Las Ventas | Vigesimoquinta corrida de la Feria de San Isidro Decepcionan los ‘alcurrucén’

  • Mala materia prima ganadera de los hermanos Lozano

  • Ferrera y Urdiales, que consechan las únicas ovaciones, dejan muy buena imagen

  • Ginés Marín, silenciado

Antonio Ferrera, en un pase de pecho a su primer toro. Antonio Ferrera, en un pase de pecho a su primer toro.

Antonio Ferrera, en un pase de pecho a su primer toro.

La vigesimoquinta de la Feria de San Isidro, con un cartel del gusto de aficionado, con Antonio Ferrera, Diego Urdiales y Ginés Marín, y una ganadería puntera como es la de Alcurrucén dejó poca huella debido al decepcionante encierro ganadero.

Antonio Ferrera dejó su impronta del buen momento que atraviesa. Estuvo a gran altura ante el que abrió plaza, un colorao con buenas hechuras, encastado, que de salida se quedaba cortísimo, cabeceó en varas y llegó a la muleta con genio. El pacense dedicó la primera parte de su faena a dominar al difícil astado para a continuación, sin el estoque simulado, lucirse en muletazos muy toreros por ambos pitones, prendiendo la embestida en varios de ellos con los vuelos de la muleta y rematando algunas tandas con pases de pecho fenomenales a la hombrera contraria. Mató al primer envite y fue ovacionado.

Ferrera no tuvo opción a nada ante el cuarto. El animal, bien presentado, negro, girón, descoordinado, tras cabecear en varas, acudió con cierto recorrido y sin humillación a los primeros cites del espada que brindó su labor al ganadero Antonio Briones. Todo quedó en una tentativa porque de inmediato el astado reculó e incluso huyó del torero.

Diego Urdiales se entregó con capacidad y oficio ante su lote. El riojano, con el colorao segundo, corniveleto, alto, montado, que esperó en banderillas y acudió a la muleta sin entrega y derrotando, no tuvo opciones para el lucimiento artístico. En un trasteo voluntarioso robó los muletazos y llegó a ser desarmado de un pitonazo en el estaquillador, lo que indica la poca clase del animal.

El quinto, colorao, ojo de perdiz, bociblanco y listón, coronado por dos buenos leños, no se empleó en varas. Urdiales, con las zapatillas asentadas y temple se empleó a fondo como lidiador consiguiendo que el manejable astado, sin clase, fuera a más. El arnedano logró dos series de categoría con la izquierda, con varios naturales de bella factura y una buena tanda de derechazos. El toro se desplomó antes del cierre del trasteo. El diestro mató de estocada tras la que tardó en caer el toro y la respuesta del público, por todo lo anterior y el añadido de un segundo aviso se enfrió algo, escuchando una ovación.

Ginés Marín no tuvo opción al lucimiento artístico ante un pésimo lote. El tercero, colorao, fue protestado desde su salida por la conformación de la cornamenta y posteriormente por cierta flojedad. El pacense, con ese ambiente crispado, se entregó en una faena en la que destacó en una serie diestra y que no caló en el público ante un toro que embistió con buena condición, principalmente por el pitón derecho. Mató de estocada.

Al sexto, mansísimo e huidizo, que se cruzaba, Ginés Marín lo despachó tras media lagartijera tras un breve trasteo.

El festejo, que tuvo como una de las mayores virtudes la brevedad y en el que destacaron Antonio Ferrera y Diego Urdiales, estuvo sentenciado por una decepcionante corrida de Alcurrucén.

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