Probablemente a usted le resulte el título de este artículo algo inquietante o agresivo. Si sigue leyendo, matizaremos un poco la cuestión. Es bastante habitual hoy en día encontrarse en los medios de comunicación la palabra algoritmo en diferentes ámbitos, sobre todo cuando se habla de redes sociales. Pero ¿qué es un algoritmo?
Un algoritmo no es más que un listado ordenado de instrucciones destinado a obtener un objetivo concreto. Por ejemplo, si queremos hacer un huevo frito, tenemos que poner la sartén en la cocina, echar aceite, encender el fuego, esperar a que se caliente, echar el huevo, esperar un tiempo determinado y, finalmente, sacar el huevo de la sartén y ponerlo en el plato.
Como se puede ver, este algoritmo permite preparar esta comida sin necesidad de plantearse nada más. Si cambiamos los pasos o el orden, tendremos otro tipo de resultado final, diferente del huevo frito tradicional.
Si consiguiéramos que una máquina realizara todos estos pasos correctamente, el ser humano sería totalmente prescindible. Esa es la potencia de un algoritmo, permite automatizar procesos rutinarios sin la necesidad de intervención humana.
Ya puede ver usted que esta idea no es nueva, lleva con nosotros desde tiempos inmemoriales. De hecho, la palabra algoritmo es una versión latinizada del nombre del «inventor» del álgebra en el siglo IX, Muhammad ibn Musa al-Khwarizmi.
En nuestros días, los procesos realizados por algoritmos se han incrementado exponencialmente —aunque no me guste especialmente esta expresión—. Me voy a detener brevemente en las redes sociales. ¿Quién decide los contenidos que nos aparecen cuando entramos en una determinada red social?
Obviamente no hay una persona física estableciendo los contenidos que aparecen en nuestro muro. Un algoritmo determina qué se nos debe mostrar. Pero ¿quién ha diseñado ese algoritmo? ¿con qué criterios se presentan unos contenidos y se descartan otros?
Si lo pensamos un poco, estamos siendo manipulados por un algoritmo que está diseñado para mostrarnos contenidos afines a nuestras ideas y, de esa forma, nos sentimos cómodos y seguimos «enganchados» a la red social.
En este caso, el algoritmo —aunque no sea de dominio público— tiene un diseño que permite saber cuáles son sus objetivos. Sin embargo, otro tipo de algoritmos no son tan transparentes y, ni siquiera quien lo ha diseñado sabe realmente qué es lo que está haciendo.
Esta afirmación puede parecer un poco extraña y de difícil comprensión, pero es lo que ocurre con lo que se conoce como LLM (Large Language Models), algoritmos que permiten construir textos similares al razonamiento humano tal y como hace ChatGPT, Gemini o similares.
Simplificando bastante, estas herramientas se basan en una metodología de aprendizaje automático, las redes neuronales profundas, que intentan simular el funcionamiento de nuestro cerebro en un ordenador, transmitiendo impulsos (información) en diferentes capas de neuronas.
Estos algoritmos tienen una capacidad enorme para aprender patrones cuando procesan datos, pero son una especie de caja negra, no sabemos internamente como lo hacen. Procesan cantidades ingentes de información, buscan patrones y nos devuelven resultados, pero somos incapaces de explicar el razonamiento interno del algoritmo. Es lo que conseguimos cuando se hace una consulta a ChatGPT.
Actualmente, la investigación en este ámbito va encaminada a «explicar» todo este proceso para conocer mejor el funcionamiento de los procesos de Inteligencia Artificial.
El problema de estos algoritmos de IA que acabamos de mencionar, a diferencia de los programados en X, Instagram o YouTube, es que nadie los puede controlar, tendrán los sesgos de los datos de los que aprenden. La imagen adjunta ha sido generada con una IA al requerirle una representación de la idea de algoritmo sin ningún retoque posterior.
De una forma u otra, estamos condicionados por los algoritmos, vemos lo que ellos quieren que veamos y nos contestan lo que estiman oportuno. Ahora viene la pregunta, ¿se puede luchar contra esta dictadura?
La respuesta es, en mi opinión, clara: educación. Solamente una ciudadanía crítica podrá hacer frente a esta realidad. Los algoritmos, por sí mismos, no son ni buenos ni malos, depende del uso que se haga de ellos.