Las Claves

PP y Vox, las diferencias se agravan

Priman las exigencias de Abascal de imponer su criterio a Feijóo y mientras en la Moncloa aplauden felices

Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal se saludan en el congreso en una imagen de archivo. / Juan Carlos Hidalgo / Efe

Cuando más urge un pacto entre PP y Vox para deshacerse de la izquierda, más se agravan las diferencias. Cuantas más frecuentes son las noticias que insisten en el nivel de corrupción que afecta a dirigentes de Vox, mayor es la distancia que lo separa al PP. Cuantas más votaciones pierde el Gobierno en el Congreso, lo que impide que pueda sacar adelante su proyecto político, más se agranda la virulencia de las declaraciones de miembros de los dos partidos.

Pedro Sánchez, que mueve hilos para presentar a Vox como un partido subsidiario del PP y también irrita a los populares cuando desde el Gobierno se acusa a Feijóo de hacer suyas las políticas más ultras de Vox, debe estar frotándose las manos por el éxito de su estrategia. En estos días electorales, con negociaciones en Extremadura y Aragón para intentar formar ejecutivos de coalición, y con las urnas a la vista el 15 de marzo en Castilla y León, el PSOE sonríe satisfecho ante el espectáculo que presentan los dos partidos de centro y derecha, mientras en la izquierda y ultraizquierda, tras el anuncio de Yolanda Díaz de que no se presentará candidata a presidir o coordinar al nuevo Sumar, se ve posible un acuerdo futuro de una veintena de partidos. Maniobra que, de concretarse, allana el camino a Sánchez para cumplir su sueño de mantenerse en La Moncloa.

No es posible acordar nada entre dos si uno no quiere. En este caso ninguno quiere, es más lo que los separa que lo que los une, pero la necesidad obliga a uno y a otro a llegar a un punto medio que les permita firmar pactos y finalizar la etapa Sánchez. Son mayoría, la suma de votantes de PP y Vox es muy superior a la de los partidos de izquierda. El problema es que no sólo no acaban de ponerse de acuerdo sino que han iniciado una etapa de descalificaciones políticas y personales que no auguran nada bueno. Y, en honor a la verdad, hay que apuntar que mientras el PP hace esfuerzo para llegar a acuerdos, al punto de que desde Vox se los acusa de “copiar” sus propuestas, en Vox no se ve voluntad.

Difíciles negociaciones

La prueba es que cuando Feijóo hace público unos puntos para negociar un posible proyecto de Gobierno conjunto, Abascal responde con exabruptos. Poco menos que lo acusa de imposición, cuando el líder del PP no ha hecho más que lo habitual cuando se van a emprender unas negociaciones: cada parte presenta sus objetivos y comienzan a analizarlos conjuntamente.

No ayuda para apaciguar el clima los personalismos, y ahí se lleva la palma María Guardiola. Ya cuando ganó las primeras elecciones aseguró que jamás gobernaría con Vox, y lo dijo en un tono despectivo e hiriente. Acabó pactando, pero su imagen quedó deteriorada. A mitad de mandato Vox rompió la baraja en todas las regiones y puso punto final a sus coaliciones con el PP, aunque en circunstancias muy distintas.

En Extremadura, el duelo es a muerte. Tanto, que cuando faltan horas para la investidura, Vox no tiene la menor intención de votar a favor de Guardiola, que en la primera votación necesita mayoría absoluta para ser reelegida. Mucho tendrían que cambiar las cosas para ganar esa primera votación, aunque tiene otra oportunidad cuando se celebre la segunda, que sólo exige mayoría simple. Si Vox se abstiene –pondría condiciones, por supuesto–, Guardiola revalidaría su mandato, pero necesitaría esa abstención pues en caso contrario sería presidente el candidato del PSOE.

Vox pagaría las consecuencias, pero a estas alturas, vistas su virulencia contra el PP, más incisiva aún en Extremadura, no se puede descartar que Vox opte por dar el Ejecutivo extremeño a Sánchez, y ya encontraría las explicaciones necesarias para convencer a sus votantes que lo hace por el bien de los españoles. No es fácil pero cosas más disparatadas se han visto en la política reciente.

La ruptura de los gobiernos de coalición en Castilla y León, Aragón y Murcia fue menos traumática, lo que permite que Azcón haya emprendido negociaciones “civilizadas” con la dirección regional de Vox y es factible que se llegue a un acuerdo antes del límite. En Castilla y León no se sabrá la correlación de fuerzas hasta después del día 15, y sólo entonces, con los escaños de uno y otro partido, más los de los partidos regionales –que en Castilla y León son relevantes– se sabrá qué combinaciones posibilitan un nuevo Ejecutivo. Mañueco gobernó con Gallardo, de Vox, como vicepresidente sin cartera, pues no quiso competencias, y la coalición mal que bien funcionó, hasta que desde Bambú, sede nacional de Vox, se decidió romper las coaliciones. No gustó a todos los candidatos y dirigentes regionales de Vox, y si el partido de Abascal sufre hoy una crisis profunda es entre otras razones porque son multitud los dirigentes regionales que no están de acuerdo con verse ninguneados por la dirección nacional.

Juanma Moreno recobra peso

En el PP las cosas no van tan bien como quería Feijóo, pero cuenta al menos con un partido unido, aunque no todo el mundo está de acuerdo con la actitud de Guardiola y cómo está enfocando Feijóo la situación. Preocupa que los sondeos recogen ya que el partido pierde fuerza aunque sigue muy por encima del PSOE y la suma con Vox es muy superior a la de toda la izquierda. Pero hay sensación de que se ha tocado techo, y que en la batalla contra la izquierda quien sale ganando votos es Vox.

Un partido que basa su estrategia en hacer oposición más al PP que a Sánchez. La mantiene porque desde que ha puesto su punto de mira contra Feijóo incrementa su número de votos. El líder popular ha tomado la iniciativa en las últimas semanas. Mantiene su posición de dar autonomía a los barones, pero sigue muy de cerca esas decisiones y el diálogo con Azcon, Mañueco y Guardiola es constante. En Génova se sienten reconfortados porque Juanma Moreno, que había perdido apoyos con la crisis de los cribados de cáncer de mama, en el que hubo mucho de maniobra política, ha ganado peso tras su actuación durante y tras la tragedia de Adamuz y la catástrofe climática. Pero saben en Génova que no pueden bajar la guardia y se juegan todo en los próximos meses. No pueden cometer un solo error.

En Vox, la crisis interna sorprende a todo el mundo. A una de las personas más cercana de Abascal, Javier Ortega Smith, fundador del partido y ex secretario general, se le apartó de la portavocía en la Asamblea de Madrid y se negó a dejar sus funciones. Cuenta con el apoyo mayoritario del grupo parlamentario y se ha pertrechado en la Cámara regional. Una crisis parecida se vive en Murcia, donde Bambú quiere deshacerse del líder. También se resiste, pero su propia dirección regional le ha retirado el apoyo. El ex vicepresidente de Castilla y León, Gallardo, ha abandonado el partido y el goteo es constante en diferentes regiones. A ello se suma, y se recuerda ahora cada día, que dos de las personas con más prestigio de la formación, y que tenían el respaldo mayoritario de la militancia, Iván Espinosa de los Monteros y Macarena Olona, abandonaron Vox nada más celebrase las elecciones de 2023. El ambiente es de preocupación. Abascal es el líder indiscutible, pero ha empezado a calar la idea que distintos medios llevan años recogiendo: preside, pero no manda. Son otros los que toman las decisiones.

La derecha, el centroderecha, sobre el papel está en condiciones de ganar las elecciones regionales, municipales y generales. Pero PP y Vox no se ponen de acuerdo, priman los personalismos, las rivalidades, y las exigencias del segundo, Vox , de imponer su criterio como si fuera el que aporta más votos. En La Moncloa aplauden. Empiezan a pensar que hay posibilidad de que Sánchez siga gobernando.

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