Tu viaje a ninguna parte

23 de enero 2026 - 03:06

Arrastrados por las instintivas corrientes de la memoria, veo hoy varados en la playa del recuerdo algunos pecios de mi juventud perdida. No obstante los ojos empañados, mi mirada discrimina perfectamente los restos esparcidos aquí y allá sobre la blanca arena de la ensoñación, mayormente el de aquel mascarón de proa que representa, cabeza con cabeza, la chocarrera carcajada de Talía junto al hiperbólico puchero de Melpómene, evocando aquellos remotos años en los que una gavilla de universitarios con veleidades artísticas empezamos a tontear con el teatro y tú, Antonio, Antonio Fernández, a enamorarte de él hasta las trancas.

Aunque haya resuelto que hagas mutis por el foro el enigmático autor de esta farsa trágica que denominamos vida, quiero conjurar el todavía tibio hueco de tu ausencia y sin incidir en la nota necrológica y ni mucho menos ramonsijearte en una gacetillera elegía en prosa, quiero, digo, revivir contigo aquellos interminables ensayos teatrales que acontecían, por decirlo así, en el entonces cochambroso salón de actos del colegio Freinet, donde, ¿te acuerdas?, aprendimos a jugar seriamente, soltarnos el pelo, relajarnos, concentrarnos, confiar ciegamente en el otro, respirar con el diafragma como un bebé dormido, proyectar la voz, vocalizar, mimetizar escenas familiares, cotidianas o urbanas, dejar que el alfarero de los sentimientos manipule a su arbitrio el barro de la cara y explorar el tesoro plástico del bodi. Las muecas, las señas, las cabriolas, dime amigo ¿qué se hicieron?

Me di cuenta de que dabas pasos de gigante en el mundo de la interpretación desde esa vez en que fui testigo de cómo el personaje del Gallego de la comedia de José Luis Alonso de Santos ¡Viva el Duque nuestro dueño!, iba, ensayo a ensayo, poseyéndote por entero, hasta el punto de calcar el acento orensano y aun el deje marroquí en ese juego del teatro dentro del teatro. Supe entonces que estaba ante un actor de pedigrí y firme vocación. Y que mi misión no era la de encarnar personajes, sino la de engendrarlos y parirlos.

Vino luego la gris desbandada que mandó a cada mochuelo a su olivo. Menos mal que unos cuantos: Jesús, Fernando, tú, seguisteis, máscara en ristre, el viaje a ninguna parte de los cómicos de la legua, maquillados de soledad y pisando escenas como quien pisa andamios. Y siempre con una sonrisa en la boca que ni siquiera puede tapar un telón dejado caer de golpe.

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