'400 gallinas' baja la persiana en Almería tras casi 30 años: "Hay que parar un poco la máquina"
Ricardo Sagüés, su propietario, se jubila y consigo se lleva media vida de viajes y dedicación a su clientela. Este local, que en su origen fue una cochera, echa el cierre entre la nostalgia y la convicción
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Cuando uno camina por la calle Altamira tiene la sensación de estar haciéndolo por un puente. Esta vía vertebra barrios y los une con el centro de Almería. Recorrer sus rincones supone toparse con sus vecinos, con viandantes y con negocios. Unos que están y otros que estuvieron, pero la vida en esta arteria nunca se detuvo. Y ahí, en el número 1 de esta calle (casi como liderando un podio) emerge una tienda que ha echado raíces desde 1997. El cartel que corona su entrada, letras blancas sobre fondo negro, es tan recio como llamativo el nombre que recibe al cliente: '400 gallinas', una tienda alzada sobre un local que otrora fue cochera y que suma cerca de 30 años vendiendo complementos, ropa y accesorios con un estilo inconfundible. Pendientes, colgantes, bolsos y toda una suerte de productos que no entienden de modas ni de corrientes se mezclan con un olor a incienso que atrapa desde el umbral de la entrada.
Esta tienda ha soportado un cambio de siglo, de moneda, una pandemia y la era digital. Le pasó la vida por encima y ella siguió en pie. Pero los años son implacables para todos. Incluso para Ricardo Sagüés. Él es su propietario y, tras una vida laboral de esfuerzo ímprobo, está a las puertas de una merecida jubilación que trae consigo el irremediable cierre para siempre de '400 gallinas'. Este 27 de febrero, este negocio baja su persiana para no volverla a subir. Es al menos la idea inicial de este argentino con raíces almerienses. "Ya me toca descansar", esgrime a medio camino entre la nostalgia y el convencimiento.
A Ricardo se le entrecorta la voz al hablar de su tienda y se emociona hasta el punto de perder el hilo cuando echa la vista atrás y recuerda cómo fueron sus inicios. Menciona a su hermano Horacio, clave en el origen de '400 gallinas' y con el que conformó un tándem inquebrantable. "Él ponía la parte más empresarial y yo, la más hippie", cuenta. Esa parte hippie que Ricardo forjaría a lo largo de los años en los que recorrió rastros de ciudades como Madrid o el estado brasileño de Bahía vendiendo piezas de artesanía. Fue esa la génesis de '400 gallinas', que desembarcó en Almería en la céntrica calle Castelar antes de mudarse al lugar en el que ha permanecido desde finales del pasado siglo.
Pero, ¿y el nombre? "Bueno, es algo que nunca he contado", esgrime Ricardo justo antes de revelar el secreto: "Un día en Brasil, mientras esperaba sentado para cruzar un río, escuché una canción llamada Cesta de ovos (Cesta de huevos) del grupo oriundo Gera Samba. Hablaba de una granja que tenía no sé cuántos patos, y en un momento decía '700 gallinas'. Me resultó muy fuerte ese sonido de 700 gallinas. Dije 'si un día tuviera un grupo de música le pondría 700 gallinas'. Después pensé que 400 me parecía un número más redondo. Y cuando lo puse en la tienda me acordé de aquella canción, un poco surrealista y sacado de contexto, pero al fin y al cabo sacar las cosas de contexto es una práctica surrealista".
'400 gallinas' ha estado presente en las primeras veces de muchos jóvenes. Bandera de una rebeldía inabarcable, ha surtido de sus primeros piercings a decenas de almerienses. "Hay colegios cerca y en los recreos venían y vienen, sobre todo las niñas, a comprar cosas", afirma Sagüés. Y lo hacen quizá atraídos por esa cartera de productos tan genuina, fruto de unos fieles proveedores pero también del alma viajera de Ricardo. "Siempre me ha gustado traer cosas de fuera, de Indonesia, de India, de Tailandia, de Nepal... Eso me permitió que esto creciera bastante", concreta. No en vano, hubo una etapa en la que estuvieron abiertas hasta siete tiendas, repartidas entre Almería, Granada, El Ejido y un almacén mayorista en Málaga. De ese pequeño abanico empresarial perviven tan solo la de calle Altamira que ahora echa el cierre y otra en la calle Puentezuelas de Granada. Esta última va a seguir abierta. "Ya le expliqué al chico cómo funciona todo y cuáles son los proveedores", narra Ricardo.
El peso de la despedida
Los sentimientos se entrecruzan en el corazón de este almeriense de adopción. "Tengo un sabor agridulce, por un lado me da mucha pena dejar esto porque me gusta atender a la gente, cuando viajo siempre estoy buscando productos y cosas que pueda traer a la tienda, pero por otro lado hay que parar un poquito la máquina, hay que poner un límite", cuenta antes de quebrarse y dar rienda suelta a las lágrimas. "Está bien, es lo que tengo que hacer; descansar", asume.
A Ricardo le espera ahora una vuelta a sus orígenes. Tiene previsto regresar a Albánchez, lugar del que su madre es oriunda, y afincar su residencia en el Valle del Almanzora con el que tantos vínculos le unen. No dejará sin embargo de moverse guiado por las inquietudes que le han traído hasta aquí. "Quiero seguir viajando y leyendo", sostiene, mientras en el hilo musical que envuelve la tienda comienza a adivinarse una canción. Suena Like a rolling stone de Bob Dylan y Ricardo sube el volumen. ¿Cómo se siente, cómo se siente? / Estar solo, sin dirección a casa / Un completo desconocido, como una piedra rodante. La emoción termina por apoderarse de él y de las dos empleadas que con gesto cómplice le acompañan. '400 gallinas' cierra sus puertas, para siempre y para que Ricardo disfrute de una jubilación más que merecida. Deja un legado irredento que permanecerá entre los almerienses que se vistieron o adornaron sus cuerpos con alguna de sus piezas. "Ya está, ha sido una buena experiencia", concluye Ricardo haciendo valer aquello de que bien está lo que bien acaba.
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