LEVANTE

La Geoda de Pulpí, testigo de una romántica pedida de mano

  • Alfredo y Ángela, dos jóvenes madrileños, se prometieron amor eterno junto a los cristales gigantes de yeso

  • Los visitantes de la mina les dedicaron una ovación

Alfredo y Ángela, tras la petición de matrimonio en la Geoda Gigante de Pulpí. Alfredo y Ángela, tras la petición de matrimonio en la Geoda Gigante de Pulpí.

Alfredo y Ángela, tras la petición de matrimonio en la Geoda Gigante de Pulpí. / Diario de Almería

Cuando hicieron las maletas para pasar unos días en el sureste español, Ángela no imaginaba que la Geoda Gigante de Pulpí se iba a convertir en un lugar muy importante en su vida. Ella y su novio, Alfredo, partieron desde Parla para visitar un lugar que les maravillaba: “nos gustan mucho los minerales, así que desde que salió la noticia de la apertura de la geoda estábamos deseando venir”, explican a Diario de Almería.

Conocen perfectamente la zona, pues la madre de Alfredo tiene una casa en Águilas. Todos los veranos disfrutan de su tiempo libre paseando por las playas de San Juan de los Terreros, de las que están enamorados. Pero ahora, en pleno mes de febrero, la visita no era para bañarse o dorar su piel en la paradisiaca costa pulpileña, sino para prometerse toda una vida juntos.

Una bonita historia de amor

Ángela Meneses y Alfredo Naranjo se conocieron en 2008, en una discoteca de Madrid. “Fue como si se apagasen todas las luces y solo quedase ella iluminada”, cuenta. Un amor a primera vista que ya va camino de cumplir doce años. Por ello, en diciembre reservó fecha para visitar la Geoda y dar un paso más en la relación.

Le pide matrimonio en la Geoda de Pulpí. Le pide matrimonio en la Geoda de Pulpí.

Le pide matrimonio en la Geoda de Pulpí. / Diario de Almería

El jueves 21 de febrero, a las seis de la tarde, comenzaba la visita a la Mina Rica el grupo en el que iban Ángela y Alfredo. Nadie, excepto él, conocía lo que iba a pasar allí, muchos metros bajo tierra, donde la naturaleza quiso dejar una joya natural en forma de gigantescos cristales de yeso.

Pasearon por las diferentes galerías y conocieron el sacrificado trabajo que realizaron los mineros en los siglos XIX y XX para excavar espacios tan impresionantes como la catedral, una gigantesca galería de hasta 40 metros de altura. Aprendieron de los guías y se deleitaron observando los diferentes minerales que invaden las rocas de la mina. Pero Ángela no sabía que el mineral que iba a contemplar durante horas y horas estaba incrustado en un anillo y guardado en una cajita en el bolsillo de su novio.

Un momento de película romántica

Tras más de una hora de visita y haber bajado decenas de escalones, al fin estaban a solo unos pasos de poder ver la Geoda Gigante. Primero fue Alfredo quien introdujo la cabeza por la oquedad que da acceso a esa maravilla natural. Quedó asombrado por su belleza. Le tocaba a ella.

En ese momento, aún fascinado por lo que acababa de ver, decidió que aquel era el momento para pedirle matrimonio. “La primera idea era hacerlo de forma discreta, en algún rincón apartados, pero al final vi que no había un mejor lugar que ese”, explica. Así que mientras ella adentraba medio cuerpo en la geoda, Alfredo le enseñó el anillo a uno de los guías, mostrándole sus intenciones. “En cuanto ella salió de la geoda, hinqué la rodilla en el suelo, y le pregunté si quería pasar toda la vida conmigo”. Casi enmudecida por la sorpresa y la emoción, Ángela respondió que sí. Él le puso en el dedo un anillo con un precioso rubí, el mineral preferido de ella.

Cuando ella sacó la cabeza de la geoda lo encontró con la rodilla en tierra y un anillo en la mano

La romántica escena provocó una ovación del resto de visitantes. El momento quedó inmortalizado por uno de los guías. Allí, justo frente a la Geoda Gigante, la segunda más grande del mundo. Un lugar que Ángela y Alfredo no podrán olvidar nunca.

En los planes de futuro de esta pareja de madrileños de 32 y 38 años hay dos fechas, aún por fijar, marcadas en rojo: una, la de su boda; la otra, la de su vuelta a la Geoda Gigante de Pulpí. Porque volver, seguro que volverán.

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