Análisis

Manuel Pozo Oller

Agua viva

08 de marzo 2026 - 03:10

El Evangelio de este III domingo de Cuaresma (Jn 4, 5- 42) nos recuerda que la experiencia de fe es el resultado de un encuentro. Podemos programar encuentros de trabajo y encuentros más o menos diplomáticos, pero el encuentro personal, en el que nuestra vida queda realmente enredada en la vida del otro, sobrepasa cualquier intento de planificación.

La mujer con la que Jesús provoca el encuentro es una samaritana presentada como pecadora pública. Es una mujer doblemente marginada: es pecadora y además pertenece a un pueblo de herejes. Se trata, por tanto, de una mujer situada en los márgenes de la historia: por su condición de mujer, su forma de vivir, por el grupo cultural al que pertenece y por la religión que profesa. Al acercarse Jesús a ella, está franqueando las barreras o límites de género, de raza y de religión.

Lo sorprendente del encuentro entre Jesús y la samaritana es que el diálogo entre ellos comienza a partir de una necesidad de Jesús: «está fatigado del camino y tiene sed» (v.6). «Le pide de beber… a una mujer samaritana» (vv.7-9). La mujer extrañada responde con dos barreras, una cultural y otra religiosa: cómo es posible que un hombre judío pida de beber a una mujer que además es samaritana. La mujer se resiste a admitir el cambio de roles comenzado por Jesús. Al fin y al cabo, ella es hija de su historia, de su cultura y de su tradición religiosa.

Tras la objeción de la mujer, Jesús respondió: «Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva» (v.10). El agua del pozo samaritano es agua permanente, fija, inalterable, encerrada en lo profundo, encorsetada en un espacio. En cambio, Jesús habla de un agua viva, el agua de manantial, que corre y avanza libremente camino del mar. Son dos aguas diferentes, dos conceptos diferentes de Dios, dos concepciones diferentes de la vida humana: una, la de la samaritana, estática e inmóvil, definitiva; otra, la de Jesús, dinámica y móvil, abierta al cambio y a la transformación, siempre provisional y siempre libre.

Es interesantísima la comparación entre el agua del pozo y el agua viva. Aquella no quita la sed; ésta en cambio la quita, porque instala la fuente dentro de cada ser humano. Estas palabras dichas a una mujer es toda una declaración de independencia con respecto a cualquier tutela.

Ante el diálogo no directivo de Jesús, la mujer queda seducida. El encuentro con Jesús le hace dejar “el cántaro” de su vida anterior para zambullirse en el océano infinito de un nuevo proyecto existencial de sanación y de libertad.

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