Los destinos del mundo

El regreso | Crítica

Impedimenta culmina la publicación de la trilogía ‘Tiempo no perdido’ de Stanislaw Lem con ‘El regreso’, el volumen que anticipa de manera reveladora la inclinación del autor por la ciencia-ficción

Stanislaw Lem: el mundo como es

Stanislaw Lem (Leópolis, 1921 - Cracovia, 2006).
Stanislaw Lem (Leópolis, 1921 - Cracovia, 2006).
Pablo Bujalance

22 de febrero 2026 - 07:01

La Ficha

El regreso (Tiempo no perdido, 3). Stanislaw Lem. Traducción de Abel Murcia y Katarzyna Moloniewciz. Impedimenta. Madrid, 2026. 352 páginas. 24,95 euros.

Tras la lectura de El hospital de la transfiguración y Entre los muertos, escritas respectivamente en 1948 y 1949, correspondía hacerse la legítima pregunta acerca de por qué Stanislaw Lem (Leópolis, 1921 – Cracovia, 2006) había decidido consagrar su escritura a la ciencia-ficción. En estas primeras novelas, el autor recreaba su experiencia en la Segunda Guerra Mundial y en los años inmediatamente posteriores a través de un alter ego, el joven médico Stefan Trzyniecki, quien, como el mismo Lem, sobrevive a un centro psiquiátrico sometido al mando nazi en El hospital de la transfiguración y al campo de exterminio de Belzec en Entre los muertos. Lem compartió su testimonio en estos dos títulos y un tercero, El regreso, escrito en 1950, que completaba la trilogía titulada Tiempo no perdido, cual anti-Proust. El autor emprendió así su carrera literaria tras su forzoso retiro a Cracovia con mal pie: las mismas autoridades comunistas que decretaron su confinamiento en la ciudad polaca prohibieron en 1948 la publicación de El hospital de la transfiguración y la trilogía no vio la luz hasta 1955. Poco más tarde, Lem renunció a seguir imprimiendo Entre los muertos y El regreso al considerarlas, precisamente, demasiado testimoniales. Para entonces, Lem se había consagrado ya como escritor de ciencia-ficción, una decisión que cristalizó en 1950 con Los astronautas y que dejó después obras fundamentales del género como Solaris, La voz del amo, Diarios de las estrellas y Ciberíada, además de textos ensayísticos como los incluidos en la Biblioteca del Siglo XXI. Si la forja de Lem como escritor parecía estar marcada por la tragedia hacia un destino realista, al igual que la práctica totalidad de los escritores polacos de su generación, la pregunta acerca de por qué la ciencia-ficción es, entonces, legítima. Y la clave está en El regreso, la tercera parte de Tiempo no perdido, que acaba de publicar Impedimenta con la traducción de Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz tal y como hizo ya con El hospital de la transfiguración (2008) y Entre los muertos (2024).

La historia no tiene tanto que ver con el desastre sino con la pregunta, siempre incómoda, respecto a qué hacer ahora

En El regreso, Trzyniecki vuelve a Cracovia en 1945, tras haber sobrevivido al Holocausto. La ciudad está devastada, llena de escombros y ceniza. A partir de aquí, Lem cuenta una historia que no tiene tanto que ver con el desastre acontecido sino con la pregunta, siempre incómoda, respecto a qué hacer ahora. Trzyniecki ha contemplado con sus ojos cómo su mundo, el mundo, terminaba. Y lo más difícil resulta ser no superar el trauma, sino encontrar motivos y razones para darle al mundo otra oportunidad. En su camino se cruza una genial creación de Lem, Boguslaw Wieleniecki, un psicólogo del Ministerio que se debate entre la lealtad al partido y la objeción de su conciencia. En una conversación con el profesor Rzepicki, un científico abocado al escepticismo tras la guerra, éste niega la autoridad de la capacidad predictiva de cualquier teoría científica, ya que a su juicio todas han quedado invalidadas (incluida el marxismo). Por lo tanto, a la hora de abordar “los destinos del mundo”, solo cabe hacerlo desde la especulación: “Ahora se aproxima la Segunda Revolución Industrial: la anuncian los homeostatos. Una infalible máquina pensante, un sistema dinámico que determinará él solo el camino hacia el objetivo que le marquemos, nos diseñará una nueva fibra sintética, nuevos alimentos, un nuevo avión. Eso no es nada, habrá también cerebros electrónicos que nos ayudarán en el trabajo de investigación, llevando a cabo, sin cansarse, observaciones del cielo y de la Tierra, haciendo experimentos […], construyendo teorías”, responde Wieleniecki. Y continúa, como en un escalofriante vaticinio: “Sin embargo, existe una oportunidad… Estamos en el amanecer sombrío de la historia, ante la humanidad se abre un inimaginable abismo de tiempo […]. Para esa gente, nosotros, con nuestras guerras, nuestra tuberculosis, nuestro fascismo, nuestras cámaras de gas, seremos unas criaturas tan incomprensibles como lo son para nosotros los trilobites y los amonites del Silúrico. ¿A qué se dedicará entonces el ser humano? ¿Será innecesario?”

En esta novela queda prefigurado el oficio de Lem como imaginador de mundos tras el fin del suyo

Al contrario que otros escritores de la órbita soviética, como los hermanos Strugatski, Lem no escribió ciencia-ficción para poder abordar cuestiones políticas camuflándolas y así eludir la censura. Lo hizo porque asumió como su oficio literario la imaginación de los mundos que vendrían, en un contexto, tras el Holocausto, en el que el sueño podía adquirir a tal efecto tanta validez como la observación empírica. Para Lem, semejante compromiso entrañaba una tarea muy seria. Es bien sabido que el autor polaco detestaba cualquier manifestación de la ciencia-ficción abonada al mero pasatiempo, irreflexivo y vano (sigue siendo memorable su reclamación contra la emisión televisiva de Star Trek), y que él mismo terminó hastiado un tanto de su papel de escritor de ciencia-ficción, nostálgico de un reconocimiento general como ensayista visionario que nunca se produjo. Pero alguien tenía que imaginar el futuro. Él lo hizo por nosotros.      

stats