Análisis

José Francisco Díaz Alonso

Crónicas íntimas bajo el cielo gris de ámsterdam

29 de septiembre 2020 - 02:33

Los diarios forman parte de la tradición popular de la intimidad, pero también literaria, y aunque buena parte de ellos fueron escritos con la clara intención de recoger la memoria de la más privada reflexión, y el apunte de lo que merece la pena apostillar (incluso, a veces, en una línea del tiempo de lo que acontece en nuestra vida cotidiana), no ha sido rara la edición de muchos de ellos por diversas razones, aunque probablemente la más usada haya sido la forma escrita, antes de que la fotografía estuviera al alcance de cualquiera, con la diferencia de que en la narración de los diarios puede manifestarse lo que el ojo no ve.

En estos suyos, titulados Ámsterdam es una ciudad maldita: diarios amsterdameses (2014-2019) (2020), Antonio Cruz (María, Almería, 1978) narra los viajes que le condujeron a estancias más o menos prolongadas en la capital neerlandesa, entre el verano de 2014 y enero de 2020; una suerte de viajes que tuvieron que ver, básicamente, con la estrecha relación familiar que le ha llevado y vinculado a aquella tierra (de apenas prominencias y de aguas encauzadas por doquier), a explorar caminos al margen de la tradición cultural española.

En algún momento son prácticos como guía de la ciudad, no solo por lo que se puede visitar, sino cuando nos ofrece detalles de su importancia, e incluso del momento histórico que lo originó o le dio sentido. A ello une escenas de su vida o reflexiones íntimas.

En una primera parte nos acerca su relación con la urbe, algo particular, y queda patente que no es su locus amoenus, sobre todo a partir de un momento en el que se siente asqueado; ni siquiera la casa en la que pasa temporadas, o cuando se encuentra becado en la "Casa del traductor", a excepción de cuando llegan sus niñas, que lo iluminan todo.

No es de alguien que acude allí de visita, ni parece sorprendido por los rasgos de la ciudad, sino que la conoce tanto más que muchos residentes, en algunos rincones, y sabe aprovechar las ventajas que le brinda.

Así, podemos ver múltiples referencias acerca del mundo del arte que se inmiscuyen en el relato, y lo sustancia con reflexiones íntimas. Por un lado incluye pintores neerlandeses: Rembrandt o Vermeer, pero también la génesis de su proceso creativo, o espacios representativos como el Rijksmuseum. No falta su interés musical por el Jazz, pues están presentes Ben Webster y Chet Baker, y es evidente su formación de saxofón, pues recuerda su paso por el conservatorio o como miembro de una big band; aunque no faltan las citas de compositores clásicos conocidos.

Es constante la mezcla de sus gustos culturales, literarios, con los paisajes urbanos, que, además, se abastecen de referencias al pasado. Nos guía por lo característico de una ciudad más allá de lo pintoresco, de modo que pocos vecinos podrían repetir a vuelapluma. Una mirada alimentada por la coetaneidad de los comentarios culturales y como no, las experiencias vitales y familiares.

Y he ahí donde reside la clave del diario, pues la satisfacción de nutrirse de una lugar que tiene tantas motivaciones culturales, in crescendo con la felicidad y plenitud alcanzada con unas hijas en plena infancia, se torna en conflicto personal con la familia de adopción, que lo hacen sentir náufrago y asqueado con una ciudad que adora.

Ahora bien, durante ese recorrido aparecen momentos hermosos por la admiración de un padre hacia unas niñas; sin más, pero suficiente. Da lugar a que sintamos empatía hacia el sufrimiento que un padre, y en buena parte en el sentido masculino del término, carente de opciones para compartir momentos con sus hijas y se convierta en angustia.

A pesar de que se sustenta por lo dramático de la situación familiar, del pesimismo que lo inunda y de la emoción de los destellos culturales, no rebosa el tono menor durante toda la narración y goza de un ritmo pausado, tanto en la narración como en la sucesión de los acontecimientos, sin gran aparato retórico, pero con léxico rico y con lenguaje preciso; de ahí que el libro sea, en todo momento, muy ameno, aunque provoque en el lector un inevitable desasosiego.

En tiempos en los que prima el relato realista, y la poesía se camufla con la prosa, Antonio Cruz parece acudir a esos elementos, con imágenes interesantes, casi líricas (la estampa del comienzo de cada día, por ejemplo), y nos remite a una mirada introspectiva, a una reflexión íntima acerca de la existencia, de la realidad, o de la justificación de la vida y de los acontecimientos que la conforman. En un momento dado, esto permite conocer los conflictos interiorizados, y no tanto los sucesos; porque, al fin y al cabo, la verdad de lo que ocurre es el resultado de pasar lo externo por el tamiz personal. Ameniza los textos narrativos con fotografías propias y con las lecturas y traducciones, generalmente de poemas, que va elaborando; porque la producción literaria de Cruz, además, tiene que ver con la traslación de la lengua neerlandesa, entre otros idiomas.

Imaginamos que continuará. De momento nos conformamos con la idea de Cruz, de que "al final siento la fascinación de Ámsterdam incluso con todo aquello que ni siquiera soy consciente de haber descubierto aún".

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