Carpinteros, un oficio de la vieja escuela sin relevo: "Cada vez hay menos carpinteros, fontaneros, soldadores..."
Los hermanos Hernández Papis llevan toda la vida dedicados al negocio que montó su abuelo
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Entrar a una carpintería moderna nada tiene que ver con los recuerdos que uno tiene de las antiguas. Quizás a uno se le viene a la mente la imagen de Geppetto, tallando a Pinocho, cuando habla de carpinteros. Herramientas antiguas, virutas volando por los aires para descansar en el suelo, manos desnudas... Un viejo oficio que ha ido modernizando sus artes y que se encuentra con problemas contemporáneos.
El principal es la falta de mano de obra. La crisis del ladrillo de 2008, por suerte ya olvidada, destrozó todo el conglomerado de la construcción y al sector le ha costado mucho volver a reconstruirse. Además, se ha perdido el gusto por el trabajo de calidad, por los acabados perfectos y por el producto hecho a la medida, y se ha impuesto el mueble prefabricado. “Ahora la gente compra y monta sus muebles, es una corriente que viene del norte de Europa y hemos aceptado”, explica Gumersindo Hernández-Papis quien cree que los problemas del sector viene también por lo poco que se ha fomentado: “Hace ya años que se priorizaron los estudios universitarios, aunque no tuvieran salida, frente a la formación en oficios tradicionales y ahora nos encontramos con estos problemas de que no hay gente que sepa o quiera trabajar en la carpintería, la fontanería o la soldadura”.
Los hermanos Hernández-Papis, Gumersindo y Javier, dueños de la Carpintería Mediterráneo La Cañada, sufren en su taller este problema. Son años sin relevo generacional, sin que llegue un joven carpintero con ganas de aprender el oficio. “Muchos carpinteros se han jubilado y han tenido que cerrar porque nadie sigue al frente. Las nuevas generaciones saben de montaje, pero no de fabricación”, que es la esencia de un oficio que aún usa las manos como principal herramienta.
Javier, que pasó unos años alternando agricultura y carpintería por las vacas flacas post 2008, reconoce que la ambición artesana de su generación no es la actual. “Nosotros teníamos la carpintería de mi padre debajo de mi casa, me he criado entre madera y teníamos ganas de aprender. Yo me iba con los capataces de mi padre, que eran muy buenos, y me enseñaban a trabajar”, explica sobre la manera clásica y la vez entrañable y efectiva, de enseñar un oficio en las últimas décadas del pasado siglo. De hecho, en su corazón siempre estará Felipe Ibáñez Ramón quien fue junto a su padre, su mejor mentor: “Entonces los padres traían a los hijos a la fábrica y le decían a mi padre que les enseñara, así surgieron muchas generaciones de carpinteros que han sido muy reconocidos”.
Como cualquier oficio, la carpintería se ha reciclado. Las medidas de seguridad o las políticas de sostenibilidad también son la base de un oficio que lucha a diario por su superviviencia. “Hemos adaptado toda la maquinaria para que nos la homologuen, la seguridad ha cambiado de forma radical en los últimos años. Igualmente, si te fijas no vas a ver virutas de madera volando ni una nube de serrín en el ambiente, hemos invertido en máquinas aspiradoras para que la atmófera sea lo más sano posible”, y evitar los problemas respiratorios propios de las fábricas cerradas.
Otros aspectos del trabajo, como es la clientela, no cambian. El boca a boca sigue siendo la mejor publicidad posible. “Hacemos todo tipo de trabajos y restauraciones en madera, por lo que nuestros clientes son de todas las edades. Tenemos muchos jóvenes que vienen por recomendación de padres o abuelos”, lo que demuestra que el trabajo hecho no tiene fronteras, como reza el lema que cuelga de una de las paredes su carpintería.
“Para mí es lo más bonito de este trabajo, el trato con el cliente en la vivienda. Dejamos las obras después de 2008, puesto que nos dejaron muchísimo dinero a deber. Ahí te exigían rapidez y a la siguiente obra. Sin embargo, trabajar cara a cara con un cliente te da la opción de explicarle, de conocer los gustos, de mejorar algún aspecto... Esa cercanía te la da un carpintero no un mueble del Ikea”, finalizan los Hernández-Papis que están terminando unas preciosas escaleras de madera para una casa de Aguadulce.
El paso de Nuestra Señora del Rosario, de su carpintería
La cúpula y el recibidor de la CASI Aeropuerto, el recibidor de Vicasol, la escalera y la cúpula de Grupo Saveres, los vestuarios y el bar de campo de golf de Playa Serena en Roquetas de Mar y parte de la restauración de la Casa de las Mariposas, entre otras obras, salieron de la carpintería cañaera.
“Lo más bonito de este trabajo a mano con materia viva y lo que fabricas, perdura”, y puede ser disfrutado visualmente por todos, sea en una cooperativa agroalimentaria, en una instalación deportiva, en un edificio de referencia o en un hogar. Por supuesto, si encima el trabajo forma parte del patrimonio cultural de Almería, la sensación del deber cumplido es mucho mayor. Sobre todo cuando se hace con cariño y devoción, como es el caso del paso de Nuestra Señora del Rosario, patrona del barrio de La Cañada.
Los Hernández-Papis llevan cuatro años haciendo realidad el sueño de la hermandad, que ha diseñado Javier Arcos. Toda la base de madera del trono ha salido de su carpintería, aunque todavía quedan algunos retoques para que esté del todo listo. “Nos trajeron una estructura metálica y con los planos de Javier Arcos, le fuimos dando forma a la madera y acoplándola. Luego, el propio Javier se ha encargado de la talla”, para lucir a la virgen por las calles del barrio.
El pasado 22 de febrero, de hecho, ya se produjo la primera levantá del paso con las nuevas actuaciones. Javier Arcos hizo la llamada de la cuadrilla femenina y Javier Hernández-Papis, en representación también de su hermano Sindo, la de la masculina.
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