La tribuna

Influencers almerienses: de la piedra al algoritmo

Influencers almerienses: de la piedra al algoritmo
D.A.

Más allá del estereotipo del influencer estridente y fugaz, hay influencers almerienses que son creadores caseros versátiles. Son a la vez camarógrafos, guionistas, directores de escena y productores. Lejos del ruido y la exageración que suelen asociarse a las redes, convierten su cocina, la calle o el salón de su casa en escenario, donde entremezclan la vida cotidiana en arte doméstico y cultura.

La huella de este fenómeno en Almería es diversa y muy significativa. Figuras como Sheila Hernández (es.decirdiario), con una audiencia que supera los 800.000 seguidores, demuestran que la información puede ser ágil sin perder el pulso de la actualidad, planteando un debate sobre las fronteras entre periodismo y entretenimiento, sin complicar la comprensión del lector. En otra vertiente, Vanessa Crippa y Gracia de Torres proyectan la riqueza paisajística y el estilo de vida de nuestra provincia ante una audiencia internacional, convirtiendo la percepción de autenticidad en una poderosa herramienta de promoción territorial.

Sin embargo, esta proyección de “lo auténtico” se mueve en una zona de equilibrio frágil, ya que estos creadores oscilan dentro de lo que Bruno Patino denomina la “economía de la atención”. En este escenario, la emoción y la inmediatez desplazan a la reflexión pausada, forzando a menudo el contenido hacia lo que es “vendible” antes que hacia lo que es veraz. En ese entorno acelerado, surge una tensión inevitable: la que enfrenta la visibilidad con la responsabilidad de quien comunica. No quisiera demonizar este nuevo lenguaje, sino preguntarme qué tipo de cultura se construye cuando la atención se convierte en una moneda de cambio que cotiza al alza según el nivel de impacto generado.

Estos comunicadores tienen el reto de narrar lo local sin caer en la trampa de la superficialidad, esa donde la estética suplanta a la ética. Lo hemos visto en FITUR 2026: mientras la alcaldesa de Almería lanzaba el “Efecto Almería” -apoyada en influencers como Kikillo o Laia Cebrián para vender una provincia “vitamínica” y de consumo inmediato-, el discurso ignoraba la fragilidad real del entorno en favor de un reel de impacto. Pero mientras el algoritmo del Ayuntamiento seguía celebrando la belleza de los filtros, la Diputación de Almería optó por un lenguaje hoy casi revolucionario: el silencio. Al suspender sus actos en solidaridad con las víctimas de Adamuz, recordó que el respeto no entiende de métricas de engagement. Fue un duelo de modelos: la Almería que entiende la realidad como un escenario de likes ininterrumpidos frente a la Almería que comprende que, ante el dolor de la carne, la mejor campaña de marketing es la decencia. A veces, la ética consiste simplemente en saber cuándo apagar la cámara.

La historia de esta provincia, escrita sobre piedra y pergamino, nos enseña que el verdadero poder de la imagen no está en la cantidad de ojos que la miran, sino en la verdad que transmite. Esa es la única cultura que perdura

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