Comienza el año con una perspectiva de cambio. Las recientes elecciones en Extremadura señalan un declive progresivo del PSOE.Se percibe el reproche de un sector del partido que señala al responsable; Sánchez ha convertido al PSOE en un grupo organizado sin otro objetivo que el poder .Hace años que el PSOE no existe, una costra de cinismo, soberbia, mentiras y corrupción ha engullido sus siglas y ahora asistimos al penúltimo acto de una tragedia bufa. Paradójicamente el PSOE fue uno de los protagonistas de la transición española. Por ello es oportuno profundizar en las causas varias que le han arrastrado hasta esta situación. En primer lugar, el actor principal; Pedro Sánchez hace años que traicionó el papel histórico de la izquierda española en el proceso de transición. Y junto a él los actores secundarios, miles y miles de mediocres necesitados de algunas migajas arrimados al líder, este o cualquier otro, como percebes a una roca. Todo el ideario de este reducto de polillas de la nómina y la prebenda se reduce a garantizarse un puesto en las listas cerradas y bloqueadas tan útiles a tantas siglas, algunas de ellas ensombrecen la democracia en su más pura esencia. Objetivo único; conseguir un cargo para manejar el dinero público,¡!bingo ¡¡,!viva la democracia ¡!. Con esta estructura mental y moral no deberían sorprender los ábalos, cerdanes, koldos, leyres, fernandez, titos berni, etc. etc. Hasta completar una tribu carcelaria. ¿El PSOE?,¿qué coño es el PSOE? Cáscara vacía de lo que fuera un partido. La derrota del PSOE en Extremadura no es un accidente aislado ni una mera oscilación coyuntural, es el síntoma de una enfermedad política más profunda, un desgaste estructural que se ha ido incubando durante estos años y que hoy se manifiesta con crudeza. Lo que se ha visto en las urnas extremeñas es una fotografía del declive, pérdida de apoyo, pérdida de credibilidad y lo más grave, pérdida de conexión con una parte significativa de la sociedad española. Porque cuando un partido se acostumbra a gobernar como si el poder le perteneciera por derecho histórico, el veredicto electoral deja de ser un dato y pasa a percibirse como una afrenta. Las grotescas manifestaciones de Maria Jesús Montero señalando, ahora, que el candidato del PSOE no era idóneo por estar imputado resultan un escarnio a la inteligencia, fue apadrinado por Pedro Sánchez que le acompañó en cuatro ocasiones en la campaña electoral. Y más aún cuando culpa a los votantes de Extremadura de esta derrota sin paliativos. Continúa el silencio cínico del presidente cuando las elecciones de Extremadura adquieren un valor político que excede lo regional. Los resultados señalan un desplome del PSOE y reflejan una tendencia de fondo; el electorado castiga la gestión, pero también la actitud. El PSOE pierde una parte decisiva de su capacidad de hegemonía y la derecha se refuerza con una mayoría social que en votos se aproxima al 60% con la suma de PP y Vox, lo que convierte la derrota socialista en algo más que una mala noche electoral.En una democracia madura, lo natural sería asumir el resultado con serenidad institucional. Sin embargo, lo que indigna a muchos ciudadanos no es solo el retroceso del PSOE, sino la negativa explícita a reconocer la derrota como un hecho democrático. La ausencia de un mensaje claro del presidente del Gobierno se interpreta como desprecio al principio básico de la alternancia; la ciudadanía decide y el poder obedece. Ese silencio en política no es neutral. Aún más preocupante es el reflejo discursivo del oficialismo con la complicidad de la prensa adicta y sobrecogedora; atribuir el castigo electoral a la “ultraderecha” como explicación universal, o desplazar la responsabilidad a terceros, al PP, a Vox, a campañas “de odio”, a supuestas conspiraciones mediáticas, burdos pretextos para no mirarse al espejo de la realidad. La estrategia no convence; si el votante no te apoya, el problema es el votante. El caso de Extremadura es especialmente revelador porque desmonta la coartada moral; no se trata de una minoría marginal, sino de una comunidad donde el PSOE fue durante décadas un poder incuestionable. Que ese territorio gire de manera tan contundente indica que el desgaste del partido y de su liderazgo no es superficial. Los expertos perciben fatiga de gestión, ruptura de confianza, se ha castigado explícitamente el estilo de liderazgo que se proyecta desde La Moncloa. La tentación de gobernar desde el relato, de convertir cualquier revés en una batalla épica contra enemigos externos, y de reducir la política a un juego de supervivencia personal alimenta la percepción de que Pedro Sánchez no concibe el poder como un mandato condicionado, sino como una trinchera permanente. Ese modo de entender la política erosiona los hábitos democráticos, deslegitima al adversario, sospecha del votante y convierte cualquier derrota en una anomalía. La debacle del PSOE es patente, comienzan voces de protesta interna que encabezan algunos dirigentes históricos. Es posible que aún puedan detener la derrota final y acaso la desaparición.