Cuando allá por el 77, los españoles soñaban con la democracia que les ofrecían unos partidos, formados en su mayoría por gente en la que muchos de ellos, no le habían dado en su vida un palo al agua, gente oportunista y con esperanzas de vivir del cuento. Hijos de papá que se inventaron lo del “centro”; unos decían ser del centro derecha pues no querían que se les notara demasiado que habían vivido al socaire del club del gallego, dado que en esos momentos, la progresía, consistía en morder – aunque solo en apariencia – la mano que les había dado de comer; y, a más de uno, muy bien; y los otros, los del centro izquierda, eran un partido en pañales que aprovechó el momento, cual el guaperas que llega a casa de la solterona que ya ha perdido toda esperanza; el resto, eran los comunistas, que habían mantenido el tipo, dejándose partir la cara por el franquismo residual y eran sinceros; quizás porque a muchos, cuyas espaldas tenían tantos cardenales como el Vaticano, aún les dolía el lomo; así como el miedo a que se les catalogara de “rojillos”; gremio que, a la sazón, no gozaba de mucho crédito social. Pero ninguno tenía ni idea de lo que significaba tal gansada como es el centro que, internacionalmente se había mostrado como imposible. El centro fue un invento de un periodista “espabilao” y cuatro ilusos que se creyeron las milongas de quien les comió el coco, convenciéndoles de que tal entelequia, era más o menos, el edén político en el íbamos a estar los españoles. Desgraciadamente, el centro no existe; es más, si existiera, nadie que quisiera medrar en política, estaría en él; pero eso, estaba muy lejos de ser entendible por un pueblo que había ido a las urnas en dos o tres ocasiones en más de treinta años; y siempre en un ambiente festivo y con fiestas pagadas. Decían ser del centro, cuando en realidad todos pretendían vivir de una mamandurria cuya diferencia consistía tan solo en mamar de la teta derecha o de la izquierda, de un estado ya caduco y al que se le había pasado el arroz, a la sombra de unas leyes, inteligentes y bien promulgadas, pero mal administradas por quienes viendo llegar la vejez del patriarca, se aprovecharon como el nieto abusa del cariño excelso que le practica el abuelo que, ya a punto de zarpar en la barca de Caronte, quiere dejar en su estirpe una muestra del cariño que le produce su descendencia y le perdona más de un cachete necesario. La España del 77, nada tenía que ver con la España del sacrificio y del trabajo que, los más humildes, bien trabajando en su tierra o yendo a buscarse el pan a lugares, lejanos e insospechados, donde ni podían entenderse con las gentes; y otros, estudiando en las universidades con planes de estudios pensados en levantar el país, llevaron a España, desde la ruina, hasta la décima potencia económica del mundo. Y así, embaucados en la vana ilusión de una democracia que desde hace doscientos cincuenta años, se nos ha mostrado imposible, aprobamos una constitución, bien pensada por siete españoles sinceros, y creada para – dentro de lo posible - cubrir las necesidades de un pueblo complicado que, salvo raras excepciones, consideramos al vecino como nuestro enemigo. Así, hemos podido vivir veinticinco años, en un estado de libertad y democracia, hasta que el virus equivalente al gusano que se genera en la podredumbre del ser humano, nos invadió. Un virus consistente en que todo pueblo, cuando alcanza el bienestar, se decanta de forma suicida hacia la izquierda, llevando al poder a uno de los seres más malvados que ha parido la piel de toro; desde entonces, España ha estado en manos de desalmados, terroristas, antiespañoles, independentistas, cobardes, frívolos, putañeros y ladrones que no han hecho otra cosa que robarnos, dividirnos y enfrentarnos, emulando una época en la que los mismos hermanos morían en las trincheras; unos por las balas de los otros. Hoy, España es un sindiós fruto de dos irresponsables; uno, malvado y lleno de rencor; y el otro, un cobarde lleno de soberbia, que con su estulticia dividió a la derecha con su frase lapidaria: “Si alguien se quiere ir al partido liberal o al conservador, que se vaya”. El resto de gobernantes, necios, ineptos y oráticos, son solo la consecuencia de aquellos dos; cual el que sufrimos en la actualidad, que jamás hubiera llegado sin estos inconscientes e irresponsables.