Víctimas del imperialismo
Testigo de un encuentro
Si prestamos atención al texto evangélico que nos propone la liturgia en este II domingo del tiempo ordinario (Jn 1,29-34) podemos pensar que se repite sin más la escena del bautismo de Jesús narrada por los evangelios sinópticos. El evangelio de san Juan aporta a los textos de los evangelios sinópticos detalles originales y complementarios que enriquecen el relato. En efecto, el evangelio de san Juan no se detiene sin más en narrar el acontecimiento, sino que añade su propio testimonio de encuentro con Jesús.
El capítulo primero, dejamos atrás el prólogo, nos propone tres testimonios que nos irán dibujando quién es Jesús y cuál es su identidad. El primer y el más extenso testimonio es el del Bautista (cf. vv. 19-34). Los versos siguientes, redactados en el mismo tono testimonial, nos presentan las confesiones de los primeros discípulos (vv. 35-49) y el propio testimonio de Jesús (vv. 50ss). Los tres testimonios, por tanto, van dibujando el perfil y la identidad de Jesús. Son un retablo cristológico donde encontramos la respuesta a la pregunta que trata de responder el evangelista, como hemos indicado anteriormente, sobre quién es Jesús.
San Juan pone en labios del Precursor, en el evangelio de este domingo, dos títulos que presentan en sociedad a Jesús. Son a modo de sobrenombres que revelan la identidad, en este caso, del Mesías. En primer lugar, nos encontramos con el título de «Cordero de Dios» cuya misión consiste en «quitar el pecado del mundo» (v. 29). Es voluntad de Dios liberar a la humanidad de la esclavitud en la que se halla. No otra cosa significa la expresión «quitar el pecado del mundo». En segundo lugar, el Cordero es el «Hijo de Dios» (v. 34). El Bautista es el primer personaje en reconocer explícitamente a Jesús como el Hijo de Dios. Le confiesa ante sus oyentes reconociendo el carácter sobrenatural y trascendente de la mesianidad de Cristo, tan distante de la idea político-religiosa que esperaban muchos de sus contemporáneos.
Una vez que se ha presentado a Jesús como el Mesías, el Evangelio plantea cómo se llevará a cabo esta misión de liberación integral. El autor sagrado, en su respuesta, evoca las gestas divinas del éxodo, la liberación de Egipto y el paso por el mar Rojo para presentar al Mesías como el siervo ya anunciado por Isaías (53,7), profeta que, siendo inocente, cargaría con los pecados de la humanidad para restablecer las relaciones entre Dios y la humanidad herida por el pecado. El cordero pascual, sacrificado anualmente para recordar la liberación de Egipto y el paso por el mar Rojo, es imagen espléndida de Jesús - siervo que libera y nos invita vivir en la libertad de hijos de Dios.
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