Tribuna

Javier Pery Paredes

Almirante retirado

"Palabra, obra y omisión"

A la vista de lo que acontece cada día, el valor de la palabra dada está a la baja en la cotización del comportamiento social

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"Palabra, obra y omisión"

Creer en la libertad de pensamiento obliga a aceptar que otros tengan una concepción distinta de las cosas. Adosada a esa creencia hay que admitir la independencia a la hora de opinar. Cada cual es dueño de los pensamientos que se amparan detrás de los silencios. Sin embargo, de igual forma, es reo de las palabras que pronuncia. Una verdad atribuida a Aristóteles, replicada por los árabes en sus proverbios y remachada en la hemeroteca digital de hoy. A la vista de lo que acontece cada día, el valor de la palabra dada está a la baja en la cotización del comportamiento social. Hay muchas declaraciones referidas a esta deshonrosa tendencia en los medios de comunicación. Nada nuevo descubro. Sin embargo, en el fondo, se me hace que es otra consecuencia más de sumergir el acreditado valor de una opinión personal en la colectiva cobardía de lo políticamente correcto. Otra sutil forma de aplanar la excelencia del libre pensamiento en la mediocridad de la esclava propaganda. Una pugna entre las sólidas ideas de la razón y las huecas palabras de la demagogia.

Dar por perdido valores en la sociedad, como el de la palabra dada, es aceptar un empobrecimiento de antemano. Sin embargo, en este mundo globalizado, del que la política española empieza a estar ausente, hay todavía parcelas en la conducta social donde dar la palabra es una garantía personal de un comportamiento futuro. Me refiero al juramento o promesa con que los servidores públicos proclaman realizar las tareas con fidelidad y honestidad cuando toman posesión de sus cargos y, en caso particular de los militares, en el solemne acto de jura de bandera en el que, sin desviación alguna en sus palabras, se asume el servicio permanente, continuado y de por vida, a la sociedad.

Esta obligación verbal que se exige a los servidores públicos difiere del compromiso contractual con el que las empresas tratan de asegurar la fidelidad y la confidencialidad de sus empleados. Sin entrar en una discusión jurídica, Dios me libre, el primero parece mantener el compromiso ético de la palabra dada, punible como mínimo con el descrédito personal, mientras que el segundo adopta la forma de una obligación administrativa sancionable económicamente. Así las cosas, unida la tendencia a la baja de la palabra dada con el alza del materialismo económico, hay que mirar a las obras para saber la valía de las personas.

En la milicia, la palabra de fidelidad a España se hace frente a quienes la representan: autoridad, bandera e himno; y se corrobora con la hoja de servicios, bien dicho servicios, en la que se reflejan los hechos, y solamente los hechos, con que el militar dio crédito a la palabra dada a lo largo de su vida. Las obras además se escrutan cada pocos años por una asamblea de notables, como es la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, para preservar la ética y el compromiso moral de una profesión que se alarga más allá del retiro forzado por la edad.

En el largo camino hacia la constitución de los gobiernos regionales y locales, se vieron todo tipo de compromisos verbales a la hora de asumir los cargos públicos. Lo variopinto de las palabras pronunciadas, algunas de ellas por quienes se autositúan a la altura de las gallinas, se parapetan en instituciones inexistentes o asumen fidelidades a personajes de ficción política, da paso a contradicciones y a traiciones. Contradicciones que denotan la mentira, sin adjetivo alguno, porque nada vincula las promesas y los hechos, así como traiciones porque atentan contra el orden constitucional y el ordenamiento jurídico, ya sea de jure con una interpretación interesada de la ley o de facto con el acoso y derribo al que se somete a las instituciones y también a los ciudadanos.

Dejo para el final la omisión, pero sin olvidarme de ella. Lo hago para librarme del pecado cuya existencia ponen algunos en duda. Por el contrario, el silencio frente a un discurso vacío y la pasividad ante una felonía es la peor de las faltas porque, además de ser el escondite del que se niega a condenar la mentira y el escondrijo de quien huye de la lealtad, es el reducto del incapaz de asumir la propia cobardía. Un tres en uno.

La razón es la singularidad del ser humano. Pensar me hace defender que, ante tanta palabra plagiada, tanta acción impostada y tanta omisión asumida, merece la pena tomar la palabra para proteger el vestido de valor, lealtad y amor a la verdad que lució el español en todo el mundo y en toda su historia.

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