Hace años tuve la suerte de ir por razones laborales al mejicano Estado de Tabasco. Cuando terminamos el trabajo nos dejaron en el aeropuerto de Villahermosa para volar a Ciudad de México. Mientras esperábamos el embarque, una ingeniera venezolana nos contó cómo tuvo que salir de su país, en el que la situación se había ido deteriorando poco a poco, degenerando de democracia perfectible en una dictadura perfecta de la que más de ocho millones de nacionales han tenido que huir. Y se asombraba de que nos creyéramos inmunes a esa posible evolución si no nos preocupábamos de forma activa por evitarla.
Me acordaba de esta conversación al escuchar el discurso que el pasado diez de diciembre pronunció Ana Corina Sosa Machado, en representación de su madre, María Corina Machado, en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de la Paz. Si aún no lo conocen, léanlo (hay versión en distintos idiomas en la web oficial de los Premios Nobel) o, mejor aún, vean la ceremonia y así disfrutarán no sólo del contenido, de las palabras, sino también de la fuerza, la pasión –y la belleza, por qué no– de la hija de la premiada pronunciando el discurso.
Me permito destacarles algunas de entre sus frases: “ … incluso la democracia más fuerte se debilita cuando sus ciudadanos olvidan que la libertad no es algo que debamos esperar, sino algo a lo que debemos dar vida…”; “Cuando comprendimos cuán frágiles se habían vuelto nuestras instituciones, ya era tarde”; “…el régimen se dedicó a desmantelar nuestra democracia: violó la Constitución, falsificó nuestra historia, …, purgó a los jueces independientes, censuró a la prensa, manipuló las elecciones, persiguió la disidencia…”; “La riqueza petrolera no se usó para liberar, sino para someter… ”; “Y entonces llegó la ruina: una corrupción obscena, un saqueo histórico. Durante los años del régimen, Venezuela recibió más ingresos petroleros que en todo el siglo anterior…”; “El dinero del petróleo se convirtió en un arma para comprar lealtades … La economía colapsó … Pero más profundo y corrosivo que la destrucción material fue el método calculado para quebrarnos por dentro. El régimen se propuso dividirnos: por nuestras ideas, por raza, por origen, por la forma de vida …”
Sustituyan –como fuente de ingresos del Estado– petróleo por fondos europeos y por una descomunal recaudación fiscal (y deuda) nunca padecida en nuestro país, hagan abstracción de algunos aspectos que ciertamente entre nosotros no se han dado aún y pregúntense si el cuadro no les resulta un poco familiar.
Piensen en la rapacidad fiscal y en el destino que se da a esos fondos: con un Estado con más ingresos que nunca, los españoles pagan servicios que antes estaban incluidos en el “contrato con Hacienda”: tasas de basuras, seguros médicos privados, alarmas por incremento de ocupaciones y robos, etc. Pero se riegan asociaciones, chiringuitos, sindicatos, empresas cercanas, lealtades.
Fíjense en el asedio del Poder Ejecutivo al Judicial. El Legislativo hace tiempo que es inoperante. En el Tribunal Constitucional ya ni se disimula. La presión a los jueces, incluidas críticas desde el Gobierno y querellas contra jueces incómodos, rozan la coacción. De la Fiscalía General del Estado, ni les cuento.
Dicen que la economía va como un cohete pero la gente no puede pagar la vivienda ni la cesta de la compra ni la luz. Leímos sobre la manipulación de las primarias del PSOE en la elección de Sánchez y sobre compra de votos en algunas ciudades. Indra y Correos están dirigidas por amigos del Presidente del Gobierno.
Se mima a la prensa aduladora mientras la crítica es ninguneada. Si algún socialista disiente se le relega. Se manipula la Historia.
Tras transitar de Franco a democracia de forma ejemplar, se alzan muros contra media España, separándosenos por ideas, forma de vida, género.
Exagero un poco, lo sé. No pinto un retrato sino el bosquejo de una tendencia muy preocupante de la que hay que ser consciente y ante la que no cabe pasividad.