Las dos orillas

La nostalgia del regreso

Resurge la añoranza de volver a ser lo que fuimos y perdimos. El exilio es eso también. La nostalgia de la tierra prometida

El verano es un tiempo que abre paréntesis. A veces recupera una cierta nostalgia. Muchos veraneantes vuelven a las ciudades y pueblos donde nacieron, o donde vivieron su infancia y quizás el primer amor de la juventud. Lugares mitificados, que forman parte de la propia identidad. Resurge la añoranza de volver a ser lo que fuimos y perdimos. El exilio es eso también. La nostalgia de la tierra prometida se aferra a los ancestros del ser humano. La nostalgia está en la Biblia y en La Odisea. Aparece en los israelitas que buscan la tierra prometida, o en la parábola del hijo pródigo que regresa junto al padre. Está en Ulises, que volverá a Ítaca para el reencuentro con Penélope, a pesar de las dulces tentaciones de Calipso.

Milan Kundera es un autor muy leído, al que se ha postergado desde que dejó de publicar. Algunos creen que ha muerto, pero sigue vivo, a sus 93 años. En 2000 publicó La ignorancia, una novela en la que aborda el exilio. Los años en los que una persona se aleja de su país, en este caso la antigua Checoslovaquia comunista, para buscar la libertad en otro lugar. Y, al recuperarse la normalidad democrática en su país de origen, se le plantea la gran duda: volver a donde se ausentó 20 años antes. O no. Porque ya no eres sólo el pasado de aquella juventud, sino también la madurez, que se ha construido en otra ciudad. Es un dilema que el propio Milan Kundera ha afrontado en su exilio francés elegido.

A veces influyen los demás. La gente que se queda en el lugar de origen opina que Ulises debe regresar. Pensemos en un exiliado de referencia. Rafael Alberti no hubiera sido el mismo sin sus años en Argentina o en Roma. Sin embargo, hasta José María Pemán le escribió para que volviera, e hizo gestiones con Franco para que se lo permitiera. Esa operación no cuajó (por motivos políticos); pero, cuando Alberti pudo regresar, optó por retornar a su Ítaca de la Bahía gaditana.

Otros que vivieron en el exilio literario, como Luis Cernuda, no volvieron. Cernuda depositó su nostalgia de Sevilla en un libro, Ocnos, pequeño de tamaño y enorme de contenido, donde cada frase sacude el tiempo para no olvidarlo. Sin embargo, él mismo elogia el viaje para salir a otras tierras: "Nunca sabremos que no mudaríamos de corazón, de no correr allende los mares".

El viaje y el exilio pueden ocupar otra parte de la vida. Hasta que es posible el regreso. ¿Y qué hacer? Decidir es difícil. Somos el tiempo que nos queda, como recuerda la poesía de Caballero Bonald. Es legítimo que el hombre dude: ¿permanecer donde está, o volver a sus orígenes?

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