La tribuna

Nueva era mundial

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Doctor En Derecho Y Periodista

Donald Trump es un tipo iracundo. Eso lo sabíamos. Además, grosero y ególatra, eso también lo sabíamos. Ahora, encumbrado en el podio de la primera la potencia de occidente, gobierna como un negociante medieval. Ningún dirigente ilustrado de Europa debería sorprenderse que Donald Trump haya anunciado una posible intervención armada en Groenlandia, una isla bajo soberanía danesa y, por tanto, integrante del espacio político y territorial de la Unión Europea. El magnate reconvertido en jefe de Estado histriónico y provocador vuelve a amenazar con ansias expansionistas. El mercader mueve ficha. Se cierra una etapa de relaciones cordiales entre EEUU y Europa, el mundo que conocíamos se desmorona y la alianza forjada tras la II guerra mundial entre el Imperio naciente, EE UU, y la vieja y decadente Europa basada en valores compartidos y respeto, se considera caduca. Amenazas más o menos veladas y una incontinencia verbal desatada del actual Presidente que la civilización que Europa representa.

Trump ha dicho lo que muchos presidentes norteamericanos pensaron sobre Groenlandia como objetivo estratégico. Así lo pensó Truman en 1946 cuando ofreció 100 millones de dólares a Dinamarca por la compra de la isla. Piensa como pensaron los estrategas del Pentágono durante la Guerra Fría. Solo que ahora, cuando el derecho internacional convertido en papel mojado como ha demostrado Rusia en Ucrania y como ha tolerado la ONU en Siria, Gaza o Yemen, Trump ha insinuado lo impensable; una anexión por la fuerza. En esta disyuntiva conviene señalar que continente que parió el colonialismo ahora imparta lecciones sobre la integridad territorial como piedra angular del Derecho Internacional. Recordar que Bélgica, Holanda, Alemania, España, Portugal, Reino Unido, Francia, etc, todos invadieron y se anexionaron “posesiones” en varios continentes. Como si el imperio norteamericano, hijo de la matriz imperialista y colonialista que fue Europa, no se hubiera alimentado desde su nacimiento, de guerras de conquista, anexiones forzosas y tratados firmados por el imperativo de la fuerza. El paralelismo histórico es evidente. En 1898, los Estados Unidos, con el presidente William McKinley al frente, declararon la guerra a España bajo el pretexto de la voladura del acorazado Maine en la bahía de La Habana. Fue el inicio del fin para el imperio español, agotado por guerras internas, que apenas pudo defender la integridad de sus últimas posesiones de ultramar. A los pocos meses, Cuba, Puerto Rico y Filipinas pasaban a manos de EE UU vencedor de aquella guerra. El precio fue la humillación de un tratado firmado en París que entregaba territorios sin tener en cuenta la voluntad de sus habitantes. Ni cubanos, ni filipinos, ni puertorriqueños fueron consultados. La fuerza se impuso sobre un país sin rumbo.

Ahora Groenlandia, pero Dinamarca es un Estado moderno, miembro pleno de la UE, respetado y democrático, pero es un país pequeño, sin fuerza militar, ni voluntad belicista, ni otra defensa que el paraguas diplomático y moral de Bruselas y la OTAN. ¿Y de qué serviría ese paraguas cuando el agresor es precisamente el país que viene pagando la factura de la defensa europea? Estados Unidos emergió como potencia imperial en 1,945 desplazando a los Imperios derrotados. Trump apenas ha cambiado las reglas, lo que antes se hacía en nombre de la libertad, ahora se invade por el petróleo, las tierras raras, o la estratégica;Ucrania o Groenlandia. En este contexto geopolítico España vuelve a exhibir el complejo provinciano de quien se cree parte de una posible solución, sus gobernantes han olvidado que apenas cuentan nada en el hemisferio occidental. El negociante medieval no se cree obligado a respetar el Derecho ley Internacional que se invoca con retórica hueca desde los despachos de Bruselas. Se cierra una época y se retrocede a tiempos de incertidumbre cuyo mejor exponente es la llamada “Junta para la Paz” creada por Trump que pretende sustituir los Organismos internacionales creados para esa finalidad.

El problema de Europa es que ya no es interlocutor en este nuevo reparto del mundo entre China, Rusia y EE UU. Y España un país inoperante porque nuestra política exterior no existe y sus relaciones con Estados Unidos marcan una ambigüedad sin efectividad real; la izquierda lo detesta y la derecha lo sitúa como ejemplo económico. Y porque ni uno ni otro se atreve a reconocer que Trump es la degeneración del liberalismo clásico; un caudillo de mercado envalentonado e imprevisible. La eventual anexión de Groenlandia, por acuerdos ventajistas o por las armas, no es una anécdota grotesca, es una advertencia. El mundo ha entrado en una era donde la fuerza se impone al derecho y la historia se repite con distintos actores. Todo apunta que se abre un periodo de inestabilidad, una sombra negra se extendería por este continente que ha mostrado su incapacidad para afrontar los nuevos desafíos que tan frecuentemente nos brinda la Historia. Europa ahora despierta de una larga siesta agitada por las amenazas de quien se cree el nuevo Emperador de Occidente.

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