
Libertad Quijotesca
Irene Gálvez
¿Hasta cuando?
Comunicación (Im)pertinente
En el fragor de la discusión política no es extraño acudir a la historia, un socorrido deposito de referencias, acreditadas y compartidas. Las comparaciones en estos casos no son exactamente odiosas, sino que más bien suministran un magnífico recurso didáctico: remitir el presente a lo sobradamente conocido del pasado, de lo que se esperan obtener evidencias inmediatas. I. Katz, ministro israelí de Exteriores, ha desempolvado ese viejo recurso en su confrontación diplomática con España, al recordar que ya no sigue vigente la Inquisición. El mayor inconveniente de la retórica historicista es que resulta fácilmente contrastable, lo que, en ocasiones, como es el caso, aboca al ridículo más estridente y bochornoso.
La Santa Inquisición no fue un invento español. En 1184 el papa Lucio II promulga Ad Abolendam, mediante la que se crea esa institución para perseguir cualquier forma de herejía, en especial la albigense en Languedoc. Con el paso de los años amplía su catálogo y su geografía. Desde Francia se extiende hacia Aragón, Castilla, Italia, Portugal y, más tarde, llega incluso a dominios luteranos. Gran Bretaña tenía sus mecanismos propios para perseguir herejías, naturalmente, incluso bastante anteriores a la aparición de esa institución. Por aquellos pagos en la Edad Media ya se practicaba al cruel deporte de quemar a los disidentes, fuera del marco formal inquisitorial, aunque con la misma filosofía e idéntico modus operandi. Parece que se trataba de la mentalidad de la época. Por otra parte, además de a los cátaros albigenses, los inquisidores dirigieron también su funesta mirada hacia brujas y miembros de movimientos esotéricos diversos, blasfemos, homosexuales, los practicantes de cualquier otra religión y, en fin, incluso científicos como Galileo.
Katz supongo que se refiere a la tortuosa versión española que se encargan de consolidar los mismísimos Reyes Católicos a partir de 1483. Auspiciada desde el poder político, y claro instrumento a su servicio, completó una hoja de servicios cruel y deleznable que, entre otras cosas, estaba dispuesta a desterrar del mapa hispano cualquier forma de diversidad religiosa. No obstante, a Katz cabe hacerle dos matizaciones importantes al respecto: la primera, que fueron los moriscos granadinos quienes padecieron con mayor intensidad los rigores religiosos de la monarquía española; dos, que esa terrible maquinaria estaba capitaneada con mano de hierro y meticulosidad de relojero por Tomás de Torquemada, miembro de una familia de judíos conversos españoles.
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