Putin se pone una bota en el pie izquierdo; y otra distinta, en el pie derecho. Estas botas no son las de Benzemá, ni las de Raúl de Tomás. Las botas de los arietes son la emoción del gol, la belleza del último pase, la sintaxis de los estadios.Tampoco, son las de Ferrán Torres, pegado a la raya de córner; ni las de Pedri, tras la fantasía pictórica de un regate. La bota de Putin (¡da igual la derecha que la izquierda!) es la violación de los derechos humanos, la destrucción de la democracia, la invasión de un pueblo soberano, el desprecio de las vidas inocentes, la humillación de la libertad. La bota del sátrapa es un crimen de guerra, un disparo a bocajarro, un atentado contra la paz; un wéstern, donde la fuerza de la ley es abatida a balazos. La literatura llora la matanza de la estación de tren de Kromatorsk. Los poemas de Silvia Plath se rebelan, cuando los misiles rusos caen sobre la historia, sin piedad. Pero la bota de Putin va a perder la guerra, porque los mensajes por Twitter llegan antes que los misiles. En ciento cuarenta caracteres, el jersey verde de Zelenski es un clásico de la tuiteratura. Tuist, retuits, vídeos, audios, imágenes y favoritos definen, así, la intertextualiidad en la era de la narrativa transmedia y de la posficción.

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