Alto y claro
José Antonio Carrizosa
¿Lágrimas por los ayatolás?
Coincidiendo estos días con las ferias de arte de Madrid, una multitud visita las ofertas expositivas de la capital, abarcando las de museos y otras instituciones que ofrecen un variado elenco de propuestas. Entre todas ellas, finalizado el proyecto Mengs del Prado y persistiendo aún el desatino con los bodrios de Juan Muñoz, que como cacarrutas informes invaden el paso de algunas salas en un indisimulado ejercicio de falta de respeto, sobresale la gran exposición que Mapfre consagra a Anders Zorn, el más grande pintor sueco de la historia. Una muestra ciertamente monumental, por el elevado número de piezas y por su planteamiento abarcador, que exhibe toda la evolución y universo del autor. Zorn es un pintor perteneciente a la corriente internacional del Naturalismo y es estrictamente contemporáneo de nuestro Joaquín Sorolla, del que fue buen amigo. Hace más de treinta años que no se le mostraba ampliamente en España, desde que en el año noventa el Museo Sorolla propuso aquel célebre duelo entre los dos gigantes. Otros pintores de la misma cuerda como Sargent o Boldini han tenido una mayor continuidad en exposiciones radicadas en España, pero Zorn necesitaba esta oportunidad de mostrarse aquí con toda la potencia de su genio. Esta deslumbrante muestra, ciertamente arrolladora, obliga a posicionarse frente a él y a compararlo con otros grandes de su estilo. La conclusión es el reconocimiento de una grandeza a la que sólo Sorolla se aupa en el catálogo internacional del Naturalismo de entresiglos. Los temas de ambos son similares, llevados a las gentes trabajadoras y costumbres de sus respectivos países. Y como retratistas de corte mundano que reconocen el magisterio de Velázquez, ambos son también muy cercanos. Como Sorolla, Zorn trabajó la materia pictórica con una densidad y dicción informalista de forma bellísima y magistral, llevando la gran tradición a la veneciana hasta sus últimas consecuencias. La pintura del natural, sentida y comunicada con admirable proceso de síntesis sobre un férreo dibujo y unas composiciones que acusan el influjo de la fotografía, adquiere en ambos unas cotas de magisterio colosales. Zorn traduce las luces crepusculares de lo escandinavo y Sorolla la fiereza del sol mediterráneo, pero ambos llegan a conclusiones plásticas muy similares. Frente a lo “desenfocado” de Zorn, Sorolla libera el color de una forma más radical y es más nítido en sus imágenes por pertenecer a una tradición como la española, que otorga a los perfiles y contornos una descripción más inquisitiva.
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