La Cuarta Pared

JOSE mORENO

Una catedral tatuada

Entonces entendí realmente el quid de la cuestión de todo esto: transmitir emociones

Todavía tengo presente, aunque de una manera bastante sesgada, la primera vez que entré en un espacio que me sobrecogiera el corazón. Se trataba del antiguo campo de fútbol de la Unión Deportiva Almería. El ya abandonado Juan Rojas. Recuerdo entrar por un túnel normal y corriente, lo más parecido que yo había visto hasta el momento para mi corta edad eran los pasillos de los cines de mi ciudad. Tras atravesarlo y subir unas escaleras de hormigón, se abrió ante mí un inmenso espacio que mi mente no era capaz aún de concebir. Apenas llegaba a ver las gradas de enfrente, quizás la miopía también jugaba en mi contra. Pensé que no era posible que el ser humano hubiera construido un lugar tan asombroso. Su monstruosa escala fue lo que me fascinó. Pensar que se podía idear algo así me hizo empezar a ver el mundo de otra forma.

Curiosamente, el siguiente recuerdo parecido fue la inauguración del Estadio de los Juegos Mediterráneos en 2005. Su tamaño era aún mayor, al igual que mi edad. En ese momento fue cuando me explicaron que esos espacios los ideaban los arquitectos. Bastantes años más tarde, en clase de Historia de la Arquitectura en la universidad, llegamos a la etapa del Gótico. La idea que yo tenía de las iglesias cambió en apenas un rato. Pensaba que la gran mayoría buscaban su belleza mediante el ornamento. Sin embargo, la singularidad de este movimiento venía determinado por avances tecnológicos que no eran más que una consecuencia de la ambición por alcanzar el cielo. Lograr sobrecoger el alma de los fieles a través de espacios de proporciones verticales. Entonces entendí realmente el quid de la cuestión de todo esto: transmitir emociones.

Es curioso pensar que estas construcciones se apoyan en una amalgama de decoraciones y detalles para dotar de belleza al conjunto. Pero realmente son totalmente superfluas. Ni siquiera los famosos pináculos están pensados desde el punto de vista estético, simplemente son contrapesos estructurales para que técnicamente se puedan levantar muros tan altos mediante sus contrafuertes. El ensayo Ornamento y Delito de Adolf Loss en 1910 compara las decoraciones innecesarias de la arquitectura moderna con los tatuajes en el cuerpo humano. Por ese motivo me sorprendió encontrarme con la paradoja de la catedral invertida tatuada de René ZZ. Ese tatuaje es meramente decorativo, pero impacta de la misma forma que la primera vez que entré en el Juan Rojas.

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