Opinión

2021, un año para el optimismo

Escrito por

· Antonio Lao

El año que termina en poco más de un mes, con las secuelas todavía de la pandemia, ha sido un tiempo para la esperanza. Un tiempo en el que la humanidad, tal y como la conocemos, pasó del peligro a la fe; de la tristeza por tantos seres queridos que se fueron, a la ilusión por recuperar el tiempo perdido; del desmorone económico a la lenta pero constante recuperación; de la saturación de los hospitales a la confianza en las vacunas. Hoy, dos años después de que se detectase el primer caso de coronavirus en el mundo, la confianza se instala poco a poco entre nosotros, aunque bien es cierto que la prudencia debe ser la base sobre la que se asiente cualquier cálculo o previsión.

El confinamiento y posterior estado de alarma nos dejó tantas secuelas, tantas carencias, tantas vidas rotas, que ni en el peor de nuestros sueños seríamos capaces de imaginar lo que se nos avecinaba. Pocos fueron los que se abstrajeron del cataclismo, que en forma de tsunami nos arrasó a todos. Aún así, me resisto a creer que tanta dificultad, tanto dolor y tanta incertidumbre no sea capaz de traernos cosas nuevas. Y así ha sido. Un año después de que un manto de negrura lo envolviera todo podemos cambiar la vestimenta y los colores, superando el gris y acercándonos al verde la ilusión y la esperanza. Lo recoge muy bien el escritor Javier Sierra en su último libro ‘El mensaje de Pandora”.

Todos sabemos que después de mucho llover escampa. Nada es eterno. Permanecerán en nuestras retinas imágenes imposibles de olvidar. Pero de las situaciones más complejas surgen tantas oportunidades nuevas que, con seguridad, no vamos a ser capaces de abarcarlas en el espacio-tiempo de la recuperación. El vaso siempre tiende a estar lleno, porque el ser humano se reinventa en la misma medida que lo acogotan las fuerzas del dolor que tratan de imponerse en paisajes como el que hemos vivido: arbitrario, sombrío y en negro. La amplia gama de colores que tenemos por delante están ahí para alcanzarlos con la mano, por encima de las dificultades y haciendo frente a la incertidumbre, a los últimos coletazos de la COVID-19, por ahora, y a una economía que ha pasado de estar teñida de luto a desperezarse con ciertas garantías de éxito, en la misma medida que los afectados por el virus buscan el oxígeno reparador y las vacunas que nos permitan abrir los pulmones a la vida y respirar.

Vivir es urgente y aquellos que dictan las leyes, las órdenes y los decretos, se han enzarzado en una maraña de compromisos, mentiras, y medias verdades

Saturados y agotados, tras dos años de pandemia y restricciones, y con la ventana que las vacunas han abierto de par en par, los conceptos y percepciones de los ciudadanos en este noviembre agradable poco o nada tienen que ver con los de hace un año. Tanto es así que las últimas restricciones vigentes por la covid, ya son historia.

Un cambio radical que ya se percibe en nuestra Europa, alentados por el importante número de inmunizados, el descenso de la presión en los hospitales, las ganas de soltar amarras, cerrar un año aciago y vivir. Vivir con los riesgos, más o menos controlados, pero vivir al fin y al cabo.

La situación, pese a la amenaza latente siempre de una nueva ola, ha cambiado de forma radical. Las muertes se reducen en la misma medida en la que los inmunizados crecen. Los hospitales mantienen un nivel de ocupación soportable y los ingresos, que siguen produciéndose, están más controlados.Sólo con echar la vista atrás somos capaces de imaginar el mundo con el que soñamos. ¡Qué paradoja! Aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor cobra en los tiempos que corren tanto significado y tan gratificante, que con sólo cerrar los ojos y volver nuestros pensamientos a la Navidad de 2019, las lágrimas son capaces de aflorar en los ojos de los tipos más duros y fluir desperdigadas y como ríos en aquellos en los que la sensibilidad aparece en la epidermis.

La vida en la provincia sigue igual, como diría Julio Iglesias. Pocos cambios en tiempos tan duros como estos y los que ha habido, a peor

Y es que todos, pienso que sin excepción, buscamos a estas alturas un minuto para tratar de huir de aquello que nos atenazaba, que nos asfixiaba, oteando ya unas manos que no nos impidan respirar o nos aprieten el cuello. Es tanta la necesidad, el calado del deseo de libertad no impostada, que por fin no miramos con ojos de envidia, ya dudo si sana o malsana, a aquellos países que abrieron tiendas y bares y retiraron las vallas de las fronteras provinciales o locales, las que todos nos impusimos para tratar de vencer al virus.Porque no me negarán que debe percibirse una sensación de placer inmensa cuando, tras algo más de sufrimiento, la vacuna ha sido capaz de darnos el triunfo frente al virus. Por fin caminamos en la dirección de la apertura, de la normalidad, de aquellos tiempos en los que el cansancio por lo común nos hastiaba y ahora que no lo tenemos lo deseamos como si no hubiera un mañana.

No se ustedes, pero he disfrutado al poder escaparme alejado de las maldiciones del virus en la misma medida que tu mascota, pongamos un gato, eleva el lomo cuando inicias una caricia desde la cabeza hasta el rabo. Este tiempo de dolor, de muerte y de luto también ha tenido sus momentos para la esperanza, para la superación, para la confianza en los hombres y mujeres que habitan el planeta tierra. Desconozco, y tampoco viene mucho al caso, quienes han salido triunfadores: si los imbéciles que han aprovechado este tiempo para hurgar en la herida de la insolidaridad, el racismo o la indecencia o aquellos que, quizá con una labor más callada, han sido capaces de poner en los mercados la vacuna salvadora o los que, sin ser científicos e investigadores de primera fila, han logrado evitar la soledad y la depresión de tantos y tantos. Ellos, unos y otros, son los que mantienen viva la fe y la esperanza en los humanos frente a la mezquindad y el balbuceo sonoro de los que han dedicado este tiempo al interés propio y particular.

Y el mundo que soñamos llegó. Recorran los caminos de la provincia, las sierras con las primeras nieves en el interior, o el manto verde que hoy, con las primeras lluvias o tormentas, es Cabo de Gata. Un anticipo del mundo que viene. Espero que mucho más feliz.

Línea de Fuego es la última novela de Arturo Pérez Reverte. En ella el escritor nacido en Cartagena nos aproxima la parte humana de la Guerra Civil española. Un conflicto seguramente olvidado por las generaciones actuales, en especial por aquellos que tratan de emponzoñar de manera “partidista y miserable” muchos de los discursos que nos inundan y nos ahogan en la actualidad. La intención del autor de Alatriste o Falcó es que cuando el lector lleve “cien páginas leídas no le importe a qué bando pertenecían los personajes de su novela, todos ellos jóvenes en el frente, que perdieron la guerra, independientemente del lado en el que estuvieran”. Porque, recuerda, fue común a ambos bandos la facilidad con la que echaban la carne al matadero. La batalla del Ebro, de hecho, ocurrida en julio de 1938, es la más emblemática y la más sangrienta, con 20.000 muertos, del “choque de carneros” que fue la Guerra Civil española.

Por oscuro que pueda ser este episodio, que lo es, al leer la novela no he podido evitar hacer una traslación con la situación que estamos viviendo con la pandemia de coronavirus y cómo la sociedad española y quienes nos gobiernan la estamos llevando en el día a día.

Vivir es urgente y aquellos que dictan las leyes, las órdenes y los decretos, se han enzarzado en una maraña de compromisos, declaraciones, mentiras, medias verdades y falsedades de las que ya no pueden escapar. La tela de araña tejida en torno a la muerte, al luto y a la indecencia supera cualquier camino que nos lleve a la normalidad. Recuperar la coherencia o el criterio ya es un episodio imposible y un capítulo por escribir. Tanta inmundicia en pos de un rédito electoral cercano hace complejo cocinar un menú degustación en el que los comensales, los ciudadanos, se levanten de la mesa con la sonrisa puesta y con una generosa propina en el platillo de la cuenta del camarero.

Tengo la desagradable sensación de que nadie, o casi nadie, está por la labor de coordinar una respuesta común, establecer un mínimo de prioridades y discurrir por la senda de una batalla mucho más dura y cruenta que la del Ebro. Si aquella, costó miles y miles de vidas, la que hemos librado en estos dos años contra el coronavirus, se acerca a pasos agigantados a los cien mil (cifras no oficiales, claro). Es tanta la urgencia en vivir, en recuperar la normalidad, que ahora soltadas las amarras, siento tan lejano el quórum necesario para afrontar con garantías de éxito la lucha contra un enemigo invisible, que no me atrevo a pronosticar el fin. Tan sólo taponamos la herida cuando sangra y ponemos el parche para que la vía de agua no hunda el barco, pero el avance es tan paupérrimo y negruzco que bajar los brazos es más que una opción. “Es lo malo de estas guerras. Que oyes al enemigo llamar a su madre en el mismo idioma que tú”, como recoge Reverte en la contra de su novela.

Pero nada es eterno ni hay mal que cien años dure. La calle ha recobrado el bullicio. Los niños regresan a los parques y ríen cuando bajan del tobogán. Las madres, aún con la mascarilla -se la quitan en contadas ocasiones- los vigilan preñadas de amor por sus proles que ya consideran libres, o casi, del invisible enemigo. La economía recupera el pulso en la misma medida que aquellos que tratan de poner trabas en las ruedas son superados por la fuerza de la razón y el brío de la vida. Una vida que se impone a borbotones, recobrada y entendiendo su fragilidad. Vivir, un verbo para conjugar las 24 horas del día.

Hoy, dos años después de que se detectase el primer caso de coronavirus en el mundo, la confianza se instala poco a poco entre nosotros

Mientras tanto, la vida en la provincia sigue igual, como diría Julio Iglesias. Pocos cambios en tiempos tan duros como estos y los que ha habido, a peor. Año 2021, inicios del otoño. La provincia de Almería despierta de la pandemia peor incomunicada que en la década de los ochenta. Si hay que buscar culpables la razón y responsabilidad hay que encontrarla en las administraciones y en aquellas empresas públicas, semipúblicas o privadas que anteponen los beneficios al servicio de los ciudadanos. Resuelto el problema de las autovías, llegaron con retraso, pero ahí están y nos facilitan y mucho el tránsito con el resto de la península, la asignatura del ferrocarril y aérea no sólo sigue pendiente, sino que empeora con el final del siglo XX y se agrava en los primeros veinte años del XXI. Recordar una vez más como están las comunicaciones por ferrocarril puede aburrirles, pero nunca está de más insistir. Con Granada el viaje dura más de dos horas, aunque el servicio puede entenderse escaso, pero razonable. Con Sevilla, resuelto el problema de acceso a la capital y el de las obras del AVE de Granada, regresamos a los tiempos infinitos de siempre. Si tiene la opción de otro medio que lo traslade a la capital hispalense, no lo dude y opte por eso. Y con Madrid ni les cuento. Un mísero Talgo de ida y otro de vuelta, con vagones de prestaciones casi ochenteras y las siete horas y pico de rigor, si es que no surgen contratiempos. Si usted es un enamorado de los trenes de época es posible que hasta disfrute con la ruta pero si, por el contrario, lo que pretende es viajar rápido, no sabría qué aconsejarle, pues el coche son casi seis horas y del transporte aéreo ahora paso a diseccionar como se las gasta Iberia. Atrás quedaron los tiempos en los que si usted quería volar a Madrid disponía de cinco vuelos diarios de ida y otros tantos de vuelta, a precios razonables si sacaba los billetes con antelación, aunque caros si su viaje era de hoy para mañana. Ya entonces eran muchos los que optaban por desplazarse a Alicante para coger el AVE y ahorrarse unos euros.

En la actualidad la que fue compañía bandera de España, Iberia, se ha empeñado en preocuparse sólo de sus intereses y no de los usuarios. Me explico. Se ha cargado de un plumazo el vuelo de la mañana con Madrid, una conexión con una alta ocupación y que permitía a los viajeros ir, resolver sus problemas y volver en el día.

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