Notas al margen
David Fernández
El PSOE ha desconectado de la mayoría
Hay que reconocer la habilidad de los catalanes para colarse hasta la cocina de todos los españoles con sus problemas. Sin necesidad de pegar un tiro al aire, siempre han logrado más autogobierno y una financiación singular. Cualquier día les conceden una embajada en Madrid y un consulado en Badajoz. A los vascos tampoco les ha ido nada mal: disponen del mejor colchón social y sólo les queda gestionar los aeropuertos. Al tiempo, porque el chantaje puede ser infinito y la deslealtad se paga a precio de oro en este país. Aquí no habíamos terminado de rescatar los cuerpos de las víctimas del accidente de Adamuz, con el pecho aún encogido, y los independentistas ya habían trasladado sus exigencias tras el accidente de Rodalies. Poco les importa que nuestros trenes de Cercanías y Media Distancia, que no llegan a su hora desde no se sabe cuándo, también permanezcan en las cocheras por culpa del temporal, y menos que ignoremos cuándo se recuperará del todo el corredor de la alta velocidad con Madrid. Aquí no tenemos ni las cuentas hechas y ellos nos machacan a diario reclamándole al Gobierno los gastos millonarios derivados de la crisis ferroviaria y que invierta mil millones más al año hasta 2030 en su red viaria. Cataluña marca la conversación y la agenda nacional desde hace décadas, y esto habla mejor de sus dirigentes frente al resto de adversarios, a la hora de conseguir sus objetivos.
El ministro de Transportes les ha servido en bandeja la cabeza de dos altos cargos y ha enviado a su lugarteniente a Barcelona para calmar sus ansias y afrontar los problemas en Cataluña. Lo de siempre. En nuestro caso, Óscar Puente dice que los responsables del accidente de Adamuz lo pagarán caro, pero no se le ocurre nadie por ahora. En otras regiones envenenadas con tanto agravio, en su día surgieron formaciones para recordarle al Estado que también existen. Andalucía también gozó de un partido con sus colores, pero nunca arañó en Madrid. Los andaluces aportamos 61 escaños al Congreso pero jamás tuvimos tanto peso al cambio como los siete con que Puigdemont humilla a Sánchez sin anestesia. Si todas las comunidades se contagiaran con el virus del nacionalismo catetil, España sería un Estado fallido de libro. Y si elegimos el camino de la lealtad institucional, seguiremos rezagados frente al que no deja de patalear, pero al menos nos reconforta ver que los políticos por aquí no se tiran las víctimas a la cabeza, reconocen el trabajo bien hecho, colaboran en lo que pueden y respetan, como se ha vuelto a demostrar con el temporal.
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