Enfermar en el espacio

La consulta del especialista

A comienzos de 2026 por primera vez en su historia, una tripulación tuvo que regresar de la Estación Espacial Internacional antes de lo previsto por un problema de salud

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Varios astronautas estadounidenses y rusos uniformados con su traje durante una demostración.
Varios astronautas estadounidenses y rusos uniformados con su traje durante una demostración. / Pavel Mikheyev (EFE)
Doctor Ríos

17 de enero 2026 - 11:10

Durante años, la Estación Espacial Internacional ha sido presentada como una hazaña tecnológica impecable: un laboratorio flotando a 400 kilómetros de la Tierra, habitado de forma continua desde el año 2000. Allí arriba todo parece medido, calculado y controlado. Sin embargo, a comienzos de 2026 ocurrió algo que rompió esa imagen de perfección: por primera vez en su historia, una tripulación tuvo que regresar antes de lo previsto por un problema de salud.

No hubo explosiones, incendios ni fallos catastróficos. El motivo fue mucho más humano y, quizá por eso, más inquietante: un astronauta enfermó y los medios médicos disponibles en órbita no fueron suficientes para aclarar qué estaba ocurriendo. La decisión fue clara y prudente: volver a casa. El episodio pasó casi en silencio, sin grandes detalles clínicos. Pero plantea una pregunta fundamental: ¿qué le sucede realmente al cuerpo humano cuando vive durante meses en el espacio?

Vivir sin gravedad no es vivir sin consecuencias

La microgravedad es una experiencia fascinante, pero para el organismo supone un desafío constante. El cuerpo humano está diseñado para vivir bajo la atracción permanente de la gravedad terrestre. Cuando esta desaparece, los sistemas fisiológicos empiezan a adaptarse… y a pagar un precio.

Los líquidos corporales ascienden hacia la cabeza, provocando esa imagen tan conocida del astronauta con el rostro hinchado. Los músculos dejan de trabajar contra el peso del cuerpo y comienzan a atrofiarse. Los huesos, privados de carga, pierden densidad a una velocidad que recuerda a una osteoporosis acelerada. Nada de esto ocurre de forma dramática, pero todo ocurre de forma persistente.

Durante años, la medicina espacial ha aprendido a convivir con estos cambios. Los astronautas se entrenan durante horas cada día, siguen dietas estrictas y son monitorizados de manera constante desde la Tierra. Y, aun así, los problemas médicos existen.

Desde que la Estación Espacial Internacional (EEI) comenzó a operar de forma permanente, ha habido enfermedades en órbita. Resfriados, infecciones leves, trastornos digestivos, dolores musculares, problemas de sueño. También episodios más llamativos, como alteraciones visuales progresivas en astronautas tras misiones prolongadas, un fenómeno que los médicos tardaron años en comprender.

Un grupo de astronautas durante la ceremonia de despedia antes de afrontar una misión espacial.
Un grupo de astronautas durante la ceremonia de despedia antes de afrontar una misión espacial. / Andrés Martínez Casares (EFE)

Uno de los hallazgos más relevantes fue el llamado síndrome neuro-ocular asociado al vuelo espacial. En microgravedad, el desplazamiento de líquidos hacia la cabeza puede afectar al nervio óptico y modificar la forma del ojo, provocando cambios en la visión. No es una urgencia vital, pero sí una señal clara de que el cerebro y los ojos no están completamente a salvo en el espacio.

En 2019 se produjo el antecedente más serio hasta la fecha: un astronauta desarrolló una trombosis venosa yugular durante su estancia en la estación. El diagnóstico fue inquietante, pero el tratamiento se realizó en órbita, con anticoagulación y seguimiento estrecho. El astronauta completó su misión y regresó a la Tierra según lo previsto. Ese episodio marcó un antes y un después en los protocolos médicos, pero confirmó una idea que parecía sólida: todo podía manejarse sin evacuaciones. Hasta ahora.

El límite de la medicina en el espacio

La Estación Espacial Internacional no es un hospital. Dispone de medicación, ecografía básica y protocolos muy precisos, pero carece de pruebas de imagen avanzadas, laboratorios completos o especialistas presenciales. Cuando aparece una enfermedad que no encaja en los escenarios previstos, el margen de maniobra se reduce rápidamente.

Eso es, probablemente, lo que ocurrió en este caso. No se ha hablado de una emergencia vital inmediata, sino de una incertidumbre clínica. Y en medicina, especialmente en un entorno extremo, la incertidumbre es un riesgo inaceptable.

La solución fue la más lógica: regresar a la Tierra, donde el diagnóstico puede completarse y el tratamiento ajustarse con seguridad. La cápsula de retorno, diseñada para llevar a toda la tripulación, obligó a que todos los astronautas regresaran juntos, adelantando el final de la misión. Este episodio recuerda algo que a veces se olvida cuando se habla de exploración espacial: el cuerpo humano es la verdadera frontera. No los cohetes, ni los paneles solares, ni los sistemas de navegación. La biología.

En el espacio, el sistema inmunitario cambia, el sueño se fragmenta, el ritmo circadiano se altera y la radiación cósmica impacta sobre las células. La mayoría de estos efectos son reversibles al volver a la Tierra, pero no todos se comprenden por completo. Cada misión es, en cierto modo, un experimento médico a gran escala.

La EEI ha sido un laboratorio extraordinario para estudiar estos límites. Gracias a ella sabemos que el cuerpo puede adaptarse, pero también que la adaptación tiene un coste. La importancia de esta primera evacuación médica va más allá del episodio concreto. Las futuras misiones espaciales —a la Luna, a Marte— implicarán estancias mucho más largas y, sobre todo, sin posibilidad de regreso rápido.

En un viaje a Marte, una evacuación como esta no sería viable. Por eso, la medicina espacial tendrá que evolucionar: más autonomía médica, mejores sistemas diagnósticos, inteligencia artificial aplicada a la toma de decisiones clínicas y astronautas con formación sanitaria más avanzada. La lección es clara: no basta con llegar lejos. Hay que llegar sanos.

Durante décadas, especialmente en los programas Mercury, Gemini, Apollo y los primeros años del transbordador espacial, se exigía que los astronautas candidatos se sometieran a una apendicectomía profiláctica, es decir, la extirpación del apéndice aunque estuviera sano.

En la actualidad, ni la NASA ni las principales agencias espaciales exigen apendicectomía profiláctica rutinaria a todos los astronautas. El enfoque moderno es de gestión del riesgo, no de eliminación quirúrgica preventiva indiscriminada.

¿Qué se hace ahora?

  • Evaluación médica exhaustiva
  • Historia clínica muy detallada
  • Estudios de imagen si hay dudas
  • Exclusión de candidatos con antecedentes abdominales sugestivos
  • Seguimiento estrecho durante la misión

En caso de sospecha de apendicitis en órbita, el manejo sería conservador inicial (antibióticos, observación) y, si la misión lo permite, retorno anticipado.

¿Por qué cambió el criterio?

  1. Mejor selección de astronautas: Son adultos sanos, sin antecedentes relevantes y con bajo riesgo basal. 
  2. Evacuación posible desde la EEI: A diferencia de Apollo o Mir, hoy existe la opción de retorno relativamente rápido.
  3. Cambio en la medicina terrestre: Incluso en la Tierra, la apendicitis no complicada se trata cada vez más con antibióticos.
  4. Ética médica moderna: Operar preventivamente a personas sanas sin indicación clara es cada vez menos aceptable.

Otras cirugías “preventivas” que sí se han considerado

Además de la apendicectomía, históricamente se valoraron:

  • Amigdalectomía
  • Extracción de muelas del juicio
  • Reparación de hernias pequeñas

Hoy, como con el apéndice, no son obligatorias de rutina, pero se evalúan caso a caso. Tengo mucha curiosidad por saber cuál ha sido el problema médico que ha dado al traste con esta misión antes de tiempo. Ojalá se sepa, algún día.

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