La risa de Javier Esteban Reta

27 de febrero 2026 - 03:08

Has sopesado bien esto de verter en tu columna una especie de coplas manriqueñas en prosa para honrar la memoria de un amigo del cual, debería darte vergüenza, te despediste a la francesa así que iniciaste tu carrera docente y ambulante como interino? ¿Y precisamente ahora, cuando él lleva más de una década criando malvas en el camposanto de San José? También son ganas de hurgar en las mal restañadas heridas y, todo hay que decirlo, de dar tres cuartos al pregonero. Pero bueno, en vista de que te mantienes en tus trece de purgar la mala conciencia echando cebada al rabo, yo te ayudaré evocando un episodio de aquellos años en que Javier, el periodista emérito Javier Esteban Reta, y tú erais uña y carne.

¿Recuerdas esta foto? Él, con su cabezón orlado de melena y barba cana, debía de andar por los setenta años y tú, con ese conato de perilla y esa noblota sonrisa aún no mellada, por los veinticinco o veintiséis. Más que amigo de él pareces o bien el último cartucho de su paternidad o bien un nieto suyo de primera hornada. Los dos salís de la Cafetería Central de Oliveros tras el rompan filas de la tertulia en la que Trina de Perceval rememoraba escenas paternas: qué esmirriado el Gerardo Diego, oye, daba ganas de invitarlo a merendar; o Kayros comentaba la procelosa tercera de Sánchez Ferlosio en el ABC: qué tío. En la instantánea parece haber amainado la risa de Javier, esa carcajada ahumada de Cohiba negro que constituía la atronadora coda de una antología de chascarrillos y agudezas barnizados de humor norteño: A un rico no le pidas, a un pobre no le des, no tengas amigo guardia, que te joderán los tres. Su conversación escatimaba los tremebundos años en los que allá en San Sebastián estuvo amenazado por ETA, mientras que se avituallaba de caudalosos e inmarchitables recuerdos de su niñez pamplonica, los cuales cobraron cuerpo en su novela La sequoia gigante publicada con algunas ilustraciones tuyas. ¿Para qué dejarías el dibujo?

La foto descansa sobre un rimero de folios impresos, aborto del proyecto de engordar la novela con nuevos capítulos desembarazados de trama. Transcribías al ordenador del trabajo lo que cada semana Javier escribía a mano, hasta que por desgracia abruptamente llegaron la odisea de la interinidad, los años de desacertado silencio y el viaje definitivo del eterno niño navarro el 25 de febrero de 2014, año en que el Carnaval quedó huérfano.

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