Vía Augusta
Alberto Grimaldi
La vía Adamuz
El de pensamiento infame, incómodo cuasiliterato y sus hordas de entrevistados en la caterva de la literatura de programas y televisiones vetustas se vuelve a recostar en su sillón siempre con un libro en la mano plagado de tiras de marcas de colores y a mano siempre también su maletín de cientos de pastillas de herboristería mágica que consume a golpe de reloj para vencer al reloj, conservar la eterna juventud, aborrecer ese vicio peregrino y social de fumar (tabaco), reunir en tertulias de programas literarios a los que ahora nunca se reuniría, porque ya no hay tertulias, hay gallineros de cacareo gallináceo y chimpancés saltando sobre la mesa semicircular de los platós rebuznando sobre cada suceso o disparate y cobrando los buenos pagarés al portador. Tampoco hay programas literarios, haydocumentales zen sobre perfectas siluetas de escritor recortadas y pegadas en la pantalla en entrevistas con paisaje de atrezzo para que la maquinaria editorial imbécil no pare nunca y nadie se vaya por el lado peor de la literatura, Umbral, Panero, Arrabal y todos los locos de atar y dandis caucásicos del corazón venenoso de la literatura que al fin para todos los bienpensantes hombres de bien y gente de orden monolítico actual terminó para siempre porque se fue la pieza que no encajaba en el puzzle de piezas cuadriculadas de la literatura actual de todos los perfectos y prosaicos, mira, hasta los poetas hacen prosa vulgar toda vez extinguidos los problemáticos excéntricos heterodoxos siempre heterodoxos que no querían aportar nada a la maquinaria crematística de fabricar gruesos tomos de papel encuadernado con miles de caracteres impresos a intercambiar por euros en montañas de expositores de librerías con carteles publicitarios de tamaño natural. Y cuando se recuesta en el sillón del plató no hace proclamas ideológicas ni farfullea volatines panfletarios sino que habla del sexo tántrico, la marihuana y pederastas frases que hacen rasgar las vestiduras a los equidistantes y el hereje va y se marca al final de sus días una estrambótica propuesta con partidos recalcitrantes y claro, la poca pólvora de incomodar que le quedaba la gasta en un tiro circense esperpéntico incomprendido por detractores y admiradores para evadirse del mundo que ya no es su mundo. Y claro, su reino no era de este mundo, ni del otro ni del anterior. Vaga entre libros marcados con tiras de colores.
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