Tres sonrisas

Es graciosa y bonita. Juega a ser la protagonista del grupo, la reina de La Alcazaba

S U cerebro no emite señal alguna, y, sin embargo, percibe cómo se entrelazan en bucle tres sonrisas: Un tren en marcha y dos adolescentes que se miran, una mujer que vende souvenirs en Indonesia, y una muchacha que baila al contraluz del sol que va cayendo tras las murallas de La Alcazaba de Almería. El tren cabalga al tran tran, cerradas las ventanas para evitar que entre la carbonilla. Él, junto al pasillo que queda a su izquierda; ella, tres departamentos más allá, junto al pasillo que queda a su derecha.

Él lleva la mirada distraída - paisajes veloces en huida – hasta que repara en la niña: trenza larga, pelo negro, ojos vivaces, calcetines... ¡La sonrisa!

Lo ha visto mirarla, la ha visto mirarlo. Miradas y sonrisas. Nada más hace falta en una conversación que no se olvida.

- “¿Qué pasa? ¿Qué es eso?” - señal de alarma, apresuramiento, un pinchazo en su brazo, el perfume de la mano que deja en su frente una caricia -

Isla Samosir en el interior del lago Toba. “¡Banana banana!”- grita un niño hambriento –

Los nativos bailan para los turistas. Una joven hermosa insiste en que le compre ropa típica. No hay tiempo, es hora de regresar. No se rinde. Hay otros visitantes, pero nadie más le importa. ¿Por qué tanta insistencia? Finalmente, él cede. Elige un pantalón de seda. “Misión cumplida”. “Gracias, adiós” – le dice en el idioma luminoso de su sonrisa –

Ya en el barco, surcando las aguas sin olas del lago, entiende que esa mujer que lo despide mirándolo desde la orilla, es la razón de su viaje a Sumatra; esa mujer, y su sonrisa.

- “¡Banana banana!” – se va quedando atrás el eco de la voz de ese niño y de todos los niños hambrientos de La Isla -Su cintura de junco. Diecisiete años. Es graciosa y bonita. Juega a ser la protagonista del grupo, la reina de La Alcazaba. Descansan, ríen, hablan... y ella baila por bulerías imaginando que alguien canta. Su pañuelo de colores por los hombros, la espalda, la cintura.

Lo mira de soslayo y le sonríe con picardía. Es su cara, la cara de una moneda grande de oro, troquelada en el sol que va a esconderse en su amarilla guarida.

- “¡Bailar flamenco con mis zapatos de claqué…! ¿Podría ser?”

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