El orden gigante

La idea genial de Miguel Ángel fue colocar un solo orden apilastrado, gigantesco

El Capitolio es una de las siete colinas de Roma, centro neurálgico del poder civil y religioso durante la época Imperial. Desde su cúspide se contempla el Foro, en el lugar que hoy ocupa el ayuntamiento, anterior sede del palacio de los Senadores y del Tabularium. A lo largo de la Edad Media perdió su antiguo esplendor y el monte quedó como lugar para el pasto de las cabras. En 1534, el Papa Paulo III decide recuperar la magnificencia y carácter simbólico del lugar, encargando a Miguel Ángel el proyecto global para trazar allí una gran plaza. El artista concibe un espacio unitario, que incluye la remodelación de la fachada del palacio de los Senadores -que preside la plaza- con una doble escalera exterior, la construcción de dos palacios nuevos para los laterales -uno de ellos a costa de demoler el antiguo palacio de los Conservadores- y el trazado de un pavimento ovalado estrellado que alberga en su centro la antigua estatua ecuestre de Marco Aurelio. El conjunto es un hito de la historia de la arquitectura y urbanismo occidentales, por la genialidad de las soluciones y el efecto monumental y solemne que produce en el contemplador. Las obras empezaron de inmediato, con el traslado de la estatua ecuestre y la construcción de la escalera en el palacio de los Senadores, pero Miguel Ángel no pudo verlas terminadas, pues falleció en 1564 y la finalización del conjunto no se produjo hasta algo más de medio siglo después. La gran aportación de Buonarroti en este proyecto fue la creación del orden arquitectónico gigante para las tres fachadas edilicias que cierran la plaza trapezoidal, causante de la grandiosidad que emana el conjunto. Hasta ese momento, cuando un edificio tenía dos o más plantas, la arquitectura renacentista palaciega colocaba un orden para cada una de ellas, con sus entablamentos correspondientes. La idea genial de Miguel Ángel fue colocar un solo orden apilastrado, gigantesco, que abarca la altura total de las dos plantas de los edificios, generando en su coronación unos entablamentos y cornisas también colosales. En los palacios laterales crea un soportal en planta baja que viste con un orden pequeño, acentuándose así el contraste con el otro gigante. El efecto es imponente, deslumbrante y turbador, grandioso. Este alumbramiento devolvió al lugar su carácter simbólico asociado al poder y revolucionó el discurso clásico de la arquitectura, dejando una amplia estela posterior de variaciones e imitaciones.

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