En tránsito
Eduardo Jordá
Mirra
Da hoy el Gran Poder la primera zancada, tan exhausta, tan poderosa, hacia la luz que trae el tiempo de gracia de la ciudad. Dicen que los días empiezan a alargarse a partir del 21 de diciembre. Será en otros lugares. Aquí la conquista diaria de minutos de luz ganados a la oscuridad empieza hoy. Nos sentimos resucitar porque somos del sur, hijos de la luz. La vida es luz y la resurrección de Cristo, el mayor estallido de luz y vida eterna que la humanidad ha conocido. Por eso, siendo Él “primicia de los que han muerto”, cada vez que una vida se apaga no solo se pide para el difunto “requiem aeternam dona ei, Domine”, también “et lux perpetua luceat ei”. Cristo resucitó “al alborear el primer día de la semana” y las mujeres fueron al sepulcro “al salir el sol”. Luz y vida unidas siempre, aquí y en la eternidad. La luz creciente, a partir de hoy, es la promesa de la luz perpetua.
Refulge la pirámide de fuego de su altar, brillan las coronitas de los magos y el alfa y la omega que bordó Juan Manuel en la túnica de Epifanía, suenan El lazo y Ese hombre que camina, repica la campana de la espadaña y sale el Santísimo a la noche fría de enero llevando su cortejo a la plaza, a Sevilla, el fuego del altar para que los días prendan de él su luz creciente como se pasan de unas velas a otras la llama del Cirio Pascual en la noche en la que culmina lo que hoy empieza.
Nacen en San Lorenzo los días más hermosos de la ciudad. Todo se irá preparando en lo resguardado de los templos, de las emociones y de las memorias para este avanzar hacia la luz que es un caminar físico, tangible, hacia la resurrección. También habrá ruido, y exageración, y demasía. Pero, al igual que Adriano del Valle tuvo la feliz idea de titular sus poesías Primavera portátil, haré lo posible para vivir como se viene la Semana Santa en una espera y una Cuaresma portátiles, mías. “La idea es bonita: la posibilidad de llevar con nosotros siempre una primavera… Sugiere que podemos resignarnos a sacrificar algo del original con tal de conservar una esencia suya, crucial, capaz incluso de salvarnos la vida”, dijo Andrés Trapiello del libro de Adriano del Valle. Haré lo mismo: sacrificar algo para conservar la esencia que es capaz, porque se trata de Dios y de Sevilla, de salvarme la vida.
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