplegamos la bandera de España que enrollada en el portadorsal ha sido testigo mudo de toda la carrera y cruzamos la meta abrazados. El desgaste ha sido tremendo pero ya somos auténticos maratonianos.

Atenas es la maratón auténtica, es donde comenzó todo, donde se forjó una leyenda hace 2500 años que perdura hasta nuestros días. Es donde todo maratoniano que se precie debe medir sus fuerzas con la historia.

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