OPINIÓN
¿Cómo no vas a ser feminista?
Visitar la casa de Luis Paltré en Cabra, en la calle Pepita Jiménez, es entrar a un lugar de esencias y matices algo metafísicos, que combinan un cierto andalucismo arcaico y apolíneo con una atmósfera un tanto congelada en el tiempo, repleta de objetos, cuadros, muebles, maquetas y jardines interiores que parecen haberse detenido –y empolvado- desde hace casi un siglo. Es como visionar una foto antigua en blanco y negro, difusamente coloreada por un presente que descubre el prodigio de un antiguo templo sin habitar, cerrado durante décadas. Allí se encuentra su improvisado taller buhardilla, ganado sobre una terraza preexistente, y los motivos recurrentes de su mundo quieto y paciente. Las estanterías con los objetos, vasijas y maquetas, las puertas, las ventanas, las sillas, las mochilas y las bolsas. Todo nos habla de una geometría interior que el cuerpo espiritual del artista ha ido colocando a su antojo y capricho estético, tanto en la realidad misma como en la pintada. Hay en todo lo cordobés, lo que abarca a su cultura popular, un clasicismo a la italiana –o más a lo romano si se quiere- que le otorga una seriedad y un poso de importancia, de respetabilidad indudable. El universo estético de Paltré, que estos días expone en el MUREC, participa de toda esta esencia, meditada y construida con severo plan edilicio, que propicia a casi toda su obra una arquitectura formal muy sólida y eficiente. Su territorio temático es interior, de bodegones, estancias solas o intercomunicadas, y en ocasiones propicia la mirada hacia el exterior a través de una ventana, que suele estar enmarcada no sólo por su perímetro de carpintería, sino por los objetos o perfiles dibujados de muebles que se sitúan delante o a su lado. Incluso cuando sale al campo y pinta cortijos, cielos y árboles, hay un marcado plan constructivo que otorga preeminencia al objeto, delimitado y dibujado con rigor, antes que a la fugacidad impresionista de la luz o de una atmósfera en movimiento. Sus paisajes son, en este sentido, una suerte de naturalezas muertas también, y colocan al pintor en una tesitura incómoda, casi sufriente, pues la rápida transitoriedad de la luz solar y los elementos en el exterior colisionan con su temperamento pictórico quieto y meditabundo, propio de la experiencia interior, estoica y concentrada. Se trata siempre de la mirada, muy sabia y evolucionada, del esteta más fino y curtido durante años de inteligente observación de la realidad; su obra es una suerte de maravilla para el deguste de los paladares más exquisitos.
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