La ciencia confirma lo que ya sabíamos: los beneficios de la siesta para el cerebro

Un estudio demuestra que una siesta después de comer, incluso breve, es suficiente para que el cerebro se reorganice y recupere su capacidad de aprender nueva información de manera eficiente.

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Una mujer se queda dormida sobre el ordenador.
Manuela Núñez

22 de enero 2026 - 19:21

Lo que muchas culturas mediterráneas han (hemos) sabido durante generaciones ahora cuenta con el respaldo de la ciencia más rigurosa: que la siesta es buena.

Un nuevo estudio publicado en la revista NeuroImage demuestra que una siesta después de comer, incluso breve, es suficiente para que el cerebro se reorganice y recupere su capacidad de aprender nueva información de manera eficiente. Los resultados confirman que los beneficios cognitivos de dormir una cabezada son comparables a los que hasta ahora se atribuían exclusivamente a una noche completa de sueño.

La investigación, liderada por el profesor Christoph Nissen del Centro Médico de la Universidad de Friburgo (Alemania) en colaboración con los Hospitales Universitarios de Ginebra (HUG) y la Universidad de Ginebra (UNIGE), aporta evidencias de que períodos cortos de descanso pueden aliviar la sobrecarga cerebral y devolver al cerebro a un estado óptimo para seguir procesando información.

"Nuestros resultados sugieren que incluso períodos cortos de sueño mejoran la capacidad del cerebro para codificar nueva información", señala el profesor Nissen, actualmente médico jefe de la División de Especialidades Psiquiátricas y director del Centro de Medicina del Sueño de los HUG, además de catedrático en el Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la UNIGE.

El reinicio que necesita el cerebro

Durante las horas de vigilia, el cerebro trabaja constantemente procesando nuevas impresiones, pensamientos e información. Este procesamiento fortalece las conexiones entre las neuronas, conocidas como sinapsis, que constituyen la base neurológica del aprendizaje.

Sin embargo, este fortalecimiento continuado tiene un efecto secundario: las conexiones sinápticas pueden saturarse, reduciendo progresivamente la capacidad del cerebro para absorber nueva información a medida que avanza el día.

Es aquí donde entra en juego el sueño. Como explican los investigadores, el cerebro necesita regular esta actividad excesiva sin perder la información importante ya almacenada. Según los HUG, "el estudio muestra que este reinicio sináptico puede ocurrir con solo una siesta por la tarde, liberando espacio para que se formen nuevos recuerdos". El proceso funciona como una especie de limpieza que permite al cerebro volver a estar receptivo.

Metodología del estudio

Para llegar a estas conclusiones, el equipo de investigación examinó a 20 adultos jóvenes sanos durante dos tardes diferentes, entre las 13:15 y las 14:15 (una hora a la que en buena parte de Europa se ha almorzado ya; no es el caso de España).

En una ocasión, los participantes durmieron una siesta de aproximadamente 45 minutos (con una media de 43,5 minutos de sueño real); en la otra, permanecieron despiertos durante el mismo período de tiempo. Dado que no es posible medir directamente las sinapsis en humanos sanos, los científicos emplearon métodos no invasivos establecidos como la estimulación magnética transcraneal (TMS) y mediciones de electroencefalograma (EEG) para extraer conclusiones sobre la fuerza y flexibilidad de las conexiones sinápticas.

Después de la siesta, se observaron varios indicadores de una reducción en la fuerza general de las conexiones sinápticas cerebrales, una señal clara del efecto restaurador del sueño. En concreto, se necesitó una mayor intensidad de estimulación magnética para provocar una respuesta motora después de dormir, lo que indica una menor excitabilidad cortical.

Además, la actividad theta en el EEG durante la vigilia (un marcador de la fuerza sináptica neta) aumentó tras el período de vigilia pero no tras la siesta, confirmando que el sueño había descargado el cerebro.

Al mismo tiempo, y este es uno de los hallazgos más relevantes, la capacidad del cerebro para formar nuevas conexiones mejoró significativamente después de la siesta. Los investigadores evaluaron eso mediante un protocolo de estimulación asociativa pareada (PAS), que induce un tipo de plasticidad cerebral similar a la potenciación a largo plazo (LTP), un mecanismo fundamental del aprendizaje.

Tras la siesta, el cerebro mostró una mayor respuesta a este protocolo, manteniéndose elevada durante al menos dos horas. En otras palabras, tras dormir, el cerebro estaba mejor preparado para aprender contenidos nuevos que después de un período equivalente de vigilia.

"El estudio nos ayuda a entender cuán importantes son incluso períodos cortos de sueño para la recuperación mental", explica el profesor Kai Spiegelhalder, jefe de la Sección de Investigación del Sueño Psiquiátrico y Medicina del Sueño en el Centro Médico Universitario de Friburgo. "Un breve descanso puede ayudarte a pensar con más claridad y continuar trabajando con concentración".

Implicaciones prácticas

Esta investigación proporciona una explicación biológica a algo que muchas personas experimentan de forma intuitiva: después de una siesta, el rendimiento mejora. Las implicaciones son evidentes para profesiones o actividades que requieren un alto nivel mental o físico. Como señalan los HUG, "una siesta por la tarde puede mantener el rendimiento bajo demanda elevada", lo que resulta particularmente útil en campos como la música, el deporte o sectores críticos para la seguridad.

Los resultados también tienen implicaciones para entornos académicos y laborales con alta carga cognitiva. El estudio sugiere que incluso una siesta de menos de una hora -los participantes pasaron entre 7 y 54 minutos en las fases de sueño profundo (N2 o N3)- es suficiente para observar estos efectos restauradores. Se abriría así la puerta a políticas laborales y educativas que reconozcan el valor de breves períodos de descanso durante la jornada.

No obstante, los investigadores hacen una advertencia importante: los problemas ocasionales de sueño no conducen automáticamente a un declive en el rendimiento. En casos de insomnio crónico, los sistemas reguladores del sueño y la vigilia están esencialmente intactos; lo que predomina son las preocupaciones y comportamientos desfavorables relacionados con el sueño. En estas situaciones, la terapia cognitivo-conductual para el insomnio resulta más eficaz que los somníferos, ya que estos últimos pueden interferir con los procesos naturales de recuperación del cerebro y generar dependencia.

Más allá del descanso nocturno

Este estudio demuestra, por primera vez en humanos, que no es necesario un ciclo completo de sueño nocturno para obtener beneficios cognitivos significativos. Investigaciones previas ya habían mostrado que las siestas ayudan a consolidar información previamente aprendida, pero este trabajo va más allá: demuestra que una siesta breve mejora la capacidad del cerebro para aprender contenidos completamente nuevos después del descanso.

Los hallazgos se suman a un creciente cuerpo de evidencia científica que reivindica la siesta como una herramienta valiosa para la salud cognitiva. En un mundo que a menudo valora la productividad continua por encima del descanso, este estudio ofrece argumentos sólidos para reconsiderar nuestras actitudes hacia el sueño diurno.

Como concluyen los investigadores, incluso períodos breves de sueño pueden "recalibrar" la plasticidad cerebral, sugiriendo que la regulación sináptica dependiente del sueño puede ocurrir rápidamente y fuera del contexto canónico del sueño nocturno.

En definitiva, la ciencia confirma lo que muchos intuíamos: una buena siesta no es tiempo perdido, sino una inversión en el rendimiento cerebral.

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