La importancia de las pequeñas cosas

La consulta del especialista

Vivimos esperando momentos grandes, sin darnos cuenta de que los días importantes rara vez avisan

El día que el músculo casi vence al talento

Un camarero prepara un café para servir a un cliente en una cafetería.
Un camarero prepara un café para servir a un cliente en una cafetería. / Mohamed Messara (EFE)
Doctor Ríos

07 de febrero 2026 - 09:56

Nadie nos enseña a mirar. Nos enseñan a avanzar, a mejorar, a no perder el tiempo. A aspirar a algo más grande que lo que tenemos delante. A pensar que la vida de verdad empieza un poco más adelante, cuando todo encaje, cuando lleguemos, cuando seamos. Y mientras tanto, la vida pasa, en voz baja. Pasa en una mesa compartida. En una tarde cualquiera. En una conversación sin importancia. En una risa que no estaba prevista. En una canción de la radio.

Pero como no hace ruido, casi nunca la escuchamos. Vivimos esperando momentos grandes, sin darnos cuenta de que los días importantes rara vez avisan. No vienen subrayados. No traen música épica. A menudo se parecen demasiado a cualquier otro día como para reconocerlos a tiempo. Por eso, cuando ya han pasado, duele un poco pensar: ahí estaba la vida… y no la vi.

Hace poco y gracias a la recomendación de mi hija Paloma, vi una película tan sencilla como profunda, Soul, y puso palabras —y silencio— a algo que muchos intuíamos. No habló de éxitos ni de destinos extraordinarios. Habló de lo que ocurre entre medias. De lo pequeño. De lo aparentemente insignificante. De eso que, sin darnos cuenta, sostiene todo lo demás.

Lo que no se celebra

No celebramos los días normales. No hacemos fotos de las tardes tranquilas. No brindamos por llegar a casa sin prisa. Sin embargo, ahí se construye casi todo. En lo cotidiano que se repite. En las personas que siempre están. En los gestos que no llaman la atención porque ya forman parte de nosotros.

Nos acostumbramos a lo bueno con una facilidad inquietante. Damos por hecho lo que debería ser cuidado. Y solo cuando cambia, cuando se pierde o cuando duele, entendemos su valor real. Entonces aparece esa frase tan humana como amarga: “no sabía lo importante que era”. Y no es mentira. No lo sabíamos, porque no lo mirábamos. Hay una forma silenciosa de tristeza que consiste en vivir aplazando la vida.

Cuando tenga más tiempo. Cuando esté mejor. Cuando pase esta etapa. Como si la vida fuese algo que empieza después de resolverlo todo. Pero la vida no espera. No se detiene hasta que estemos preparados. Ocurre ahora, con lo que hay, con lo que somos, con lo que no está resuelto. Y ocurre, casi siempre, en cosas pequeñas. En el olor del café por la mañana. En una llamada inesperada. En el sonido de una canción conocida. En una caminata sin destino. En la sensación del agua del mar en los pies.

Eso no parece importante… hasta que un día falta. Cuando todo se tambalea, no nos salvamos pensando en grandes logros. Nos salvamos agarrándonos a algo sencillo. Algo que nos devuelva al presente. Algo que nos recuerde que seguimos aquí. Una voz. Una costumbre. Una presencia. Las pequeñas cosas no solucionan la vida, pero la anclan. Nos devuelven al cuerpo, al momento, a lo real. Por eso son tan poderosas. Porque no exigen nada. No piden ser productivas. No compiten con nadie. Simplemente están.

Y estar, en un mundo que empuja constantemente hacia adelante, es un acto casi revolucionario. Se habla mucho de vivir el presente, pero poco de lo difícil que resulta. Estar de verdad implica frenar. Mirar. Escuchar. Sentir sin huir. Y eso cuesta. Cuesta porque hemos aprendido a medirnos por lo que conseguimos, no por lo que vivimos. Porque nos han convencido de que detenerse es perder el tiempo, cuando muchas veces es la única forma de encontrarlo. Las pequeñas cosas solo se revelan cuando bajamos el ritmo. Cuando dejamos de buscar algo más grande. Cuando aceptamos que no todo tiene que ser extraordinario para ser valioso.

Aspecto del Paseo Marítimo de Almería durante una tarde de verano.
Aspecto del Paseo Marítimo de Almería durante una tarde de verano. / Rafa González

Otra forma de medir la vida

Tal vez habría que empezar a medir la vida de otra manera. No solo por los momentos que se cuentan. No solo por lo que se consigue. No solo por lo que se muestra. Quizá habría que medirla por los días habitables. Por esos días en los que no pasó nada memorable, pero tampoco dolió. Días en los que se respiró tranquilo. Días que no hicieron historia, pero sostuvieron la vida. Porque no todos los días tienen que ser brillantes. Algunos solo tienen que ser vivibles. Y eso ya es mucho.

Hay un momento —llega sin avisar— en el que uno entiende que no todo se puede guardar para después. Que hay instantes que, si no se viven cuando pasan, no vuelven. No es una idea triste. Es una llamada suave. Una invitación a cuidar. A cuidar las conversaciones sin prisa. A cuidar a quienes están. A cuidarse a uno mismo sin esperar a tener permiso. Porque nadie sabe cuántas veces más hará lo que hoy da por hecho. Y no se trata de vivir con miedo, sino con atención.

Quizá la verdadera madurez no consista en alcanzar grandes cosas, sino en no perder la capacidad de disfrutar las pequeñas. En seguir emocionándose con lo sencillo. En no dejar que el ruido tape lo esencial. Las pequeñas cosas no hacen ruido. No se imponen. No reclaman protagonismo. Pero cuando faltan, su ausencia pesa. Y quizá ahí esté la clave. No en saberlo todo. No en tener un plan perfecto. No en anticipar cada paso.

En Soul, el protagonista llega a una conclusión desarmante por su sencillez. No sabe qué va a hacer con su vida. No tiene una respuesta brillante. No ha resuelto el gran misterio. Pero hay algo que sí sabe: va a vivir cada minuto de ella. No a sobrevivirla. No a atravesarla con prisa. A vivirla. Y eso lo cambia todo. Porque vivir cada minuto no significa hacer cosas extraordinarias, sino estar de verdad en las ordinarias. Estar cuando alguien habla. Estar cuando se camina. Estar cuando no pasa nada. Estar incluso cuando duele. Quizá hemos exagerado la importancia de saber adónde vamos y hemos olvidado algo mucho más urgente: cómo estamos mientras vamos.

La vida no suele pedir grandes respuestas. Pide atención. Presencia. Cuidado. Pide que no despreciemos lo que hoy parece pequeño, porque mañana puede ser lo que más echemos de menos. Tal vez no sepamos qué haremos con nuestra vida. Y está bien. Lo verdaderamente importante es no dejarla pasar distraídos. Mirar. Escuchar. Quedarse un poco más. Porque al final, cuando todo se reduzca a lo esencial, no recordaremos los días en los que llegamos lejos, sino aquellos en los que estuvimos. Y eso —vivir cada minuto— no es poca cosa. Es todo.

stats