Crónicas desde la ciudad

Carnaval de Almería (II): Las Perchas, Cádiz e Iglesia

  • Las furibundas condenas del Carnaval por la Iglesia Católica se recrudecían en fechas previas a la Cuaresma. Todas las iglesias de la Diócesis organizaban anualmente actos de desagravio

Murga con Tomate el Viejo, su hija Trinita y el guitarrista Rienda Murga con Tomate el Viejo, su hija Trinita y el guitarrista Rienda

Murga con Tomate el Viejo, su hija Trinita y el guitarrista Rienda

Talento,

mira si tengo talento,

que he puesto una casa-putas

frente al Ayuntamiento

El fandango hace justicia. Mucho antes de que Las Perchas (primitivo barrio de Las Piedras, a espaldas de las Casas Consistoriales) alcanzara sórdida fama como prostíbulo de tercer orden –glosada por el hispanista Gerald Brenam en “Al sur de Granada”- en la Plaza Vieja, al amparo de sus soportales castellanos de sabor andaluz, ya se practicaba el amor furtivo a tanto el encuentro carnal:

Señoría (por el alcalde Eduardo Pérez): ¿No es una lástima muy grande que a la hermosa plaza de La Constitución (…) la haya tomado el vicio por asalto, convirtiendo los bajos de muchos de los edificios en madrigueras donde toda prostitución tiene su nido y toda asquerosidad se refugia, y los soportales en teatro abierto al espectáculo de cualquier obra sicalíptica? 

Y ello al amparo de los soportales y de tapadillo, en reservados de los bares El Nido o Garrote. Locales de reunión y ensayo de las comparsas de Los Tomates y Briones, de Antonio Bisbal y Fernando Cotasa, del Ciego Guájara y El Fuegovivo o de la murga del “Rey, que tocaba uno y pedían seis”. Con dos copas de más (o tres, o cuatro) y el cuerpo pidiendo Comisaría, de aquí partían al encuentro con sus entusiastas seguidores en días festivos. Guitarras, bandurrias, panderetas, pitos de caña… ¡Ancho es el Al-Ándalus! 

Cádiz, Franco y diatribas 

Si no puedes con tu enemigo, únete a el. Esto debieron pensar las autoridades competentes al comprobar que por muchos edictos publicados el personal danzaba (y cantaba, y reía, y bebía) a su libre albedrío. Ni cortapisas ni La Lechera en bote. Los feligreses del dios Momo llevan impreso en su mapa genético dos principios irrenunciables: la diversión sin freno, así caigan chuzos de punta, y la libertad individual y colectiva frente a los guardianes públicos y sus leyes restrictivas. Es curioso que precisamente en la Cádiz que con creces ha sobrepasado la conmemoración de su segundo centenario de la Constitución Española de 1812 (de La Pepa), fuese donde inicialmente -que sepamos- se dictara un bando prohibiendo sin ambages cualquier manifestación festiva durante las fechas de Carnaval, llámense cuadrillas callejeras, máscaras o canciones subversivas. Mucho más duro que el emitido en Almería dos décadas atrás por el gobernador Carmen de Cerveto (hombre y no mujer, pese al nombre). Corría febrero de 1832, con José Manso como regidor en la milenaria Gades. Reinaba la muy borbónica Isabel II y su contenido, paradójicamente, rezumaba más severidad que en tiempos de su despótico padre, Fernando VII:           

Deseando contener los excesos que puedan cometerse en el próximo Carnaval por algunas personas poco prudentes, faltando a la buena policía y reglas que están dictadas por el Gobierno, mando que se observen irremisiblemente las disposiciones que se expresan:

1º) Se prohíbe en el próximo Carnaval, lo mismo que en cualquier otro tiempo, el disfraz de pasearse, ya sea en los teatros como por las calles o en casas particulares, bajo ningún pretexto ni motivo.

2º) Toda persona de cualquier estado, sexo o calidad que fuese aprehendida con máscara o que se le justifique haber bailado o estado en alguna casa con disfraz, será arrestada y desterrada por un año de esta plaza (…) y pagará la multa correspondiente, así como el dueño de la casa donde hubieran concurrido gentes con disfraces no propios al vestido o traje usual de las personas.

En 1804 Diego Carlón censuró rudamente su celebración durante un tedeum en la catedral

 Finalizaba ordenando que “las tabernas y demás casas de comidas se cierren en los tres días de Carnaval, y que el primer día de Cuaresma, en sonando el toque de ánimas, se despache por los postigos en vasijas, más no en vasos para beber en la calle”. 

A Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España por la gracia de Dios, alguien debió ponerle sobre la pista del edicto firmado por el tal Manso y él, claro, no iba a ser menos. En Valladolid –rubricado por Luis Valdés, bobernador General- dictó la Orden un 3 de febrero de 1937, publicada en el BOE nº 108 del bando “nacional” rebelde. Fascista, para mayor precisión lingüística: 

En atención a las circunstancias excepcionales porque atraviesa el país, momentos en que aconsejan un retraimiento en la exteriorización de las alegrías internas que se compaginan mal con la vida de sacrificios que debemos llevar, atentos solamente a que nada falte a nuestros hermanos que velando por el honor y salvación de España luchan en el frente con tanto heroísmo como abnegación y entusiasmo, este Gobierno General ha resuelto suspender en absoluto las fiestas de Carnaval.

Y a estos efectos encarezco a V.E. tome las disposiciones oportunas para su más exacto cumplimiento, evitando pueda celebrarse ninguna clase de estas fiestas en días tan señalados en los que nuestro pensamiento debe estar de corazón al lado de los que sufren los rigores de la guerra y de los que ofrendan sus vidas en defensa de nuestra santa causa de redención 

En 1937 el general Franco, a través del gobernador vallisoletano, prohibió el Carnaval

En Almería, es decir en la zona leal al Gobierno republicano, tampoco estaba el personal para confetis y murgas. No obstante, en la memoria quedaron coplillas como la dedicada al acorazado Jaime Iº, con música de La Triniá (Valerio, León y Quiroga). Fue terminar el trienio fratricida y aparecer impreso en el diario Yugo, órgano oficial de Falange Española, el tío de la vara: 

Ministerio de la Gobernación.- Orden del 12 de enero de 1940 resolviendo mantener la prohibición absoluta de la celebración de las fiestas del Carnaval: “Suspendidas en años anteriores las llamadas fiestas de Carnaval, y no existiendo razones que aconsejen rectificar dicha decisión: este Ministerio ha resuelto mantenerla y recordar a todas las Autoridades dependientes de él, la prohibición absoluta de la celebración de tales fiestas”. 

Canónigo Diego Carlón

Tras sufrir Almería el terremoto que en 1522 arruinó viviendas, edificios públicos y buena parte de las murallas y de la Alcazaba, en enero y agosto de 1804 la ciudad padeció más violentos movimientos sísmicos. Con tal motivo Cabildo catedral y Ayuntamiento convocaron a una solemne acción de gracias en abril de ese mismo año, a cargo del canónigo magistral Diego Carlón. Con las naves del templo ocupadas, la clerecía intransigente aprovechó por enésima vez la ocasión para despacharse a gusto contra las influencias diabólicas del Carnaval. Aunque autoridades y feligreses, continuaron como el que oye llover. De nada sirvieron. Tampoco les amedrentaron los anuales trisagios de desagravio en toda la Diócesis:

Yo no hablo de pecados particulares (…) hablo solo de pecados públicos, cometidos públicamente y erigidos en cierto modo en máximas generalmente adoptadas y que claman a la venganza divina contra este pueblo. ¿No vemos esta diversión gentílica y anticristiana de las máscaras, peor sin comparación que las antiguas bacanales, aplaudidas, defendidas, practicadas anualmente (…) por más que las vehementes declamaciones de los Ministros del Señor contra este estímulo de las mayores maldades, hayan procurado contenerla?  

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